A partir de la fecha, se encuentra a la venta tanto en su edición impresa (12,03 €) como por internet (1 €) la primera edición de “Segismundo… ¡Pobre Ángel!”, del cual les ofrecemos un extracto del capítulo 5.
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“Segismundo… ¡Pobre Ángel!”
Así las cosas, en los minutos iniciales del primer día de escuela de su vida, sin haber tenido tiempo de experimentar el rechazo de nadie porque mientras estuviese con la boca cerrada, lo mismo que la yaya y Robustiano que le acompañaron, sus carencias de urbanidad no se notaban, la primera sorpresa del niño, fue no ver a ningún indio dentro del enorme recinto.
La mayoría de los niños eran como tiernos querubines rubitos, los más de ojos azules, los menos pardos, con sus pelos cortos y bien peinados y todos sin excepción abrillantados con una especie de aceite, y eso sí, muy pulidos y fragantes.
Segismundo permanecía a la defensiva, cubierta su retaguardia por doña Josefina.
De repente, la tormenta.
-¡Ay, mi niño! ¡Mi pobre niño que se queda solitico sin su abuela que le quiere más que a nadien’er mundo! -Con estas exclamaciones agudas y lastimeras que reproduciremos literalmente para tener una clara idea de la impresión que causaron en los demás, quedaron en evidencia para la posteridad, no solamente las carencias en educación de la abuela, sino, por proyección, las del propio nieto, aunque no así las del padre quien abochornado y con un color carmesí que espontáneamente había intentado camuflarle el rostro, se desmarcó de su progenitora.
-¡No me dejes solo, yaya! -Bramó suplicante Segismundo.
La soledad ante un mundo desconocido, se hacía manifiesta para el pequeño.
-¡Ay mi niño! ¡Mi pobre niño! Solito t’has de quedá pa’que aprendas muchas cosas y de grande puedas ser doltó y no un isnorante como tu abuela que no tuvo educasión. -Le explicó la abuela a gritos, para luego agregar en tono solemne: – ¡T’has de quedá aquí pa’que puedas sacá provecho de la vida, mi arma!
Los casi mil alumnos del colegio, los sesenta curas, monjas y profesores, la cincuentena larga de padres que aún no se habían marchado y los incontables gorriones que hayábanse encaramados sobre las ramas de los álamos que poblaban, esqueleteados por el otoño, los tres patios del colegio, guardaron un silencio sepulcral que distaba mucho, no obstante, de ser respetuoso.
Una sorda sensación de que las mejores tradiciones sociales de la institución estaban siendo mancilladas por primera vez en sus ciento cincuenta años de historia, comenzó a prender como una negra nube tormentosa portadora de malos presagios, en las fibras mismas del ser colectivo. La compostura a la que por su propia educación estaban acostumbrados los testigos a guardar ante la adversidad, logró, sin embargo, imponerse y el silencio prevaleció.
Al menos al principio.
Sí, prevaleció. Pero vituperado por la ignominiosa perorata de aquella mujer:
-¡Pero no llore prenda mía! -El chaval aún no había derramado lágrima alguna. -No llore que l’abuela va’stá contigo aquí nel corasón. -Le apretó el pecho con su dedo índice.
Fue entonces, con la evidencia clara como el mismo sol de que allí se habían hecho añicos muchos lustros de santa tradición, cuando la buena mujer se percató de la infinidad de miradas que la atravesaban cual puñales de odio desde todos los ángulos.
Quiso entonces darles a aquellos ignorantes, una lección de cristianismo, un escarmiento, vamos, como solamente un infiel convencido podía hacerlo.
-Pa despedinos, prenda mía, vamo a resá l’orasión que resamo cada mañana, cada tarde y cada noche.
Y como el niño jamás había rezado absolutamente nada con la abuela, aparte de aquella letanía en que pedía protección para ella, sino y muy por el contrario, estaba adoctrinado por la que ahora quería aparecer a los ojos escrutadores de lo más granado del cristianismo católico chileno como una pía dama de Dios, en el sentido de que todo lo religioso eran puras pamplinas para sacar dinero a los ignorantes, se quedó lelo mirando a la madre de su padre.
-¡Con Dios me acuesto! -Alzó teatralmente doña Josefina la voz. -¡Con Dios me levanto! -Levantó los brazos formando una “V” hacia el cielo. -¡Con la Virgen María! -Su entonación se hizo solemne al mencionar a la Madre de Jesucristo y bajó notoriamente el tono para culminar: -¡Y el Espíritu Santo!
En aquel instante y en voz muy baja alguien, cualquiera de los mil asistentes a lo que parecía ser la mismísima caída del Imperio Romano comentó:
-Esta vieja lesa debe tener tremenda cama, para acostarse con esa mansa cantidad de gente, puh.
Una brisa fresca, propia del otoño, pretendió barrer el tapiz de hojas secas que alfombraba cada uno de los tres patios, tal vez en un vano intento por evitarles en su postrera agonía compartir como testigos, junto a aquel azorado y sorprendido público, tan inusual y repugnante violación de los principios y valores del urbanismo y de la educación. Los gorriones levantaron el vuelo como atendiendo a una orden misteriosa y las gruesas columnas de cemento que sostenían los pasadizos de la segunda planta de la antigua edificación que se erigía como una fortaleza para resguardar los patios, se mantuvieron firmes e indiferentes cual guerreros ante su heroico comandante, intentando defender el orgullo que estaba a punto de resquebrajarse.
En medio de aquel silencio acusador que se mantenía por decencia y sentido de clase, esa afirmación, dicha en forma de susurro, había sonado como un trueno. Aquello fue como si el mundo de la discreción explotara por los cuatro costados. No hubo risas, ni tampoco murmullos. El silencio se impuso sobre el silencio. Se produjo durante unos instantes una angustiosa sensación de espera.
Pero parece ser que doña Josefina, intentando impresionar a su nieto y a los demás mortales, no se percató del comentario ni de la embarazosa situación creada -posiblemente fue la única-, y concluyó su oración con un agudo.
-¡Amén, Jesús!
Dio un par de besos a Segismundo, se aproximó a su hijo y cada cual con diferentes estados de ánimo, fuéronse dejando al niño solo ante la adversidad.
-¡Cada niño que forme filas frente a su clase! -Ordenó repentinamente un cura gordo, alto, rojo como un camarón que vestía la única sotana blanca que destacaba sobre las de los demás religiosos que las llevaban negras.
La voz sonó chillona, afeminada y al mismo tiempo amenazante. A Segismundo, que creyó adivinar que aquel ser era un piel roja, o sea un indígena, se le aflojaron las piernas y pensó en su yaya.
Los ojos se le humedecieron y el terror le dejó estupefacto mientras que una sensación de profunda soledad ante el peligro que le acechaba, le impidió seguir pensando. Dejarse arrastrar por la situación podría quizás, ser lo más sensato, incluso en opinión de un chaval atolondrado por la vida y las circunstancias.
A la orden del cura y tras una fracción de tiempo prestada al titubeo, los jóvenes estudiantes formaron tal algarabía, que ya a Segismundo que había escuchado ese griterío salvaje en los ataques indígenas a los fuertes de madera de los buenos en las películas del viejo oeste, no le cupo la menor duda de que aquellos entes vociferantes e incontrolables, no eran sino apaches caníbales, disfrazados de buenos para engañarle a él y a su abuela.
-¡¡¡Yaya!!! -aulló aterrorizado, mientras huida la poca razón que le acompañaba y abandonado por las fuerzas corporales, se le aflojaron los esfínteres.
Dicho en otras palabras, se cagó de miedo.
Ese poco airoso inicio del año escolar, le significó que, pese a la inequívoca intención de profesores y religiosos por evitarlo, cada mañana Segismundo fuese recibido por unas cuantas decenas de chavales de cursos superiores al grito de:
-¡Coño, cagón! ¡Cara de jetón!