INTRODUCCIÓN

Sigiloso, muy sigiloso, pasó Segismundo por este mundo. Tan sigiloso y silencioso era, que en el pueblo, Quintanar de las Hornillas, nadie sabe cuándo llegó, ni dónde vivió ni qué hizo en veintitantos años.
Era discreto, cabizbajo, calvo, de enorme nariz aguileña, feo y pequeño. Jamás asomó su simpatía para compartir una sonrisa con el prójimo, ni tan siquiera un enfado o una mala palabra. Y si hubiese hablado, su voz queda, temerosa, profunda y carrasposa, podría haber sonado una o mil horas, sin que nadie se enterara de su interés, historia o necesidad.
Así de poca cosa, así de poco interesante y menos atractivo era Segismundo.
Ni por feo, ni por flaco, ni por calvo, ni por bajo, ni por el lunar peludo encaramado en su roja aguileña y picada nariz, los niños de Quintanar de las Hornillas repararon en él.
Iba cada tarde a la tienda de doña Encarni y compraba la leche y a veces pan, pero doña Encarni no recuerda ni quién era ni nada de nada.
Es que aunque en el pueblo eran pocos, dos mil o así, menos eran quienes habían cruzado una palabra con él. Un “buen día” o “qué calor” o “qué lluvia tan ladina” serían con suerte las palabras que Segismundo pudo haber escuchado desde que llegó al pueblo y tal vez ni siquiera iban dirigidas a él, aunque por educación, porque eso sí tenía, educación para no decir malas palabras ni entrometerse en la vida de los demás, respondía, aunque jamás sus respuestas merecieron atención.
Cuando Segismundo se fue del pueblo, uno de los pocos que se enteró de su partida fue Moisés, el carpintero, que a regañadientes y a instancias del alcalde le hizo un ataúd  de cartón piedra.
-Mira, tío -le había dicho la primera autoridad civil de Quintanar de las Hornillas-. Se ha muerto un fulano de la calle principal y hay que enterrarlo.
Así, Moisés, alto, gordo, también calvo y sudoroso, profiriendo maldiciones, hizo en media hora el ataúd, fue a casa de Segismundo en la calle principal y como quien tira un saco de patatas de un sitio a otro, cogió el cuerpo del desgraciado y lo metió en la caja.
-¡Joder! ¡Qué mal huele el finado para ser tan esmirriado! -fue el responso, el epitafio y la última palabra que de Segismundo se dijo, y su vida se olvidó en una apartada tumba en un anónimo rincón del cementerio municipal.
Había muerto… simplemente… alguien.

Sigiloso, muy sigiloso, pasó Segismundo por este mundo. Tan sigiloso y silencioso era, que en el pueblo, Quintanar de las Hornillas, nadie sabe cuándo llegó, ni dónde vivió ni qué hizo en veintitantos años.

Era discreto, cabizbajo, calvo, de enorme nariz aguileña, feo y pequeño. Jamás asomó su simpatía para compartir una sonrisa con el prójimo, ni tan siquiera un enfado o una mala palabra. Y si hubiese hablado, su voz queda, temerosa, profunda y carrasposa, podría haber sonado una o mil horas, sin que nadie se enterara de su interés, historia o necesidad.

Así de poca cosa, así de poco interesante y menos atractivo era Segismundo.

Ni por feo, ni por flaco, ni por calvo, ni por bajo, ni por el lunar peludo encaramado en su roja aguileña y picada nariz, los niños de Quintanar de las Hornillas repararon en él.

Iba cada tarde a la tienda de doña Encarni y compraba la leche y a veces pan, pero doña Encarni no recuerda ni quién era ni nada de nada.

Es que aunque en el pueblo eran pocos, dos mil o así, menos eran quienes habían cruzado una palabra con él. Un “buen día” o “qué calor” o “qué lluvia tan ladina” serían con suerte las palabras que Segismundo pudo haber escuchado desde que llegó al pueblo y tal vez ni siquiera iban dirigidas a él, aunque por educación, porque eso sí tenía, educación para no decir malas palabras ni entrometerse en la vida de los demás, respondía, aunque jamás sus respuestas merecieron atención.

Cuando Segismundo se fue del pueblo, uno de los pocos que se enteró de su partida fue Moisés, el carpintero, que a regañadientes y a instancias del alcalde le hizo un ataúd  de cartón piedra.

-Mira, tío -le había dicho la primera autoridad civil de Quintanar de las Hornillas-. Se ha muerto un fulano de la calle principal y hay que enterrarlo.

Así, Moisés, alto, gordo, también calvo y sudoroso, profiriendo maldiciones, hizo en media hora el ataúd, fue a casa de Segismundo en la calle principal y como quien tira un saco de patatas de un sitio a otro, cogió el cuerpo del desgraciado y lo metió en la caja.

-¡Joder! ¡Qué mal huele el finado para ser tan esmirriado! -fue el responso, el epitafio y la última palabra que de Segismundo se dijo, y su vida se olvidó en una apartada tumba en un anónimo rincón del cementerio municipal.

Había muerto… simplemente… alguien.

I PARTE – Capítulo I

Segismundo Salmerón Robledo nació hace muchos años, aunque a decir verdad,  no tantos, los justos como para haber sabido de él de primera mano, de segunda, en ocasiones pero muy pocas.
Esta es su historia:
-¡Ave María Purísimaaaaaaaaaaaaa!… ¡La una han dado y nublado…!
Paso a paso, lentamente, dejando tras de sí el eco de su voz y el rastro de sus pasos cansinos, cada tanto rato, el sereno anunciaba la hora y el estado del tiempo.  Así lo había venido haciendo durante los anteriores dieciocho años y así esperaba que continuara en el futuro al menos por otros tantos. Las horas, noche tras noche, se las señalaban el tañir de las campanas del antiguo campanario de la Iglesia del Santo Espíritu de la Plaza Vieja; la climatología se la indicaba su conocimiento meteorológico empírico tras dar breves miradas hacia el cielo, con ojos adaptados a las sombras de la noche. Bastaba que una estrella se filtrara entre las nubes para que su monocorde letanía variara del nublado al sereno y una gota, una sola gota, para que mutara al lloviendo. Aquella jornada el guardián de la noche y hombre del tiempo, amén de guardallaves y portero, poco después de las diez y tras cantar la hora había añadido durante casi una hora,  y nevando.
En efecto, la nieve, extraña y casual visitante de aquella villa, había caído a esa hora con especial entusiasmo, dando a los chiquillos que usualmente ya estaban dormidos aunque no profundamente, unos minutos de solaz en las calles, agotando la paciencia de sus de por sí poco pacientes padres.
Salvo aquel hombre que dejaba sus huellas por entre las calles próximas a la Mutua y algunos otros que ejercían como él las mismas funciones en diversos barrios y otros tantos que cumplían guardia en los hospitales o turnos especiales de vigilancia en las fábricas textiles luchando contra el frío, el sueño y la sensación de soledad, el resto de los vecinos se hallaba entregado al descanso.
No había en aquellos años tiempo para la diversión. Ni ganas. El trabajo era escaso y por escaso necesario, y por necesario mal pagado. Mal pagado y duro. Había que aprovechar la mano de obra, y de ser posible, exprimirla -y de no serlo también- y cualquier atisbo de protesta se castigaba con el paro en el mejor de los casos; con la cárcel por intento de subversión, en el peor. Por eso el cansancio se cebaba con la gente. El descanso por tanto, era profundo, sin sueños, sin evasiones oníricas. Sin encanto.
El sereno se guiaba por instinto, por costumbre y siguiendo el rastro de las luces mortecinas que desprendían aquellas farolas de gas que en las horas crepusculares habían encendido los faroleros, quienes por encargo de la autoridad pretendían hacer que la lúgubre noche con la sombría luz pareciera más segura.
Las casas de una o dos plantas, de tres y hasta cuatro las de la nueva burguesía, se apiñaban a uno y otro lado de la estación de los Ferrocarriles Catalanes. A uno y otro lado de la vía que llevaba el tren de Terrassa a Barcelona. A uno y otro lado de la deslucida Rambla, rebautizada por el nuevo régimen, como Avenida del Caudillo.
De noche, las casas modestas se confundían con las de los amos de la ciudad. Todas eran oscuras y espectrales. Eran tumbas albergando a vivos prestados a la muerte temporal del sueño.
De día, las viviendas de los poderosos eran menos grises y de día, además, la piña de casas unidas bajo el mismo nombre se distanciaba con el límite absoluto que imponía la línea del ferrocarril. De un lado los señores, del otro los gitanos, andaluces,  y extremeños, o sea el lumpen que amenazaba con corromper las tradiciones y las buenas costumbres de las familias de bien.
Aquella noche, como las anteriores y como lo seguirían siendo las siguientes, porque poca cosa cambiaba después de la guerra, el silencio era resquebrajado de vez en cuando por ese pregón monótono de los serenos, por el picar de palmas llamando su atención para que abriesen el portal de alguna vivienda, por los aullidos de algún perro despistado o por el llanto de algún crío hambriento o con males de crianza.
La noche de aquel día era tan triste como el pueblo, como sus habitantes, como las paredes sucias de los barrios pobres, como las grises paredes de los barrios burgueses. El toque de distinción, de la alegría pasajera que había alborotado horas antes a la chiquillería, lo daba la pincelada blanca en el lienzo de la negritud nocturnal que cual artista antojadizo había estampado en forma de copos, la fría nieve que quiso el destino que esa noche hiciese acto de presencia.
Aquella madrugada, haciendo coro al canto del sereno cuya voz y cuyos pasos se perdían por las callejuelas aledañas a la Mutua, nació en ella Segismundo coincidiendo casi también con la única campanada de la Iglesia del Santo Espíritu. Era, sin duda, un acontecimiento que en nada alteraría el ritmo de Terrassa, aquella pequeña localidad barcelonesa, que vivía y moría del textil.
Apenas despuntaba el día trece de aquel frío, nevado y nublado mes de febrero de 1949.
Doña Regla fue de las pocas que algo dijo acerca de ese nacimiento. La gente podía para entonces hablar de todo, menos de política ni mal del gobierno ni menos del Generalísimo. La mentada doña Regla, vecina de la familia del neonato en un grupo de viviendas construidas en el sector decente frente a la estación de los Ferrocarriles de Cataluña, aficionada a las pecaminosas artes de la clarividencia astrológica y cartomántica, anunció a doña Josefina, la presunta abuela del recién alumbrado retoño, que éste había llegado al mundo bajo el signo de Acuario, lo que le auguraba grandes éxitos en su vida, amén de que por haber nacido sobre el albo manto de la nieve, la pureza y la honestidad irían cogidos de su mano hasta el momento de su muerte.
A esa señora, doña Regla, nadie en el barrio le hacía mucho caso. Pequeña, delgaducha, anciana y arrugada, feligresa cumplidora de todos sus preceptos cristianos, menos en lo concerniente a la brujería, tampoco encontró eco del todo en la abuela, sobre todo por ser doña Regla beata, porque la yaya de Segismundo había sido, era y seguiría siendo roja de por vida, aunque sabía muy bien disimularlo, pero a decir verdad era roja por sentido de clase y por costumbre, porque no tenía una ideología del todo definida.
Doña Josefina no se dejó impresionar cuando la tal doña Regla le dijo lo que tenía que decir sobre el futuro del crío. Solamente le ponía atención cuando le contaba algún chismorreo, tal como se lo habían contado recalcando especialmente, “porque lo que es yo, señora Josefina, oiga usted, no me meto en la vida de nadie. ¡Dios me libre!”.
Dicho sea de paso, antes de lanzarse atrevidamente a predecir el futuro, a doña Regla le daba por recitar un curriculo la mar de impresionante:  “psiquiatra con doctorado celestial otorgado por el mismísimo Hacedor del todo y de la nada, por consejo expreso de la Santa Madre de su Hijo Unigénito”, es decir Nuestra Señora de la Regla y para cuya honra la habían bautizado con su nombre.
Por cierto, quizás la única persona en todo el vecindario que escuchaba con iracunda consternación a la pitonisa, era su cura confesor. Don Amadeo era un anciano, arrugado, sucio, hediondo, quizás un pelín beodo, pero profundamente creyente y poseedor de una paciencia de santo, puesta a prueba en más de una ocasión por la propia doña Regla con su peculiar dogma de la Virgen única. Para esa mujer no existía más virgen verdadera que la suya, llegando a tildar de impostoras a todas las demás madres de Dios, lo que para el bueno del padre Amadeo era una blasfemia difícil de perdonar, aunque su benevolencia y la pía beatitud de su oveja descarriada le llevaba a otorgarle siempre la absolución.
Las predicciones de esa buena mujer fueron pronto olvidadas y la vida misma encarriló a Segismundo por la senda que el entorno dominado por doña Josefina, le fue trazando.
La senda del pequeño había comenzado a perfilarse a la una de esa madrugada.
Un murmullo quedo, así como un “gu” fue el discreto saludo que ofreció al mundo el recién nacido.
Asomó el pobre un cuerpecillo tan esmirriado que la madre, salvo por la molestia ocasionada por la exagerada nariz del bebé, casi no se enteró de que había parido. Realmente cuando la mujer tuvo conciencia definida y definitiva de lo acontecido fue en el momento en que la matrona se lo ratificó poniendo la criaturica entre sus pechos, explicándole con palabras que pretendían ser de florida erudición:
-Para que el chaval huela el resumo de la leche marital. -De esa manera, transcrita de forma literal, se expresó la madura dama que asistió a Visitación, la madre, en su parto. Se ve que la buena matrona no andaba del todo bien en eso de la cultura como tampoco en educación general
Ya está dicho que la criatura hizo su primer guiño a la luz de la vida, exhibiendo una nariz bastante generosa, ideal si al recién llegado le hubiese dado el día de mañana por ser olfateador, aunque era aventurado pronosticarlo si lo sería o no en aquellos momentos. El resto era normal. Llegó rojo, arrugado, tiritando y prodigando actividad a través de sus piernas y sus brazos.
Una vez que Visitación cogió y acurrucó a su pedacito de carne entre sus brazos, se acumularon en sus sentidos un sinnúmero de sentimientos encontrados. Tuvo miedo. Se sintió culpable. Pensó que sería mala madre. No había sido buena esposa. Le atormentaba la actitud que asumiría su suegra respecto a su hijo. El calor de aquel diminuto cuerpecito. no obstante, la confortaba. Le hacía rechazar las malas ideas, las malas sensaciones. Pero dentro de nada se lo quitarían para que ambos descansaran y sabía que en ese instante, se sentiría desamparada. Más sola de lo que se había sentido desde su matrimonio, o desde la muerte de su abuela. En realidad Visitación no tenía del todo claro el momento en que comenzó a sentir esa sensación.
Pero no era todo. Había lugar entre todos esos sentimientos, para una preocupación añadida: la nariz del niño:
-Tenías, mi niño, que sacar esa nariz. -Esas fueron sus últimas palabras en lo que restaba de aquella madrugada, justo cuando una enfermera apartaba el niño de su lado y ella se rendía al sueño.
No sería de extrañar que el chiquirritín hubiese conservado en alguna de esas casillas cerebrales destinadas a guardar los hechos memorables, esa inoportuna exclamación, más inoportuna todavía por haber sido pronunciada  por el ser que le había dado la vida. Aquello seguramente lo absorbió el crío, como un trauma para fastidiar su futuro.
No sería, desde luego, el único.

Segismundo Salmerón Robledo nació hace muchos años, aunque a decir verdad,  no tantos, los justos como para haber sabido de él de primera mano, de segunda, en ocasiones pero muy pocas.

Esta es su historia:

-¡Ave María Purísimaaaaaaaaaaaaa!… ¡La una han dado y nublado…!

Paso a paso, lentamente, dejando tras de sí el eco de su voz y el rastro de sus pasos cansinos, cada tanto rato, el sereno anunciaba la hora y el estado del tiempo.  Así lo había venido haciendo durante los anteriores dieciocho años y así esperaba que continuara en el futuro al menos por otros tantos. Las horas, noche tras noche, se las señalaban el tañir de las campanas del antiguo campanario de la Iglesia del Santo Espíritu de la Plaza Vieja; la climatología se la indicaba su conocimiento meteorológico empírico tras dar breves miradas hacia el cielo, con ojos adaptados a las sombras de la noche. Bastaba que una estrella se filtrara entre las nubes para que su monocorde letanía variara del nublado al sereno y una gota, una sola gota, para que mutara al lloviendo. Aquella jornada el guardián de la noche y hombre del tiempo, amén de guardallaves y portero, poco después de las diez y tras cantar la hora había añadido durante casi una hora,  y nevando.

En efecto, la nieve, extraña y casual visitante de aquella villa, había caído a esa hora con especial entusiasmo, dando a los chiquillos que usualmente ya estaban dormidos aunque no profundamente, unos minutos de solaz en las calles, agotando la paciencia de sus de por sí poco pacientes padres.

Salvo aquel hombre que dejaba sus huellas por entre las calles próximas a la Mutua y algunos otros que ejercían como él las mismas funciones en diversos barrios y otros tantos que cumplían guardia en los hospitales o turnos especiales de vigilancia en las fábricas textiles luchando contra el frío, el sueño y la sensación de soledad, el resto de los vecinos se hallaba entregado al descanso.

No había en aquellos años tiempo para la diversión. Ni ganas. El trabajo era escaso y por escaso necesario, y por necesario mal pagado. Mal pagado y duro. Había que aprovechar la mano de obra, y de ser posible, exprimirla -y de no serlo también- y cualquier atisbo de protesta se castigaba con el paro en el mejor de los casos; con la cárcel por intento de subversión, en el peor. Por eso el cansancio se cebaba con la gente. El descanso por tanto, era profundo, sin sueños, sin evasiones oníricas. Sin encanto.

El sereno se guiaba por instinto, por costumbre y siguiendo el rastro de las luces mortecinas que desprendían aquellas farolas de gas que en las horas crepusculares habían encendido los faroleros, quienes por encargo de la autoridad pretendían hacer que la lúgubre noche con la sombría luz pareciera más segura.

Las casas de una o dos plantas, de tres y hasta cuatro las de la nueva burguesía, se apiñaban a uno y otro lado de la estación de los Ferrocarriles Catalanes. A uno y otro lado de la vía que llevaba el tren de Terrassa a Barcelona. A uno y otro lado de la deslucida Rambla, rebautizada por el nuevo régimen, como Avenida del Caudillo.

De noche, las casas modestas se confundían con las de los amos de la ciudad. Todas eran oscuras y espectrales. Eran tumbas albergando a vivos prestados a la muerte temporal del sueño.

De día, las viviendas de los poderosos eran menos grises y de día, además, la piña de casas unidas bajo el mismo nombre se distanciaba con el límite absoluto que imponía la línea del ferrocarril. De un lado los señores, del otro los gitanos, andaluces,  y extremeños, o sea el lumpen que amenazaba con corromper las tradiciones y las buenas costumbres de las familias de bien.

Aquella noche, como las anteriores y como lo seguirían siendo las siguientes, porque poca cosa cambiaba después de la guerra, el silencio era resquebrajado de vez en cuando por ese pregón monótono de los serenos, por el picar de palmas llamando su atención para que abriesen el portal de alguna vivienda, por los aullidos de algún perro despistado o por el llanto de algún crío hambriento o con males de crianza.

La noche de aquel día era tan triste como el pueblo, como sus habitantes, como las paredes sucias de los barrios pobres, como las grises paredes de los barrios burgueses. El toque de distinción, de la alegría pasajera que había alborotado horas antes a la chiquillería, lo daba la pincelada blanca en el lienzo de la negritud nocturnal que cual artista antojadizo había estampado en forma de copos, la fría nieve que quiso el destino que esa noche hiciese acto de presencia.

Aquella madrugada, haciendo coro al canto del sereno cuya voz y cuyos pasos se perdían por las callejuelas aledañas a la Mutua, nació en ella Segismundo coincidiendo casi también con la única campanada de la Iglesia del Santo Espíritu. Era, sin duda, un acontecimiento que en nada alteraría el ritmo de Terrassa, aquella pequeña localidad barcelonesa, que vivía y moría del textil.

Apenas despuntaba el día trece de aquel frío, nevado y nublado mes de febrero de 1949.

Doña Regla fue de las pocas que algo dijo acerca de ese nacimiento. La gente podía para entonces hablar de todo, menos de política ni mal del gobierno ni menos del Generalísimo. La mentada doña Regla, vecina de la familia del neonato en un grupo de viviendas construidas en el sector decente frente a la estación de los Ferrocarriles de Cataluña, aficionada a las pecaminosas artes de la clarividencia astrológica y cartomántica, anunció a doña Josefina, la presunta abuela del recién alumbrado retoño, que éste había llegado al mundo bajo el signo de Acuario, lo que le auguraba grandes éxitos en su vida, amén de que por haber nacido sobre el albo manto de la nieve, la pureza y la honestidad irían cogidos de su mano hasta el momento de su muerte.

A esa señora, doña Regla, nadie en el barrio le hacía mucho caso. Pequeña, delgaducha, anciana y arrugada, feligresa cumplidora de todos sus preceptos cristianos, menos en lo concerniente a la brujería, tampoco encontró eco del todo en la abuela, sobre todo por ser doña Regla beata, porque la yaya de Segismundo había sido, era y seguiría siendo roja de por vida, aunque sabía muy bien disimularlo, pero a decir verdad era roja por sentido de clase y por costumbre, porque no tenía una ideología del todo definida.

Doña Josefina no se dejó impresionar cuando la tal doña Regla le dijo lo que tenía que decir sobre el futuro del crío. Solamente le ponía atención cuando le contaba algún chismorreo, tal como se lo habían contado recalcando especialmente, “porque lo que es yo, señora Josefina, oiga usted, no me meto en la vida de nadie. ¡Dios me libre!”.

Dicho sea de paso, antes de lanzarse atrevidamente a predecir el futuro, a doña Regla le daba por recitar un curriculo la mar de impresionante:  “psiquiatra con doctorado celestial otorgado por el mismísimo Hacedor del todo y de la nada, por consejo expreso de la Santa Madre de su Hijo Unigénito”, es decir Nuestra Señora de la Regla y para cuya honra la habían bautizado con su nombre.

Por cierto, quizás la única persona en todo el vecindario que escuchaba con iracunda consternación a la pitonisa, era su cura confesor. Don Amadeo era un anciano, arrugado, sucio, hediondo, quizás un pelín beodo, pero profundamente creyente y poseedor de una paciencia de santo, puesta a prueba en más de una ocasión por la propia doña Regla con su peculiar dogma de la Virgen única. Para esa mujer no existía más virgen verdadera que la suya, llegando a tildar de impostoras a todas las demás madres de Dios, lo que para el bueno del padre Amadeo era una blasfemia difícil de perdonar, aunque su benevolencia y la pía beatitud de su oveja descarriada le llevaba a otorgarle siempre la absolución.

Las predicciones de esa buena mujer fueron pronto olvidadas y la vida misma encarriló a Segismundo por la senda que el entorno dominado por doña Josefina, le fue trazando.

La senda del pequeño había comenzado a perfilarse a la una de esa madrugada.

Un murmullo quedo, así como un “gu” fue el discreto saludo que ofreció al mundo el recién nacido.

Asomó el pobre un cuerpecillo tan esmirriado que la madre, salvo por la molestia ocasionada por la exagerada nariz del bebé, casi no se enteró de que había parido. Realmente cuando la mujer tuvo conciencia definida y definitiva de lo acontecido fue en el momento en que la matrona se lo ratificó poniendo la criaturica entre sus pechos, explicándole con palabras que pretendían ser de florida erudición:

-Para que el chaval huela el resumo de la leche marital. -De esa manera, transcrita de forma literal, se expresó la madura dama que asistió a Visitación, la madre, en su parto. Se ve que la buena matrona no andaba del todo bien en eso de la cultura como tampoco en educación general

Ya está dicho que la criatura hizo su primer guiño a la luz de la vida, exhibiendo una nariz bastante generosa, ideal si al recién llegado le hubiese dado el día de mañana por ser olfateador, aunque era aventurado pronosticarlo si lo sería o no en aquellos momentos. El resto era normal. Llegó rojo, arrugado, tiritando y prodigando actividad a través de sus piernas y sus brazos.

Una vez que Visitación cogió y acurrucó a su pedacito de carne entre sus brazos, se acumularon en sus sentidos un sinnúmero de sentimientos encontrados. Tuvo miedo. Se sintió culpable. Pensó que sería mala madre. No había sido buena esposa. Le atormentaba la actitud que asumiría su suegra respecto a su hijo. El calor de aquel diminuto cuerpecito. no obstante, la confortaba. Le hacía rechazar las malas ideas, las malas sensaciones. Pero dentro de nada se lo quitarían para que ambos descansaran y sabía que en ese instante, se sentiría desamparada. Más sola de lo que se había sentido desde su matrimonio, o desde la muerte de su abuela. En realidad Visitación no tenía del todo claro el momento en que comenzó a sentir esa sensación.

Pero no era todo. Había lugar entre todos esos sentimientos, para una preocupación añadida: la nariz del niño:

-Tenías, mi niño, que sacar esa nariz. -Esas fueron sus últimas palabras en lo que restaba de aquella madrugada, justo cuando una enfermera apartaba el niño de su lado y ella se rendía al sueño.

No sería de extrañar que el chiquirritín hubiese conservado en alguna de esas casillas cerebrales destinadas a guardar los hechos memorables, esa inoportuna exclamación, más inoportuna todavía por haber sido pronunciada  por el ser que le había dado la vida. Aquello seguramente lo absorbió el crío, como un trauma para fastidiar su futuro.

No sería, desde luego, el único.

Capítulo II

Siendo como siempre ha sido la canalla, Segismundo el nombre conque finalmente se bautizó al neonato, no parecía ser el más adecuado con miras a evitar posibles chanzas. Se podía adivinar fácilmente que Segistierra o Segisluna sería el mote conque lo mentarían sus futuros coleguillas de la infancia.
Cuesta trabajo comprender que habiendo tantos y tan hermosos nombres, sobre todo en una España con un amplio santoral que permite elegir entre una gama enorme de signos identificativos, que en ocasiones, como aquella en particular, a un niño se le aplique un apelativo ciertamente rebuscado y con evidentes elementos que incitan a la ambigüedad.
El nombre, no obstante su importancia, no fue tema de debate, ni de polémica, ni de discusión. El nombre lo escogió y lo impuso la abuela doña Josefina, una decisión que como todas las que ella tomaba no admitía réplica, so pena de liarse la de San Quintín.
No una, sino dos veces tomó la dama tan definitiva determinación y en cada una buscaba, a no dudarlo, el enfrentamiento, en especial con su nuera. Sin embargo, la primera vez que anunció desafiante el nombre que identificaría al chavalín, quien hizo una tímida observación, no fue Visitación, sino Robustiano su propio hijo.
Informaba la yaya que…
-…-mi nieto ha de llevar el nombre de Segismundo, en memoria de mi finado marido, que en paz descansen sus roñosos huesos.
Pero claro, el finado marido, cuyos roñosos huesos descansaban seguramente en paz, jamás llevó tal nombre, sino el de Anacleto que es como quisieron llamarle sus padres y eso se lo quiso recordar su hijo:
-Pero, mamá, si papá se llamaba Anacleto.
-¡Tú a callar! -le ordenó la progenitora fulminándolo con esa profunda mirada con la que solía taladrar a quien cometiera la intolerable imprudencia de llevarle la contraria.
La segunda vez que doña Josefina tomó la misma decisión fue algunas horas más tarde.
La sorpresa del resto de la familia razonante no fue menor.
Mirando el calendario y de él su santoral del mes de febrero y como si la idea fuera nueva, la abuela señaló:
-El niño ha nacido para San Benigno, por lo que debe llamarse Segismundo.
No hubo réplica. Tampoco apoyo. Una mirada fugaz y temerosa entre la aún adolorida madre y su esposo fue el único gesto apenas visible. Pero para doña Josefina no había “apenas”. Lo notó y lo consideró como una afrenta.
Gorda, pequeña de largo pelo negro recogido en dos coletas peinadas en forma de corona sobre su cabeza, de piel muy blanca y cachetes siempre sonrosados, reflejaba a través de sus inquisitivos ojillos negros incrustados en medio de su poco agraciada faz, la mala leche que desde nada más nacer, se había convertido en su más fiel consejera, compañera y amiga.
A pesar de que no valía la pena contradecirla si alguno de los dos hubiese tenido el valor para hacerlo, ella quiso ver en el intercambio de miradas de la pareja, la contradicción, la negativa, el deseo de llevarle la contraria, por eso quiso zanjar cualquier posible oposición:
-¡Aquí la que manda soy yo! ¡Y se acabó!
Y en efecto, se acabó. Para bien o para mal se llamó al niño Segismundo.
No era el nombre del chiquillo, no obstante,  lo que realmente le quitaba el sueño a la matrona. Había otra preocupación más real, más ponzoñosa. Había surgido apenas tuvo conocimiento del embarazo y se había profundizado cuando el feto había dado sus primeras señales de vida dentro del vientre materno. Pero fue al nacer cuando esa preocupación comenzó a convertirse en un dilema angustioso para la abuela.
Pensaba la mujer que aquel ser diminuto, chillón, meón, comilón y cagón debía ser educado por ella. Debía ser de ella. Su madre, que a su entender no tenía personalidad y que adolecía de una dudosa reputación, además de haber sido criada por una abuela retrógradamente católica, sin pasado demostrablemente conocido y que no había tenido escrúpulo alguno al momento de intentar arrebatarle el cariño y dedicación de su Robustiano, no era desde luego la persona adecuada para guiar los pasos del pequeño. Pondría todo su esfuerzo para atraer el amor del chico. No cejaría en su determinación por encarrilarlo hacia un futuro que ella con su férreo caracter le iría labrando. Amén de ello, a través del cariño que estaba decidida a prodigarle, un cariño que concenbía profundo, posesivo y tortuoso, le convertiría en su más ferviente e incondicional aliado. Eso lo lograría aunque tuviese que arrancar a Visitación de su lado, con la misma facilidad conque se arranca la mala hierba.
Mas, aparte de aquella patética preocupación, existía además una sospecha que había germinado meses antes de saberse que venía una criatura en camino y que la ocultaba celosamente por si algún día, de cara al futuro le era necesaria para esgrimirla como una prueba en contra de Visi. La sospecha pasó a un grado de verdad indesmentible cuando doña Josefina vio la nariz de Segismundo. Ramón Corberó, el panadero, aquel sujeto de prominente nariz y su nuera se entendían. Y se entendían tanto que en la cuna estaba el resultado.
Un resultado que en nada cambiaría sus planes de cara al mañana porque fuese de quien fuese, el niño había nacido bajo su mismo techo y eso y la creencia de Robustiano que le consideraba en efecto su hijo, lo convertían por derecho propio en su nieto. Y las leyes también.
Como no había forma ni manera de que aquella prominencia nasal pasase desapercibida a los conocidos y curiosos que sin duda acudirían a dar los parabienes a la madre y al orgulloso padre, y la exhibiese el recién parido hijo de un par de padres más bien chatos de nariz, merecía una explicación que doña Josefina, atrevida para todo, la tuvo y ciertamente muy peregrina:
-Ha salido al Papa -explicaba a los incrédulos visitantes, comparando la prominencia nasal del pequeño con la de Pío XII, que por aquel año santo de 1949 estaba entronizado en Roma.
Para justificar tamaña insensatez, la otoñal dama, atribuía la casual semejanza a una suerte de simbiosis entre la fe de su nuera en Cristo y la figura del Soberano de la Iglesia y representante del Maestro en la Tierra.
Afirmación esta que se antojaba difícil de aceptar por parte del resto del vecindario que como doña Josefina, conocía al panadero pero que tenía más elementos que la suegra, a través del chisme,  para superar los límites de la sospecha.
La madre que como Robustiano permanecía ajena a los dimes y directes del entorno, aunque ella más que nadie conocía la verdad sobre el origen de Segismundo y él la ignoraba por completo, aceptaba estoicamente las extrañas especulaciones y asociaciones con el Pontífice de su madre política y una y otra vez,  concedía día a día:
-Que sea lo que Dios quiera, doña Josefina. Usted manda, suegra. Yo quiero a mi hijo llámese como se llame y tenga la nariz como la tenga. -Y  esto lo sostenía mientras planchaba, lavaba, cocinaba, barría y todo lo que solían hacer las mujeres de antes para contentar al marido y agradar a la suegra.
Pequeña como la madre del marido, pero agraciada de rostro y cuerpo, Visitación, cónyuge, progenitora, pero sobre todo nuera de doña Josefina, tenía respecto de esta, otro estilo. De caracter más bien tímido, le sobraban la clase y la delicadeza en el trato. Era tanta su educada paciencia que nunca quiso enfrentarse a la suegra, así como tampoco quiso dejar de intentar ocultar sus amores secretos con Ramón Corberó, principalmente con el objetivo de evitar herir la sensibilidad y sentimientos de su marido, a pesar de que los hechos avalaban los razones de la mujer para cometer el entonces imperdonable delito del adulterio femenino. La delicadeza de su espíritu, el respeto hacia el hombre al que había unido su vida y el amor hacia su recién llegado hijo, la hicieron desechar la idea de solicitar una separación legal alegando la verdad de un matrimonio no consumado, que con toda seguridad hasta las autoridades de la dictadura le hubieran concedido.
Visitación Robledo Robledo, era hija única de un matrimonio formado por dos primos, muerto él de una peritonitis, un par de meses antes de nacer la niña y muerta ella durante el parto, no pasaba de ser para su suegra más que una hija ilegítima de una golfa que la había dado en adopción a la que se hacía llamar su abuela y con quien vivió hasta el día de la boda. Esa intriga mental de doña Josefina, pese a su progresismo marxista disimulado para evitar las mazmorras del régimen, la inducían a pensar que la joven no encajaba dentro de su estructura familiar estructurada a su conveniencia y en la que imperaba la decencia como dogma irrefutable. Sin embargo, la intriga, el pensamiento retorcido en torno a Visitación, pudo haberse aplicado en su momento a cualquier otra muchacha que se hubiese cruzado en el camino de Robustiano. Le tocó la mala suerte de ese cruce inesperado a Visitación y sobre ella cayeron las culpas del mundo. Con esa perspectiva tan particular, la suegra nunca tuvo una palabra amable para la chica. Y la única ocasión que parecía ser la indicada para hacerlo, tuvo la ocasión propicia para torcerlo en un doloroso sarcasmo. Ocurrió el día del nacimiento de Segismundo.
-Ay, cariñito, -le dijo. -Si te hubieses muerto durante el alumbramiento como tu madre, te hubieras evitado los molestos dolores del parto y ahora mismo estarías disfrutando de la compañía de tus padres, que Dios los tenga en Santa Gloria.
Con insulto solapado incluído, esas palabras deben haber sido tremendamente rebuscadas, pues poseían una especie de ilustración de la que la dama carecía en absoluto. Lo normal. Lo dramática y patéticamente normal era llamarla, entre otros calificativos, tanto o más aberrantes, “puta, mal nacida, zorra, pécora, arpía, e hija de puta que sé por qué te lo digo”.
El rechazo natural, la aversión patológica hacia casi cualquier mujer que por serlo estaba en condiciones de entrar como rival en la lucha por conquistar y ganar el corazón de Robustiano, se vio ofensivamente traspasado por Visitación al convertirse en novia primero, esposa después y madre finalmente del supuesto hijo de Robustiano. La intrusa trasgredió las normas no escritas ni tan siquiera reveladas de doña Josefina. Ni siquiera alcanzó a verla como rival. No hubo tiempo para ello. Simplemente Visitación se constituyó desde un principio en su peor enemiga. Además, a toda esa calamitosa presión de los celos más primarios, se le añadió muy pronto la sospecha de aquella relación adúltera con el panadero. Y menos mal que pese a la semejanza nasal entre su nieto y Ramón Corberó, nunca pudo la suegra confirmar plenamente la sospecha, aunque la  sospecha, a pesar de no ser más que eso, lo consideró como su más íntimo triunfo en su juicio sumarísimo contra Visi.
En la sala de un jusgado imaginario, doña Josefina era el juez, el fiscal y el jurado. No hacía falta un defensor, ni siquiera de oficio. Visitación era culpbale de todo, hasta de haber nacido.
***
Escasos meses después de contraer Robustiano y Visitación el sagrado vínculo del matrimonio, la desdichada joven, haciendo involuntario honor a su nombre, se vio precisada a comenzar a visitar, con el sigilo requerido en esos casos por lo que para tal fin utilizaba la puerta trasera de la panadería,  al panadero Ramón Corberó Ese hombre la prodigaba de unas ardientes caricias que nunca fue capaz de darle su marido. Ramón llegó a cumplimentarla sexualmente de tal manera, que la guapa Visi llegó a sentir, quizás por primera vez en su vida, lo que es la felicidad. Robustiano no fue nunca capaz de satisfacerla padeciendo de una inoportuna eyaculación precoz de la que no quiso él tratarse, convencido de que su premura en salpicar sus espermatozoides no era más que una muestra indesmentible de su poderosa virilidad.
Visitación intentó aguantar. Quería a su marido.
Robustiano, hombre alto, rollizo, de poblados y espesos mostachos, con pelo cada vez más escaso en la cabeza, sonriente empedernido, tenido por muchos como un verdadero semental, hasta que los chismes llevaron la creencia hasta el borde de la duda razonable, quizás no hubiese padecido nunca de esa premura si su madre no le hubiese reprimido sexualmente de forma sistemática. Esa represión había comenzado a ser martillada por su madre cuando él apenas sabía caminar. El sexo no pasaba para su madre, de ser una porquería necesaria para traer hijos al mundo y eso es lo que buscaban la mayoría de las mujeres, engatuzar a los hombres a través del sexo para lograr el fin último del matrimonio inventándose un embarazo, pero eso, le decía, lejos de convertirlas en señoras respetables, las dejaba en su bien ganado lugar de prostitutas.
Las constantes peroratas, las contínuas acusaciones infundadas de masturbación o sexo y las repetidas bofetadas que acompañaban a las acusaciones, hicieron del joven Robustiano, un célibe absoluto de mano y hembra. Quizás fuese por eso que cuando su vista se tropezó en la noche de bodas con la pálida desnudez de su adorada mujer salpicada de suaves redondeces, el hombre mojó todo lo que le rodeaba, y no precisamente de orina, menos donde en efecto y al efecto debió hacerlo. Con matices, algunas veces incluso con una fugaz e incompleta penetración, comenzó a transcurrir la vida sexual del matrimonio. Maravillado él con su potencia y rapidez y cada vez más hastiada ella de seguir, pasados los primeros meses, tan virgen como el día en que nació.
A principio intentaba mostrarse agradecida. Le animaba en su creencia.
-Eres un portento de vigor, Robustiano mío, -le mentía con la esperanza de que aquello fuese ocasional, producto de sus nervios.
Pero esa mentira se fue diluyendo en el silencio, en la frutración, en la cólera y finalmente en el deseo de sexo, de lujuria y en una ansiedad intensa e inmensa.
Ardiente, insatisfecha y deseosa de sentir lo que nunca había sentido hurgando por entre sus entrañas, aunque eso pudiese llevarla a ser tildada como pecadora por su cura confesor en caso de que alguna vez se le escapara durante la confesión, comenzó a ir diariamente a la panadería de Ramón, quien con sus veintiocho años a cuesta, llevaba cinco sin practicar con su mujer el sexo, porque Pili, la mujer no solamente había experimentado una mutación física tral el matrimonio, sino también emocional. Así, de ser una mujer alta, de melena larga y negra, de buen tipo, cariñosa, ardiente, deseosa y deseada, pasó con el tiempo a seguir siendo alta, con pelo rubio y muy corto, bastante entrada en carnes,  antipática, frígida y poco atractiva, porque de su reluciente sonrisa y de su voz cantarina solamente quedaba el recuerdo. El sexo llegó a ofenderla, las caricias a hastiarla hasta que llegó el momento en que no hubo más sexo ni caricias.
La ansiedad que hizo presa de Ramón era tan parecida a la de Visitación, que podría decirse que la intuían, que era el insospechado anzuelo que les llevaría a buscar el goce y el placer que les era negado por las circunstancias. El azar obró el resto.
Todo comenzó una mañana cuando Ramón, venciendo sus propios pudores, alentados por una época en que el puritanismo era parte del adoctrinamiento general, abandonó su habitual trato de tendero a clienta y comenzó a piropear inocentemente, o al menos así pretendía que apreciera, a Visitación.
-Buen día tenga la guapa mujer que hace feliz al feliz de Robustiano. -Lo hizo con teatral galantería, así escondía su real admiración.
Y Visitación, quizás condicionada por la propia frustración y que pensaba que las de Ramón no eran sino palabras prodigadas tanto a ella como a otras como parte de una simpatía elaborada para atraer a más clientas, simplemente respondía con un  deslucido movimiento de cabeza o con un insípido:
-Buenos días tenga usted, don Ramón.
Pero todo cambia con el paso de los días. Ramón se hacía más osado y Visitación no le hizo ascos a los piropos cada vez más directos. Tampoco quiso quedarse atrás hasta que llegó un punto que quien los escuchaba tildaría sus diálogos de peligrosas ligerezas en el hablar.
Lo cierto, lo incuestionable, es que los piropos de parte y parte, fueron convirtiéndose en insinuaciones primero veladas y al final directas. Y eso, unido a tantos deseos y ardores acumulados no podía sino culminar una tarde cálida de primavera sobre un camastro que había en una desvencijada habitación en los traseros de la tienda. Allí, durante mucho tiempo compartieron amor, pasión, sudores y sexo.

Siendo como siempre ha sido la canalla, Segismundo el nombre conque finalmente se bautizó al neonato, no parecía ser el más adecuado con miras a evitar posibles chanzas. Se podía adivinar fácilmente que Segistierra o Segisluna sería el mote conque lo mentarían sus futuros coleguillas de la infancia.

Cuesta trabajo comprender que habiendo tantos y tan hermosos nombres, sobre todo en una España con un amplio santoral que permite elegir entre una gama enorme de signos identificativos, que en ocasiones, como aquella en particular, a un niño se le aplique un apelativo ciertamente rebuscado y con evidentes elementos que incitan a la ambigüedad.

El nombre, no obstante su importancia, no fue tema de debate, ni de polémica, ni de discusión. El nombre lo escogió y lo impuso la abuela doña Josefina, una decisión que como todas las que ella tomaba no admitía réplica, so pena de liarse la de San Quintín.

No una, sino dos veces tomó la dama tan definitiva determinación y en cada una buscaba, a no dudarlo, el enfrentamiento, en especial con su nuera. Sin embargo, la primera vez que anunció desafiante el nombre que identificaría al chavalín, quien hizo una tímida observación, no fue Visitación, sino Robustiano su propio hijo.

Informaba la yaya que…

-…-mi nieto ha de llevar el nombre de Segismundo, en memoria de mi finado marido, que en paz descansen sus roñosos huesos.

Pero claro, el finado marido, cuyos roñosos huesos descansaban seguramente en paz, jamás llevó tal nombre, sino el de Anacleto que es como quisieron llamarle sus padres y eso se lo quiso recordar su hijo:

-Pero, mamá, si papá se llamaba Anacleto.

-¡Tú a callar! -le ordenó la progenitora fulminándolo con esa profunda mirada con la que solía taladrar a quien cometiera la intolerable imprudencia de llevarle la contraria.

La segunda vez que doña Josefina tomó la misma decisión fue algunas horas más tarde.

La sorpresa del resto de la familia razonante no fue menor.

Mirando el calendario y de él su santoral del mes de febrero y como si la idea fuera nueva, la abuela señaló:

-El niño ha nacido para San Benigno, por lo que debe llamarse Segismundo.

No hubo réplica. Tampoco apoyo. Una mirada fugaz y temerosa entre la aún adolorida madre y su esposo fue el único gesto apenas visible. Pero para doña Josefina no había “apenas”. Lo notó y lo consideró como una afrenta.

Gorda, pequeña de largo pelo negro recogido en dos coletas peinadas en forma de corona sobre su cabeza, de piel muy blanca y cachetes siempre sonrosados, reflejaba a través de sus inquisitivos ojillos negros incrustados en medio de su poco agraciada faz, la mala leche que desde nada más nacer, se había convertido en su más fiel consejera, compañera y amiga.

A pesar de que no valía la pena contradecirla si alguno de los dos hubiese tenido el valor para hacerlo, ella quiso ver en el intercambio de miradas de la pareja, la contradicción, la negativa, el deseo de llevarle la contraria, por eso quiso zanjar cualquier posible oposición:

-¡Aquí la que manda soy yo! ¡Y se acabó!

Y en efecto, se acabó. Para bien o para mal se llamó al niño Segismundo.

No era el nombre del chiquillo, no obstante,  lo que realmente le quitaba el sueño a la matrona. Había otra preocupación más real, más ponzoñosa. Había surgido apenas tuvo conocimiento del embarazo y se había profundizado cuando el feto había dado sus primeras señales de vida dentro del vientre materno. Pero fue al nacer cuando esa preocupación comenzó a convertirse en un dilema angustioso para la abuela.

Pensaba la mujer que aquel ser diminuto, chillón, meón, comilón y cagón debía ser educado por ella. Debía ser de ella. Su madre, que a su entender no tenía personalidad y que adolecía de una dudosa reputación, además de haber sido criada por una abuela retrógradamente católica, sin pasado demostrablemente conocido y que no había tenido escrúpulo alguno al momento de intentar arrebatarle el cariño y dedicación de su Robustiano, no era desde luego la persona adecuada para guiar los pasos del pequeño. Pondría todo su esfuerzo para atraer el amor del chico. No cejaría en su determinación por encarrilarlo hacia un futuro que ella con su férreo caracter le iría labrando. Amén de ello, a través del cariño que estaba decidida a prodigarle, un cariño que concenbía profundo, posesivo y tortuoso, le convertiría en su más ferviente e incondicional aliado. Eso lo lograría aunque tuviese que arrancar a Visitación de su lado, con la misma facilidad conque se arranca la mala hierba.

Mas, aparte de aquella patética preocupación, existía además una sospecha que había germinado meses antes de saberse que venía una criatura en camino y que la ocultaba celosamente por si algún día, de cara al futuro le era necesaria para esgrimirla como una prueba en contra de Visi. La sospecha pasó a un grado de verdad indesmentible cuando doña Josefina vio la nariz de Segismundo. Ramón Corberó, el panadero, aquel sujeto de prominente nariz y su nuera se entendían. Y se entendían tanto que en la cuna estaba el resultado.

Un resultado que en nada cambiaría sus planes de cara al mañana porque fuese de quien fuese, el niño había nacido bajo su mismo techo y eso y la creencia de Robustiano que le consideraba en efecto su hijo, lo convertían por derecho propio en su nieto. Y las leyes también.

Como no había forma ni manera de que aquella prominencia nasal pasase desapercibida a los conocidos y curiosos que sin duda acudirían a dar los parabienes a la madre y al orgulloso padre, y la exhibiese el recién parido hijo de un par de padres más bien chatos de nariz, merecía una explicación que doña Josefina, atrevida para todo, la tuvo y ciertamente muy peregrina:

-Ha salido al Papa -explicaba a los incrédulos visitantes, comparando la prominencia nasal del pequeño con la de Pío XII, que por aquel año santo de 1949 estaba entronizado en Roma.

Para justificar tamaña insensatez, la otoñal dama, atribuía la casual semejanza a una suerte de simbiosis entre la fe de su nuera en Cristo y la figura del Soberano de la Iglesia y representante del Maestro en la Tierra.

Afirmación esta que se antojaba difícil de aceptar por parte del resto del vecindario que como doña Josefina, conocía al panadero pero que tenía más elementos que la suegra, a través del chisme,  para superar los límites de la sospecha.

segis01La madre que como Robustiano permanecía ajena a los dimes y directes del entorno, aunque ella más que nadie conocía la verdad sobre el origen de Segismundo y él la ignoraba por completo, aceptaba estoicamente las extrañas especulaciones y asociaciones con el Pontífice de su madre política y una y otra vez,  concedía día a día:

-Que sea lo que Dios quiera, doña Josefina. Usted manda, suegra. Yo quiero a mi hijo llámese como se llame y tenga la nariz como la tenga. -Y  esto lo sostenía mientras planchaba, lavaba, cocinaba, barría y todo lo que solían hacer las mujeres de antes para contentar al marido y agradar a la suegra.

Pequeña como la madre del marido, pero agraciada de rostro y cuerpo, Visitación, cónyuge, progenitora, pero sobre todo nuera de doña Josefina, tenía respecto de esta, otro estilo. De caracter más bien tímido, le sobraban la clase y la delicadeza en el trato. Era tanta su educada paciencia que nunca quiso enfrentarse a la suegra, así como tampoco quiso dejar de intentar ocultar sus amores secretos con Ramón Corberó, principalmente con el objetivo de evitar herir la sensibilidad y sentimientos de su marido, a pesar de que los hechos avalaban los razones de la mujer para cometer el entonces imperdonable delito del adulterio femenino. La delicadeza de su espíritu, el respeto hacia el hombre al que había unido su vida y el amor hacia su recién llegado hijo, la hicieron desechar la idea de solicitar una separación legal alegando la verdad de un matrimonio no consumado, que con toda seguridad hasta las autoridades de la dictadura le hubieran concedido.

Visitación Robledo Robledo, era hija única de un matrimonio formado por dos primos, muerto él de una peritonitis, un par de meses antes de nacer la niña y muerta ella durante el parto, no pasaba de ser para su suegra más que una hija ilegítima de una golfa que la había dado en adopción a la que se hacía llamar su abuela y con quien vivió hasta el día de la boda. Esa intriga mental de doña Josefina, pese a su progresismo marxista disimulado para evitar las mazmorras del régimen, la inducían a pensar que la joven no encajaba dentro de su estructura familiar estructurada a su conveniencia y en la que imperaba la decencia como dogma irrefutable. Sin embargo, la intriga, el pensamiento retorcido en torno a Visitación, pudo haberse aplicado en su momento a cualquier otra muchacha que se hubiese cruzado en el camino de Robustiano. Le tocó la mala suerte de ese cruce inesperado a Visitación y sobre ella cayeron las culpas del mundo. Con esa perspectiva tan particular, la suegra nunca tuvo una palabra amable para la chica. Y la única ocasión que parecía ser la indicada para hacerlo, tuvo la ocasión propicia para torcerlo en un doloroso sarcasmo. Ocurrió el día del nacimiento de Segismundo.

-Ay, cariñito, -le dijo. -Si te hubieses muerto durante el alumbramiento como tu madre, te hubieras evitado los molestos dolores del parto y ahora mismo estarías disfrutando de la compañía de tus padres, que Dios los tenga en Santa Gloria.

Con insulto solapado incluído, esas palabras deben haber sido tremendamente rebuscadas, pues poseían una especie de ilustración de la que la dama carecía en absoluto. Lo normal. Lo dramática y patéticamente normal era llamarla, entre otros calificativos, tanto o más aberrantes, “puta, mal nacida, zorra, pécora, arpía, e hija de puta que sé por qué te lo digo”.

El rechazo natural, la aversión patológica hacia casi cualquier mujer que por serlo estaba en condiciones de entrar como rival en la lucha por conquistar y ganar el corazón de Robustiano, se vio ofensivamente traspasado por Visitación al convertirse en novia primero, esposa después y madre finalmente del supuesto hijo de Robustiano. La intrusa trasgredió las normas no escritas ni tan siquiera reveladas de doña Josefina. Ni siquiera alcanzó a verla como rival. No hubo tiempo para ello. Simplemente Visitación se constituyó desde un principio en su peor enemiga. Además, a toda esa calamitosa presión de los celos más primarios, se le añadió muy pronto la sospecha de aquella relación adúltera con el panadero. Y menos mal que pese a la semejanza nasal entre su nieto y Ramón Corberó, nunca pudo la suegra confirmar plenamente la sospecha, aunque la  sospecha, a pesar de no ser más que eso, lo consideró como su más íntimo triunfo en su juicio sumarísimo contra Visi.

En la sala de un jusgado imaginario, doña Josefina era el juez, el fiscal y el jurado. No hacía falta un defensor, ni siquiera de oficio. Visitación era culpbale de todo, hasta de haber nacido.

***

Escasos meses después de contraer Robustiano y Visitación el sagrado vínculo del matrimonio, la desdichada joven, haciendo involuntario honor a su nombre, se vio precisada a comenzar a visitar, con el sigilo requerido en esos casos por lo que para tal fin utilizaba la puerta trasera de la panadería,  al panadero Ramón Corberó Ese hombre la prodigaba de unas ardientes caricias que nunca fue capaz de darle su marido. Ramón llegó a cumplimentarla sexualmente de tal manera, que la guapa Visi llegó a sentir, quizás por primera vez en su vida, lo que es la felicidad. Robustiano no fue nunca capaz de satisfacerla padeciendo de una inoportuna eyaculación precoz de la que no quiso él tratarse, convencido de que su premura en salpicar sus espermatozoides no era más que una muestra indesmentible de su poderosa virilidad.

Visitación intentó aguantar. Quería a su marido.

Robustiano, hombre alto, rollizo, de poblados y espesos mostachos, con pelo cada vez más escaso en la cabeza, sonriente empedernido, tenido por muchos como un verdadero semental, hasta que los chismes llevaron la creencia hasta el borde de la duda razonable, quizás no hubiese padecido nunca de esa premura si su madre no le hubiese reprimido sexualmente de forma sistemática. Esa represión había comenzado a ser martillada por su madre cuando él apenas sabía caminar. El sexo no pasaba para su madre, de ser una porquería necesaria para traer hijos al mundo y eso es lo que buscaban la mayoría de las mujeres, engatuzar a los hombres a través del sexo para lograr el fin último del matrimonio inventándose un embarazo, pero eso, le decía, lejos de convertirlas en señoras respetables, las dejaba en su bien ganado lugar de prostitutas.

Las constantes peroratas, las contínuas acusaciones infundadas de masturbación o sexo y las repetidas bofetadas que acompañaban a las acusaciones, hicieron del joven Robustiano, un célibe absoluto de mano y hembra. Quizás fuese por eso que cuando su vista se tropezó en la noche de bodas con la pálida desnudez de su adorada mujer salpicada de suaves redondeces, el hombre mojó todo lo que le rodeaba, y no precisamente de orina, menos donde en efecto y al efecto debió hacerlo. Con matices, algunas veces incluso con una fugaz e incompleta penetración, comenzó a transcurrir la vida sexual del matrimonio. Maravillado él con su potencia y rapidez y cada vez más hastiada ella de seguir, pasados los primeros meses, tan virgen como el día en que nació.

A principio intentaba mostrarse agradecida. Le animaba en su creencia.

-Eres un portento de vigor, Robustiano mío, -le mentía con la esperanza de que aquello fuese ocasional, producto de sus nervios.

Pero esa mentira se fue diluyendo en el silencio, en la frutración, en la cólera y finalmente en el deseo de sexo, de lujuria y en una ansiedad intensa e inmensa.

Ardiente, insatisfecha y deseosa de sentir lo que nunca había sentido hurgando por entre sus entrañas, aunque eso pudiese llevarla a ser tildada como pecadora por su cura confesor en caso de que alguna vez se le escapara durante la confesión, comenzó a ir diariamente a la panadería de Ramón, quien con sus veintiocho años a cuesta, llevaba cinco sin practicar con su mujer el sexo, porque Pili, la mujer no solamente había experimentado una mutación física tral el matrimonio, sino también emocional. Así, de ser una mujer alta, de melena larga y negra, de buen tipo, cariñosa, ardiente, deseosa y deseada, pasó con el tiempo a seguir siendo alta, con pelo rubio y muy corto, bastante entrada en carnes,  antipática, frígida y poco atractiva, porque de su reluciente sonrisa y de su voz cantarina solamente quedaba el recuerdo. El sexo llegó a ofenderla, las caricias a hastiarla hasta que llegó el momento en que no hubo más sexo ni caricias.

La ansiedad que hizo presa de Ramón era tan parecida a la de Visitación, que podría decirse que la intuían, que era el insospechado anzuelo que les llevaría a buscar el goce y el placer que les era negado por las circunstancias. El azar obró el resto.

Todo comenzó una mañana cuando Ramón, venciendo sus propios pudores, alentados por una época en que el puritanismo era parte del adoctrinamiento general, abandonó su habitual trato de tendero a clienta y comenzó a piropear inocentemente, o al menos así pretendía que apreciera, a Visitación.

-Buen día tenga la guapa mujer que hace feliz al feliz de Robustiano. -Lo hizo con teatral galantería, así escondía su real admiración.

Y Visitación, quizás condicionada por la propia frustración y que pensaba que las de Ramón no eran sino palabras prodigadas tanto a ella como a otras como parte de una simpatía elaborada para atraer a más clientas, simplemente respondía con un  deslucido movimiento de cabeza o con un insípido:

-Buenos días tenga usted, don Ramón.

Pero todo cambia con el paso de los días. Ramón se hacía más osado y Visitación no le hizo ascos a los piropos cada vez más directos. Tampoco quiso quedarse atrás hasta que llegó un punto que quien los escuchaba tildaría sus diálogos de peligrosas ligerezas en el hablar.

Lo cierto, lo incuestionable, es que los piropos de parte y parte, fueron convirtiéndose en insinuaciones primero veladas y al final directas. Y eso, unido a tantos deseos y ardores acumulados no podía sino culminar una tarde cálida de primavera sobre un camastro que había en una desvencijada habitación en los traseros de la tienda. Allí, durante mucho tiempo compartieron amor, pasión, sudores y sexo.

Doña Josefina

Allá por los áridos montes de Almería, en un pequeño pueblo llamado Ohanes salpicado de pequeñas casas de barro tiznadas con cal, nació mediando el mes de noviembre de 1895, doña Josefina Millares Hernando, fea de niña, fea de moza, fea de adulta y horrible de anciana.
No viene ahora al caso hablar de las bucólicas bellezas de aquel pueblo serrano, de pintorescas viviendas y poco aromáticas mierdas de burro, único medio de transporte y de carga que se conocía por aquellos rincones de una Andalucía pobre, sencilla, simple y profunda.
Esos someros rasgos con los que se ha identificado el entorno, son de por sí suficientes para comenzar a perfilar a partir del terruño en que creció aunado a la firme mano que la forjó, la personalidad dura, agresiva, tempestuosa y conflictiva de aquella mujer que un día, aunque lo olvidemos en el transcurso de nuestra lectura, también fue niña. Y esa niña no guardó jamás otro recuerdo como no fuera el de su abuelo inmerso en ese pueblo que la vio llegar al mundo.
Aunque la pequeña, como es indiscutible, siendo aún un feto necesitó de la calidez de un vientre, de una placenta que le proporcionara alimento en su estado fetal y de un conducto vaginal para dar un paso hacia la luz, ni de niña, ni de adolescente, ni menos de joven o de mujer madura, tuvo una palabra que diera alguna somera pista acerca de la existencia de la madre que la parió. Del padre por el contrario, sí hablaba aunque sólo fuera muy de vez en cuando, y lo hacía con la falsa satisfacción del mentiroso. Del pobre hombre, fallecido como muchos campesinos enrolados en el Ejército, durante la guerra de Cuba, tal vez desangrado o quizás de fiebre amarilla o malaria, dijo las pocas veces que de él algo dijo, que era un alto oficial muerto en heroica acción de combate que le valió una importantísima condecoración, medalla de la que naturalmente nunca dio pista alguna de conocer su posible localización.
De esta forma, con una madre anónima y un padre apenas mencionado, el único ser que parecía precederla en su historia particular, era el abuelo. De ese hombre, del que jamás mencionó su nombre, siempre destacaba que era un personaje sabio, hermoso, muy alto, grueso y de alba y tupida cabellera. La verdad, empero, fue posiblemente discutible. La sabiduría, la hermosura y la estatura del anciano eran los atributos con los que lo veía la nieta, y al parecer lo hacía desde la óptica de una damita con pocas luces, reñida con la belleza y muy pequeña.
Y en lo que respecta a los otros atributos, los morales, puede ser que el abuelo fuera un ser de corazón noble, pero a tenor de lo que se sabe acerca de las costumbres de la época y de una situación geográfica que lo mantenía apartado de una civilización que por aquellos años tampoco era ninguna maravilla, tendría ciertamente las manos muy ágiles  y poderosas, como para zurrar sin titubeos a la entonces chavala. Todo ello, unido al carácter escorpiano de la susodicha, que no está de más decir que había nacido bajo ese signo astrológico, y las penurias de una España rural que más tenía de infierno que de cielo, fueron forjando su personalidad que en todo momento se caracterizó por ser férrea, inflexible, egoista y tremendamente posesiva.
Justamente cuando esa personalidad adquirida a fuerza de golpes y múltiples privaciones en lo personal había llegado a su clímax muchos años después, es que tuvo la desgracia la jovencísima Visitación Robledo Robledo, de conocer al mozo Robustiano Salmerón Millares, una desgracia que se vio incrementada pavorosamente al momento de unir su vida a la de ellos. Y esa misma desgracia, pese a que en esto el neonato no tuvo posibilidad de escoger, también se cebó sobre Segismundo Salmerón Robledo, al que la abuela, a cuenta de que lo hacía por cariño, le exprimió hasta el último atisbo de carácter.
De la  niñez de la abuela poco más se sabe.
De su juventud, solamente que contra todo pronóstico se casó. Cuando lo hizo contaba con algo más de veinte años.  Su pareja fue un campesino simple, simpático, pendenciero y borracho, quien no fue capaz de resistir los embates de su propio tren de vida, que entre otras pocas cosas incluía golpear a su mujer de vez en cuando, aunque todo parece indicar que ese “de vez en cuando” pueda resultar un término por lo menos generoso. La mujer, a pesar de su fortaleza, estaba sometida por un convencimiento ancestral al poder del macho y aceptaba el castigo, argumentando que su marido le pegaba porque ese era su derecho de hombre e indudablemente ella, por algo, lo que fuese, se lo merecía.
No había nacido para ser ella la que pusiera en entredicho los derechos ancestrales del marido.
Era la forma de pensar y de vivir de una joven ignorante, con una memoria muy corta y excesivamente selectiva, carente de proyectos, emociones o ilusiones; rencorosa, dogmática y más machista que los propios hombres.
Enemiga desde los primeros años de su juventud, de su propio género, curiosamente el único símbolo indiscutible que adoptó de esa Cataluña que pocos meses después de casarse la acogió junto a otros miles de andaluces, fue el de la mujer autóctona con la que por una extraña razón, se sintió identificada, con la única salvedad de su nuera  a la que más que como catalana veía como a una intrusa que tenía como único objetivo robarle el cariño primero de su hijo y luego, cuando nació, también de su nieto.
De vuelta al tema del marido, a los siete años de tortuoso matrimonio, José Salmerón Salmerón, con apellido repetido por falta de padre conocido, y confortado por su abnegada mujer, le dijo adiós al mundo. Lo hizo tísico y desgraciado y dejando en la orfandad a dos niños, Robustiano y Juanita, la breve primogénita.
Aprovechando la muerte del marido, la joven viuda intentó magnificar la genial inteligencia de su pequeño vástago, captada lógicamente desde su óptica, y no se cansó nunca de contar que:
-¡Era tan lista la criaturica! Había que ver cómo lloraba siguiendo la caja del padre muerto… ¡Y no tenía más que tres añicos!
¡Pero cómo no iba a llorar el angelito de Dios! Si veía a la madre haciendo de plañidera, cuando en el fondo se sentía liberada del trabajoso quehacer de cuidar a un tísico, y a Juanita llorando atormentada por los gritos de la madre! ¡Vamos, que hasta un pecesillo hubiera soltado mil berridos y desbordado el mar con sus lágrimas!
Doña Josefina, después de aquella pérdida llegó a la conclusión que era de putas volver a casarse y se mantuvo viuda por el resto de sus días. Todo ello a pesar de tener montones de supuestos pretendientes, como lo repitió siempre con jactancia.
Así, la joven madre se quedó sola a cargo de sus hijos en un pueblo como Terrassa, que los había acogido años antes, cuando la miseria de su Andalucía natal les empujó a buscar nuevos rumbos en la industrializada Cataluña textil.
En aquella región, José Salmerón Salmerón no dejó en su corto tránsito, ninguna huella porque ese hombre, como no fuera para empinar el codo o para pegarle a su mujer jamás movió un solo músculo de su cuerpo, pero sí se encargó de plasmar su propia huella una esforzada y continuamente brutal doña Josefina, que no había tenido bastante con recibir los golpes de puño que le daba su marido, ni de cuidar a ese hombre de los terribles estragos que la tuberculosis infería sobre su humanidad, sino que debía trabajar con esmero para poder mantener a la familia. Doña Josefina lavaba en la riera, junto a otras pobres mujeres menesterosas, la ropa tanto de los suyos, como la de alguna buena gente con algunos recursos que no quería lastimarse las manos y le daban a la joven algunas monedas para que les dejara su ropa reluciente. Amén de eso, también fregaba suelos en algunas de las casas de la pequeña burguesía, que por muy pequeña que fuera, por algún extraño complejo, se creía poseedora casi de derechos feudales.
Aquellos pequeño-burgueses de la época, más que oscuros riquillos de aldea, se sentían como miembros de la nobleza de prósperos reinos, pero con pintorescos modales de feriantes. Y aunque esos seres amanerados y maleducados, eran más pírricos en sus pagos, que aquellos que daban a lavar su ropa de trabajo sudorosa y llena de manchas de diversa procedencia, a doña Josefina siempre le hacía falta otra migaja de dinero para llenar el buche de su prole.
Con el paso del tiempo, y tras haber llegado infatigable a lo que para cualquier otro mortal hubiese significado el límite del esfuerzo, doña Josefina, alquiló una pequeña vivienda muy cerca de la estación de los trenes catalanes, al norte de la vía, donde vivían los andaluces y extremeños, es decir, los charnegos, compartiendo barrio con muchas familias gitanas.
Fue allí donde Robustiano creció a la sombra de la madre y donde su hermana se enamoró de un barrendero con el que al poco, cumplidos apenas los quince años ella y los diecinueve él, se casaron.
Misterio grande el de aquel enlace, pues mientras era de suponer que doña Josefina, sobre todo por la edad de la chavala, se debiera haber opuesto con tenacidad a él, nada nos indica que hubiese interpuesto algún problema. Quizás, pensó que casando a la hija, mantener sólo a Robustiano le sería menos penoso.
Después de contraer nupcias, la pareja de adolescentes casi tuvo el tiempo justo para confeccionar un crío, porque tres días después de oficializar la unión, llamaron a  filas al joven para combatir en el frente contra las tropas de Franco y nunca más se volvió a saber de su paradero.
En algún lugar anónimo de esta siempre inquieta España, reposan los huesos de aquel españolito enamorado.
Juanita y su hija murieron durante el parto ocho meses después.
Y la guerra pasó por Terrassa como por todos los sitios de la entonces República y hoy Reino y ésta sirvió a los intereses de la buena de doña Josefina, para contar a quien la quisiese escuchar, sus muchos actos heroicos. Un día, por citar una de sus tantas anécdotas, no teniendo un médico a mano se fue al frente a exigir a uno de las tropas enemigas que le sacara a su hijo “una paja asín, como un tronco” que se le había metido en el ojo. “Er tío, tó acojonao porque me vio decidía, -añadía- le sacó aquella paja ar niño y a más d’eso, er saborío desgraciao me quiso comprar los favores der cuerpo con un pan cocinao en horno de piedra, d’esos que tenían los fascistas”. De esa manera vio la desconfiada abuela lo que con toda seguridad pretendía ser un desinteresado acto de gentileza de aquel pobre médico prestado a la guerra y que posiblemente se conmovió con la desdicha de la familia y quiso regalarle unas  rodajas de pan con el que ayudar a paliar el hambre que campeaba por las tierras beligerantes de la patria.
La contienda terminó, ganaron los malos y nada cambió en la población egarense.
Tiempo después, un Robustiano madurado por los sinsabores de la guerra y los años transcurridos, conoció a Visitación. una inocente chiquilla que contaba con veinte espléndidos años y que estaba muy lejos de  imaginar que con él comenzaba su martirio en la vida que le aseguraría, a no dudarlo, la felicidad celestial después de la muerte.

Allá por los áridos montes de Almería, en un pequeño pueblo llamado Ohanes salpicado de pequeñas casas de barro tiznadas con cal, nació mediando el mes de noviembre de 1895, doña Josefina Millares Hernando, fea de niña, fea de moza, fea de adulta y horrible de anciana.

No viene ahora al caso hablar de las bucólicas bellezas de aquel pueblo serrano, de pintorescas viviendas y poco aromáticas mierdas de burro, único medio de transporte y de carga que se conocía por aquellos rincones de una Andalucía pobre, sencilla, simple y profunda.

Esos someros rasgos con los que se ha identificado el entorno, son de por sí suficientes para comenzar a perfilar a partir del terruño en que creció aunado a la firme mano que la forjó, la personalidad dura, agresiva, tempestuosa y conflictiva de aquella mujer que un día, aunque lo olvidemos en el transcurso de nuestra lectura, también fue niña. Y esa niña no guardó jamás otro recuerdo como no fuera el de su abuelo inmerso en ese pueblo que la vio llegar al mundo.

Aunque la pequeña, como es indiscutible, siendo aún un feto necesitó de la calidez de un vientre, de una placenta que le proporcionara alimento en su estado fetal y de un conducto vaginal para dar un paso hacia la luz, ni de niña, ni de adolescente, ni menos de joven o de mujer madura, tuvo una palabra que diera alguna somera pista acerca de la existencia de la madre que la parió. Del padre por el contrario, sí hablaba aunque sólo fuera muy de vez en cuando, y lo hacía con la falsa satisfacción del mentiroso. Del pobre hombre, fallecido como muchos campesinos enrolados en el Ejército, durante la guerra de Cuba, tal vez desangrado o quizás de fiebre amarilla o malaria, dijo las pocas veces que de él algo dijo, que era un alto oficial muerto en heroica acción de combate que le valió una importantísima condecoración, medalla de la que naturalmente nunca dio pista alguna de conocer su posible localización.

De esta forma, con una madre anónima y un padre apenas mencionado, el único ser que parecía precederla en su historia particular, era el abuelo. De ese hombre, del que jamás mencionó su nombre, siempre destacaba que era un personaje sabio, hermoso, muy alto, grueso y de alba y tupida cabellera. La verdad, empero, fue posiblemente discutible. La sabiduría, la hermosura y la estatura del anciano eran los atributos con los que lo veía la nieta, y al parecer lo hacía desde la óptica de una damita con pocas luces, reñida con la belleza y muy pequeña.

Y en lo que respecta a los otros atributos, los morales, puede ser que el abuelo fuera un ser de corazón noble, pero a tenor de lo que se sabe acerca de las costumbres de la época y de una situación geográfica que lo mantenía apartado de una civilización que por aquellos años tampoco era ninguna maravilla, tendría ciertamente las manos muy ágiles  y poderosas, como para zurrar sin titubeos a la entonces chavala. Todo ello, unido al carácter escorpiano de la susodicha, que no está de más decir que había nacido bajo ese signo astrológico, y las penurias de una España rural que más tenía de infierno que de cielo, fueron forjando su personalidad que en todo momento se caracterizó por ser férrea, inflexible, egoista y tremendamente posesiva.

Justamente cuando esa personalidad adquirida a fuerza de golpes y múltiples privaciones en lo personal había llegado a su clímax muchos años después, es que tuvo la desgracia la jovencísima Visitación Robledo Robledo, de conocer al mozo Robustiano Salmerón Millares, una desgracia que se vio incrementada pavorosamente al momento de unir su vida a la de ellos. Y esa misma desgracia, pese a que en esto el neonato no tuvo posibilidad de escoger, también se cebó sobre Segismundo Salmerón Robledo, al que la abuela, a cuenta de que lo hacía por cariño, le exprimió hasta el último atisbo de carácter.

De la  niñez de la abuela poco más se sabe.

De su juventud, solamente que contra todo pronóstico se casó. Cuando lo hizo contaba con algo más de veinte años.  Su pareja fue un campesino simple, simpático, pendenciero y borracho, quien no fue capaz de resistir los embates de su propio tren de vida, que entre otras pocas cosas incluía golpear a su mujer de vez en cuando, aunque todo parece indicar que ese “de vez en cuando” pueda resultar un término por lo menos generoso. La mujer, a pesar de su fortaleza, estaba sometida por un convencimiento ancestral al poder del macho y aceptaba el castigo, argumentando que su marido le pegaba porque ese era su derecho de hombre e indudablemente ella, por algo, lo que fuese, se lo merecía.

No había nacido para ser ella la que pusiera en entredicho los derechos ancestrales del marido.

Era la forma de pensar y de vivir de una joven ignorante, con una memoria muy corta y excesivamente selectiva, carente de proyectos, emociones o ilusiones; rencorosa, dogmática y más machista que los propios hombres.

Enemiga desde los primeros años de su juventud, de su propio género, curiosamente el único símbolo indiscutible que adoptó de esa Cataluña que pocos meses después de casarse la acogió junto a otros miles de andaluces, fue el de la mujer autóctona con la que por una extraña razón, se sintió identificada, con la única salvedad de su nuera  a la que más que como catalana veía como a una intrusa que tenía como único objetivo robarle el cariño primero de su hijo y luego, cuando nació, también de su nieto.

De vuelta al tema del marido, a los siete años de tortuoso matrimonio, José Salmerón Salmerón, con apellido repetido por falta de padre conocido, y confortado por su abnegada mujer, le dijo adiós al mundo. Lo hizo tísico y desgraciado y dejando en la orfandad a dos niños, Robustiano y Juanita, la breve primogénita.

Aprovechando la muerte del marido, la joven viuda intentó magnificar la genial inteligencia de su pequeño vástago, captada lógicamente desde su óptica, y no se cansó nunca de contar que:

-¡Era tan lista la criaturica! Había que ver cómo lloraba siguiendo la caja del padre muerto… ¡Y no tenía más que tres añicos!

¡Pero cómo no iba a llorar el angelito de Dios! Si veía a la madre haciendo de plañidera, cuando en el fondo se sentía liberada del trabajoso quehacer de cuidar a un tísico, y a Juanita llorando atormentada por los gritos de la madre! ¡Vamos, que hasta un pecesillo hubiera soltado mil berridos y desbordado el mar con sus lágrimas!

Doña Josefina, después de aquella pérdida llegó a la conclusión que era de putas volver a casarse y se mantuvo viuda por el resto de sus días. Todo ello a pesar de tener montones de supuestos pretendientes, como lo repitió siempre con jactancia.

Así, la joven madre se quedó sola a cargo de sus hijos en un pueblo como Terrassa, que los había acogido años antes, cuando la miseria de su Andalucía natal les empujó a buscar nuevos rumbos en la industrializada Cataluña textil.

En aquella región, José Salmerón Salmerón no dejó en su corto tránsito, ninguna huella porque ese hombre, como no fuera para empinar el codo o para pegarle a su mujer jamás movió un solo músculo de su cuerpo, pero sí se encargó de plasmar su propia huella una esforzada y continuamente brutal doña Josefina, que no había tenido bastante con recibir los golpes de puño que le daba su marido, ni de cuidar a ese hombre de los terribles estragos que la tuberculosis infería sobre su humanidad, sino que debía trabajar con esmero para poder mantener a la familia. Doña Josefina lavaba en la riera, junto a otras pobres mujeres menesterosas, la ropa tanto de los suyos, como la de alguna buena gente con algunos recursos que no quería lastimarse las manos y le daban a la joven algunas monedas para que les dejara su ropa reluciente. Amén de eso, también fregaba suelos en algunas de las casas de la pequeña burguesía, que por muy pequeña que fuera, por algún extraño complejo, se creía poseedora casi de derechos feudales.

Aquellos pequeño-burgueses de la época, más que oscuros riquillos de aldea, se sentían como miembros de la nobleza de prósperos reinos, pero con pintorescos modales de feriantes. Y aunque esos seres amanerados y maleducados, eran más pírricos en sus pagos, que aquellos que daban a lavar su ropa de trabajo sudorosa y llena de manchas de diversa procedencia, a doña Josefina siempre le hacía falta otra migaja de dinero para llenar el buche de su prole.

Con el paso del tiempo, y tras haber llegado infatigable a lo que para cualquier otro mortal hubiese significado el límite del esfuerzo, doña Josefina, alquiló una pequeña vivienda muy cerca de la estación de los trenes catalanes, al norte de la vía, donde vivían los andaluces y extremeños, es decir, los charnegos, compartiendo barrio con muchas familias gitanas.

Fue allí donde Robustiano creció a la sombra de la madre y donde su hermana se enamoró de un barrendero con el que al poco, cumplidos apenas los quince años ella y los diecinueve él, se casaron.

Misterio grande el de aquel enlace, pues mientras era de suponer que doña Josefina, sobre todo por la edad de la chavala, se debiera haber opuesto con tenacidad a él, nada nos indica que hubiese interpuesto algún problema. Quizás, pensó que casando a la hija, mantener sólo a Robustiano le sería menos penoso.

Después de contraer nupcias, la pareja de adolescentes casi tuvo el tiempo justo para confeccionar un crío, porque tres días después de oficializar la unión, llamaron a  filas al joven para combatir en el frente contra las tropas de Franco y nunca más se volvió a saber de su paradero.

En algún lugar anónimo de esta siempre inquieta España, reposan los huesos de aquel españolito enamorado.

Juanita y su hija murieron durante el parto ocho meses después.

Y la guerra pasó por Terrassa como por todos los sitios de la entonces República y hoy Reino y ésta sirvió a los intereses de la buena de doña Josefina, para contar a quien la quisiese escuchar, sus muchos actos heroicos. Un día, por citar una de sus tantas anécdotas, no teniendo un médico a mano se fue al frente a exigir a uno de las tropas enemigas que le sacara a su hijo “una paja asín, como un tronco” que se le había metido en el ojo. “Er tío, tó acojonao porque me vio decidía, -añadía- le sacó aquella paja ar niño y a más d’eso, er saborío desgraciao me quiso comprar los favores der cuerpo con un pan cocinao en horno de piedra, d’esos que tenían los fascistas”. De esa manera vio la desconfiada abuela lo que con toda seguridad pretendía ser un desinteresado acto de gentileza de aquel pobre médico prestado a la guerra y que posiblemente se conmovió con la desdicha de la familia y quiso regalarle unas  rodajas de pan con el que ayudar a paliar el hambre que campeaba por las tierras beligerantes de la patria.

La contienda terminó, ganaron los malos y nada cambió en la población egarense.

Tiempo después, un Robustiano madurado por los sinsabores de la guerra y los años transcurridos, conoció a Visitación. una inocente chiquilla que contaba con veinte espléndidos años y que estaba muy lejos de  imaginar que con él comenzaba su martirio en la vida que le aseguraría, a no dudarlo, la felicidad celestial después de la muerte.

Visitación

De niña Visitación era menuda, delgaducha, medio morena en verano, medio rubita en invierno e indefinida en primavera y otoño. Nacida en Terrassa, Visi poco o nada conocía de la cercana Barcelona y menos, por no decir nada, del resto de las ciudades y villas de Cataluña. Tampoco tuvo la oportunidad de vivir en otra casa que no fuese la familiar, situada en lo que por aquel entonces se llamaba simplemente la Rambla y que luego, durante los oscuros decenios de la dictadura, pasó a llamarse Avenida del Generalísimo. La  vivienda de dos plantas quedaba al frente de la estación de los ferrocarriles catalanes.
Esa fue la misma vivienda que compartió años después con su marido, su suegra y su único hijo.
Ni siquiera en su propio barrio osó la muchacha aventurarse mucho más allá de las calles circundantes y no fueron, asimismo, muchas las amigas que se le acercaron, porque a pesar de no ser antipática, era excesivamente tímida. Su timidez, a diferencia de la de Segismundo, era innata, porque ella a pesar de haber sido criada también por una abuela, la suya era muy diferente a doña Josefina. Su abuela fue una dama lista, flexible, cariñosa y tolerante. Además concebía el cariño que debía dispensar a sus seres queridos de la misma manera que la puede concebir cualquier otro ser humano normal.
Pero, pese a su comunión intelectual con la abuela, esa mujer estupenda que a sus virtudes unía las de la delicadeza, sutil coquetería, ternura y sobrada educación, Visi siempre prefirió durante su infancia la cercanía de sus coleguillas varones. Tal vez  presentía que los chavales podrían transmitirle esa fuerza interior de la que carecía.
No se debe omitir que la chiquilla era, en opinión de doña Venturosa…
-…muy, muy guapa, simpática y picarona… -y ¡Ojo! que a ello la buena abuela añadía con sobrado orgullo…
-…y como estudiante era adelantada como pocas, y hacendosa en los quehaceres “propios de mujeres” como ella sola.
Creció, vista ya desde un punto de vista más objetivo, si es que la historia, aunque sea aplicándola a las biografías puede ser del todo objetiva, sin menor pena ni mayor gloria, y a decir verdad, sería más preciso afirmar que lo hizo con mayor pena y menor gloria, porque de nenita, lo cierto es que no tuvo como fiel compañera a una belleza demasiado excesiva, pese a las interesadas apreciaciones de la abuela. La mayor monería que recuerdan de ella sus maestros, vecinos y escasas amistades, son esas sonrisas desdentadas con las que solía engalanar aquella miríada de fotografías con las que la abuela, más que a la niña, retrataba en blanco y negro el encanto de la sonrisa que la criaturilla había heredado del padre, muerto muy poco antes de venir al mundo la tierna Visitación.
Para mayor desgracia, la madre no sobrevivió al parto. A este respecto, doña Venturosa siempre tuvo la íntima convicción de que la añoranza y la nostalgia por el  marido, superaron las ganas de vivir que pudiera albergar el corazón de su nuera. Ni siquiera el nacimiento de Visi fue capaz de retenerla.
De adolescente y hasta que llegó a cumplir la veintena de edad, el cuerpo de la chica carecía de redondeces y, producto de haber crecido a la discreta sombra de los niños varones del barrio, también del más mínimo ápice de feminidad. Pero, por esos milagros del destino o de la naturaleza, justo al concluir el cuarto lustro de su existencia, sus pequeñas protuberancias pectorales estallaron hasta un tamaño adecuado y de buen ver y sus escuálidas nalgas se hincharon convenientemente, convirtiendo a la niña en una mujer hermosa, situación de la que no pudieron beneficiarse sus distantes compañeros de generación, porque de tan vistos, para ella no pasaban de ser algo así como hermanos, unos hermanos que con el paso de los meses se fueron apartando para hacer su propia vida.
Muchos de aquellos muchachos, como es de suponer, se fueron con el corazón destrozado por no haber logrado conquistar el de tan atractiva damisela. Es que a los veinte años, junto con el desarrollo físico, también comenzó a florecer el, en su caso, desgraciado sentimiento del amor y el favorecido por esa situación, fue Robustiano, un joven muy ajeno al corrillo habitual de la encantadora Visi.
No obstante, este tránsito tardío y revolucionario entre la adolescencia y la juventud, marcó temporalmente el morbo de la chica.
Refugiándose Visi en un probable trauma como consecuencia de unos padres a los que no alcanzó a conocer arrebatados prematuramente por la Parca, no se perdió casi ningún funeral ni entierro en su pueblo ni en los pueblos vecinos. En ocasiones, hasta llegó a pasar la noche en el cementerio cumpliendo apuestas. Aunque esa manía no tuvo repercusiones en su futuro, fue merecedora de incontables regañinas de su abuela que no creía en cuentos de muertos, pero que sospechaba injustificadamente que la chavala compartía durante sus desapariciones, alguno de sus tardíos atributos con algún descarado mozalbete.
En fin. De la madre de Segis, lo que más interesa es que comenzó a vivir y a sufrir realmente a los veinte, cuando conoció al joven y apuesto Robustiano y a su bestial madre, doña Josefina.
Todo comenzó cuando un día ambos jóvenes se cruzaron en la Avenida del Generalísimo, frente al cine del pueblo.
Era una media mañana de otoño, fresca pero agradable. Fue uno de aquellos días en que te levantas como otro cualquiera y te acuestas siendo testigo y protagonista de un gran cambio en tu vida. Es decir, como cualquier jornada, no hemos de engañarnos. Él la miró y ella le miró y doña Josefina, siempre tan delicada y oportuna, no perdió el tiempo ni desperdició la ocasión para presentarse:
-¡Mala puta! ¡Como te vea otra vez mirando a mi niño, te arranco las entrañas!
El sol apagado de aquel día, el del inicio del romance, fue testigo del brillo que su imagen reflejaba en el largo cuchillo de cocina que esgrimió la no menos templada abuela de la chica, doña Venturosa que la acompañaba. Tras posar la parte cortante en el lívido rostro de doña Josefina, le advirtió:
-¡Yo soy una mujer muy decente, paciente y tolerante, pero como vuelva a escucharla a usted insultando a mi dulce nieta, la sangre va a correr por estas calles! – Y con los dientes apretados y el odio reflejado en la mirada, le aseguró: -¡Y no será la mía! ¡Puede usted jurarlo!
Quisieron la madre humillada -y por primera y última vez en su vida, atemorizada-, y el hijo avergonzado poner tierra de por medio para buscar refugio en su casa.
La siguiente oportunidad en que los jóvenes se cruzaron fue casualmente frente a la puerta de la Basílica de la Plaza Vieja, cual si de un milagro se tratase. Como quiera que Visi, que en esa ocasión iba sola, entraba en aquel instante al templo, comprendió doña Josefina, pese a su convencido materialismo marxista, que si aquella guapilla damisela era una piadosa mujer -sin imaginar que a la parroquia la llevaba el único interés de ver e intentar conocer a algunos jovenzuelos- no pondría objeciones si los chavales le expresaban su deseo de conocerse mejor. No podía, aunque ganas no le faltaban, oponerse al destino inevitable de la reproducción y, práctica como solía serlo, pensó que siempre sería mejor que su hijo se uniera a aquella zorra beata y timorata, amén de nativa de aquella tierra, que a cualquier otra más casquivana.
Además, otros intereses guiaron equivocadamente a la abuela.
No tardaron Visi y Robustiano en sonreírse primero, hablarse después y solicitar finalmente el beneplácito de sus respectivas representantes para iniciar una relación con fines serios.
Lo que en realidad convenció a doña Josefina de otorgar el beneplácito a la unión de los muchachos fue la certeza de que si los jóvenes se apareaban, cesaría el peligro de un ataque de locura de doña Venturosa la vieja abuela de la chica. Desdichadamente para doña Josefina, el peligro que temía dejó de serlo a las pocas semanas de consumarse el matrimonio, es decir, demasiado tarde para un eventual arrepentimiento. En efecto, el buen Dios en uno de sus incomprensibles designios y un infarto al miocardio, sobretodo este último, se llevaron al Paraíso a doña Venturosa, la última defensora en la que se había apoyado hasta entonces Visitación.
Conocidos brevemente los orígenes de Visitación y delineada en parte su incipiente personalidad, tal vez el siguiente capítulo debiera ser el que nos familiarizara con el perfil primario que forjó la personalidad de Robustiano, pero ese hombre fue tan simplón y tan excesivamente anodino que no merece la pena más reseña que la que aparece diseminada a través del resto de los capítulos de este trabajo.

De niña Visitación era menuda, delgaducha, medio morena en verano, medio rubita en invierno e indefinida en primavera y otoño. Nacida en Terrassa, Visi poco o nada conocía de la cercana Barcelona y menos, por no decir nada, del resto de las ciudades y villas de Cataluña. Tampoco tuvo la oportunidad de vivir en otra casa que no fuese la familiar, situada en lo que por aquel entonces se llamaba simplemente la Rambla y que luego, durante los oscuros decenios de la dictadura, pasó a llamarse Avenida del Generalísimo. La  vivienda de dos plantas quedaba al frente de la estación de los ferrocarriles catalanes.

Esa fue la misma vivienda que compartió años después con su marido, su suegra y su único hijo.

Ni siquiera en su propio barrio osó la muchacha aventurarse mucho más allá de las calles circundantes y no fueron, asimismo, muchas las amigas que se le acercaron, porque a pesar de no ser antipática, era excesivamente tímida. Su timidez, a diferencia de la de Segismundo, era innata, porque ella a pesar de haber sido criada también por una abuela, la suya era muy diferente a doña Josefina. Su abuela fue una dama lista, flexible, cariñosa y tolerante. Además concebía el cariño que debía dispensar a sus seres queridos de la misma manera que la puede concebir cualquier otro ser humano normal.

Pero, pese a su comunión intelectual con la abuela, esa mujer estupenda que a sus virtudes unía las de la delicadeza, sutil coquetería, ternura y sobrada educación, Visi siempre prefirió durante su infancia la cercanía de sus coleguillas varones. Tal vez  presentía que los chavales podrían transmitirle esa fuerza interior de la que carecía.

No se debe omitir que la chiquilla era, en opinión de doña Venturosa…

-…muy, muy guapa, simpática y picarona… -y ¡Ojo! que a ello la buena abuela añadía con sobrado orgullo…

-…y como estudiante era adelantada como pocas, y hacendosa en los quehaceres “propios de mujeres” como ella sola.

Creció, vista ya desde un punto de vista más objetivo, si es que la historia, aunque sea aplicándola a las biografías puede ser del todo objetiva, sin menor pena ni mayor gloria, y a decir verdad, sería más preciso afirmar que lo hizo con mayor pena y menor gloria, porque de nenita, lo cierto es que no tuvo como fiel compañera a una belleza demasiado excesiva, pese a las interesadas apreciaciones de la abuela. La mayor monería que recuerdan de ella sus maestros, vecinos y escasas amistades, son esas sonrisas desdentadas con las que solía engalanar aquella miríada de fotografías con las que la abuela, más que a la niña, retrataba en blanco y negro el encanto de la sonrisa que la criaturilla había heredado del padre, muerto muy poco antes de venir al mundo la tierna Visitación.

Para mayor desgracia, la madre no sobrevivió al parto. A este respecto, doña Venturosa siempre tuvo la íntima convicción de que la añoranza y la nostalgia por el  marido, superaron las ganas de vivir que pudiera albergar el corazón de su nuera. Ni siquiera el nacimiento de Visi fue capaz de retenerla.

De adolescente y hasta que llegó a cumplir la veintena de edad, el cuerpo de la chica carecía de redondeces y, producto de haber crecido a la discreta sombra de los niños varones del barrio, también del más mínimo ápice de feminidad. Pero, por esos milagros del destino o de la naturaleza, justo al concluir el cuarto lustro de su existencia, sus pequeñas protuberancias pectorales estallaron hasta un tamaño adecuado y de buen ver y sus escuálidas nalgas se hincharon convenientemente, convirtiendo a la niña en una mujer hermosa, situación de la que no pudieron beneficiarse sus distantes compañeros de generación, porque de tan vistos, para ella no pasaban de ser algo así como hermanos, unos hermanos que con el paso de los meses se fueron apartando para hacer su propia vida.

Muchos de aquellos muchachos, como es de suponer, se fueron con el corazón destrozado por no haber logrado conquistar el de tan atractiva damisela. Es que a los veinte años, junto con el desarrollo físico, también comenzó a florecer el, en su caso, desgraciado sentimiento del amor y el favorecido por esa situación, fue Robustiano, un joven muy ajeno al corrillo habitual de la encantadora Visi.

No obstante, este tránsito tardío y revolucionario entre la adolescencia y la juventud, marcó temporalmente el morbo de la chica.

Refugiándose Visi en un probable trauma como consecuencia de unos padres a los que no alcanzó a conocer arrebatados prematuramente por la Parca, no se perdió casi ningún funeral ni entierro en su pueblo ni en los pueblos vecinos. En ocasiones, hasta llegó a pasar la noche en el cementerio cumpliendo apuestas. Aunque esa manía no tuvo repercusiones en su futuro, fue merecedora de incontables regañinas de su abuela que no creía en cuentos de muertos, pero que sospechaba injustificadamente que la chavala compartía durante sus desapariciones, alguno de sus tardíos atributos con algún descarado mozalbete.

En fin. De la madre de Segis, lo que más interesa es que comenzó a vivir y a sufrir realmente a los veinte, cuando conoció al joven y apuesto Robustiano y a su bestial madre, doña Josefina.

Todo comenzó cuando un día ambos jóvenes se cruzaron en la Avenida del Generalísimo, frente al cine del pueblo.

Era una media mañana de otoño, fresca pero agradable. Fue uno de aquellos días en que te levantas como otro cualquiera y te acuestas siendo testigo y protagonista de un gran cambio en tu vida. Es decir, como cualquier jornada, no hemos de engañarnos. Él la miró y ella le miró y doña Josefina, siempre tan delicada y oportuna, no perdió el tiempo ni desperdició la ocasión para presentarse:

-¡Mala puta! ¡Como te vea otra vez mirando a mi niño, te arranco las entrañas!

El sol apagado de aquel día, el del inicio del romance, fue testigo del brillo que su imagen reflejaba en el largo cuchillo de cocina que esgrimió la no menos templada abuela de la chica, doña Venturosa que la acompañaba. Tras posar la parte cortante en el lívido rostro de doña Josefina, le advirtió:

-¡Yo soy una mujer muy decente, paciente y tolerante, pero como vuelva a escucharla a usted insultando a mi dulce nieta, la sangre va a correr por estas calles! – Y con los dientes apretados y el odio reflejado en la mirada, le aseguró: -¡Y no será la mía! ¡Puede usted jurarlo!

Quisieron la madre humillada -y por primera y última vez en su vida, atemorizada-, y el hijo avergonzado poner tierra de por medio para buscar refugio en su casa.

La siguiente oportunidad en que los jóvenes se cruzaron fue casualmente frente a la puerta de la Basílica de la Plaza Vieja, cual si de un milagro se tratase. Como quiera que Visi, que en esa ocasión iba sola, entraba en aquel instante al templo, comprendió doña Josefina, pese a su convencido materialismo marxista, que si aquella guapilla damisela era una piadosa mujer -sin imaginar que a la parroquia la llevaba el único interés de ver e intentar conocer a algunos jovenzuelos- no pondría objeciones si los chavales le expresaban su deseo de conocerse mejor. No podía, aunque ganas no le faltaban, oponerse al destino inevitable de la reproducción y, práctica como solía serlo, pensó que siempre sería mejor que su hijo se uniera a aquella zorra beata y timorata, amén de nativa de aquella tierra, que a cualquier otra más casquivana.

Además, otros intereses guiaron equivocadamente a la abuela.

No tardaron Visi y Robustiano en sonreírse primero, hablarse después y solicitar finalmente el beneplácito de sus respectivas representantes para iniciar una relación con fines serios.

Lo que en realidad convenció a doña Josefina de otorgar el beneplácito a la unión de los muchachos fue la certeza de que si los jóvenes se apareaban, cesaría el peligro de un ataque de locura de doña Venturosa la vieja abuela de la chica. Desdichadamente para doña Josefina, el peligro que temía dejó de serlo a las pocas semanas de consumarse el matrimonio, es decir, demasiado tarde para un eventual arrepentimiento. En efecto, el buen Dios en uno de sus incomprensibles designios y un infarto al miocardio, sobretodo este último, se llevaron al Paraíso a doña Venturosa, la última defensora en la que se había apoyado hasta entonces Visitación.

Conocidos brevemente los orígenes de Visitación y delineada en parte su incipiente personalidad, tal vez el siguiente capítulo debiera ser el que nos familiarizara con el perfil primario que forjó la personalidad de Robustiano, pero ese hombre fue tan simplón y tan excesivamente anodino que no merece la pena más reseña que la que aparece diseminada a través del resto de los capítulos de este trabajo.

Capítulo III

A principios de los años cincuenta corrían malos tiempos en aquella tenebrosa y empobrecida España. Era algo así como una época en blanco y negro, como lo era el cine.
Como los No-Do, vamos.
Apenas se habían acallado el rugir de los cañones, el estruendo de los aviones y el repiqueteo de las armas que habían hecho la graciosísima concesión divina de la jefatura del Estado a Franco.
La burguesía de la ibérica tierra estaba comenzando a resarcirse de las pérdidas ocasionadas por los impíos rojos, y no tenía tiempo para pararse a pensar en la caridad que se pregonaba en los templos. Esa caridad que tanta falta le hacía a esos enormes estamentos de gente empobrecida.
La clase social afortunada, con el apoyo del régimen y de una parte del clero, llegó a convencerse más que nunca de que el cielo de los poderosos comenzaba en este mundo y seguía en el otro y el de los necesitados solamente en el otro.
“Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.” Así al menos lo asegura Jesús en una parábola recogida en el Nuevo Testamento.
Pero gracias a la clemencia Divina, conseguida a través de una buena confesión, dejar parte de los bienes a la Iglesia y arrepentirse en el lecho de muerte, bastaba para convertir en eterna su gloria mundana.
Estaba todo muy bien calculado.
Lo cierto es que la faena era escasa y cuando se tenía la suerte de contar con un empleo como en el caso de Robustiano, la retribución muy a duras penas alcanzaba para mal comer. Una situación que se hacía especialmente penosa en el hogar de los Salmerón Robledo, donde la suegra comía lo mismo que los otros tres miembros juntos y nunca se sentía satisfecha.
Cuando había obtenido el título de Teórico Textil poco antes de nacer Segismundo, Robustiano había sentido un profundo orgullo. No obstante, ese orgullo mezclado con una comprensible ilusión, se había convertido pese al poco tiempo transcurrido, en parte de otros muchos recuerdos intrascendentes.
En esa Terrassa industrial de entonces, había tal exceso de teóricos que quien tuviera la fortuna de contar con algún empleo, debía darse con una piedra en el pecho, pese a que no solamente estaban mal remunerados, sino que, para que la frustración fuera aún mayor, mal tratados. Esa pequeña burguesía que se ufanaba de tener fábricas textiles, muchas de las cuales no eran más que modestos telares familiares, se sentía la dueña del mundo y miraba a sus trabajadores, sin importar la cualificación que tuviesen, como esclavos ansiosos de recibir una migaja de pan, que era lo que a fin de cuentas  les daban, y si era el caso, de la manera más restringida posible.
Dadas las circunstancias económicas generales, además de las personales, el mundo de posibilidades que un día pareció abrirse en el horizonte de Robustiano, más que una utopía se le antojó como un verdadero milagro, que en el fondo lo era.
En efecto, una buena mañana de febrero, cuatro años después de la llegada al mundo de Segismundo, un amigo que lo era a su vez del amigo de un conocido de un primo de un teniente del Ejército de Tierra,  habló al joven acerca de la posibilidad de ofrecer sus servicios a una empresa norteamericana que reclutaba personal en Barcelona. La empresa solicitaba peritos textiles para ir a trabajar a Perú o a Chile.
El amiguete desde un principio intentó inyectarle entusiasmo.
-Oye Robustiano, si te interesa marchar al otro lado del charco, no tengo más que hablar con mi amigo, -refiriéndose sin duda al amigo de un conocido de un primo de un teniente del Ejército de Tierra, -y él mismo nos puede asesorar sobre la tramitación de los papeles y… ¡Vete hombre a hacer las américas!
-¿Y los salarios, qué tal por aquellos lados? -Preguntó poco convencido Robustiano, que no había oído hablar nunca antes de Chile y muy poco acerca de Perú.
Era tal su ignorancia acerca de la geografía, que mientras su amigo le hablaba, Robustiano ni siquiera sabía que se refería a dos naciones sudamericanas.
-¡Figúrate tú! -Intentó entusiasmarle el otro. -Son países que están en América… -ya se estaba enterando sin demora el padre de Segismundo de que eran países, -…que nadan en oro y riquezas.
El padre de Segis y su interlocutor intercambiaron brevemente unas miradas llenas de codicia.
La misión del amigo parecía ser la de reclutar profesionales para cruzar el charco.
-¿No has oído hablar de Francisco Pizarro? -Le preguntó a Robustiano
-Pues no. -Fue sincero el hombre que aparte de filaturas y telares no andaba del todo bien en conocimientos de historia, ni de muchas otras cosas.
-Pues ese tío se trajo de allí todo el oro del mundo -explicó con una ignorancia algo más pulida aunque no menos vergonzosa, el otro, – y dicen -agregó con un convencimiento tal que le hacía abrir desmesuradamente los ojos dando a su rostro un aspecto que iba a brincos entre la certeza en lo asegurado hasta el temor a poseer una fortuna inmensa -que todavía queda todo el oro del mundo para que cada español vaya a buscarlo y haga con él lo que le venga en gana.
La codicia que se plasmó en las miradas iniciales entre ambos hombres, terminó por enquistarse en el propio espíritu de Robustiano y se llegó al punto en que ya no hubo necesidad de seguir convenciéndole.
Pero quizás aún faltara un pequeño aventón.
El amigo no sabía hasta qué extremo bullía el interés en la mente del perito textil.
-Yo tengo un tío en las américas, allá en La Habana, -continuó explicándole, -que vive en una mansión más grande que el Palacio de El Pardo, con su mujer y sus dos hijos y como si esto no le bastara, tiene como queridas a tres espléndidas negritas de piel suave y soberbio culo gordo y redondo. ¡Una delicia! -Afirmó relamiéndose los labios, como si las tres queridas del tío de La Habana le fuesen a ser legadas a él tras su muerte.
Es que hay testamentos que pueden resultar muy extraños.
“¡Faltaría más!”, pensó Robustiano, “si ya con Visitación que es una sola, blanca, también de piel suave, pero de culo delgaducho mi madre dice que es una puta redomada, no tendría reparo alguno en matarme si me llegara a liar con tres espléndidas negritas de piel suave y soberbio culo gordo y redondo.”
El amigo que le vio titubear, hizo una mueca con la que intentaba demostrar sorpresa, pero que no tuvo más efecto que dejar a la vista la ausencia de sus dos caninos superiores, le alentó:
-¡No te lo pienses más, joder! Que si yo tuviese el título de teórico textil no me quedaba aquí ni un minuto más.
Algunos días más tarde, Robustiano  le entregó los papeles al entusiasta y desinteresado amigo y se olvidó del asunto, que así como estaba planteado parecía ser como ya hemos dicho, una utopía, o sea, un sueño inalcanzable.
Robustiano que ya conocía bien la senda que debía seguir para evitarse problemas en casa, pensó tristemente que en el hipotético caso de que aquel proyecto se diese, el sueño no pasaría de ser eso, un sueño.
Cada uno de sus sueños llegaban hasta donde doña Josefina lo permitía.
Mas, dos semanas después, el mismo amigo, pletórico de emoción, le informó que debía  ir a la empresa Grace, en la capital catalana. En su sede debía firmar un contrato para irse a trabajar a Chile.
-¿Y no tenía también la posibilidad de viajar al Perú? -Preguntó Robustiano, quien hasta ese instante tenía la idea de que podía escoger su destino entre dos naciones y si bien es cierto que el Perú le sonaba algo, Chile era un país al que solamente había oído mencionar por primera vez a ese amigo.
-Pues, debo decirte -le mintió sin sentido el joven, simulando pesadumbre, -que todo el oro que había en Perú se ha acabado, así es que hemos pensado que lo mejor será que te vayas a Chile que en eso del oro es todavía una tierra virgen.
Dos días más tarde, Robustiano, que optó por no decir nada de nada a nadie de la familia, es decir ni a su madre ni a su mujer, por temor al rechazo a una decisión que ya había tomado y sobre la que no aceptaría réplica alguna, firmó un contrato con la firma estadounidense.
En aquella misma jornada se le comunicó que debía zarpar junto a los suyos el día 15 de agosto  en la motonave Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires. Desde allí viajarían en un tren, “El Transandino”, que atravesando la pampa argentina y la cordillera de Los Andes, les llevaría hasta Santiago de Chile. Todos los gastos de viaje, tanto para él como para los suyos, correrían por cuenta de la empresa contratante.
Antes de regresar a Terrassa paseó un rato por los alrededores del viejo puerto, mirando alternativamente a las llamadas golondrinas, unas barcas de recreo que aún hoy llevan pasajeros alrededor de las instalaciones portuarias, al duplicado de la  carabela Santa María, que parecía una débil barcaza, comparada con los enormes trasatlánticos  amarrados a los muelles, y a la propia estatua de Colón, con su dedo índice congelado señalando, dicen, hacia el Nuevo Mundo.
No atinaba a encontrar un planteamiento que justificara ante la familia, sobre todo su madre, el hecho de dejar atrás la tierra natal. Tal vez la quimera del oro las encandilara como lo había hecho con él, pero temía no ser suficientemente convincente, dado que su intuición le decía que en Chile debería trabajar tanto o más duro que en España, para lograr aquel bienestar que el terruño les estaba negando. Finalmente, como era su costumbre, dejó para última hora la notificación de tan importantes y trascendentes novedades.
Terminaba junio cuando Robustiano, viendo que el tiempo se les venía encima y que no se había realizado ningún preparativo de viaje, armándose de valor, decidió reunir a las mujeres que copaban su vida para hacerlas partícipes de sus planes
Unos planes evidentemente consumados.
-¡El quince de agosto nos vamos! -Anunció sin tener el valor de mirar a los ojos de ninguna.
Casualmente Segismundo soltó tal berrido que parecía haberle entendido y no estar de acuerdo con la idea. Pero si la entendió o no y si estaba de acuerdo o no, es un factor que quedó diluido entre las sombras del tiempo, porque la abuela, de un certero manotazo en la boca lo dejó mudo y atemorizado.
-¡Ya venía siendo hora que nos cogiésemos unas buenas vacaciones! -Suspiró Visitación intentando no dar importancia a la agresión a su hijo, y al mismo tiempo sonreír.
Tenía una sonrisa más bien tímida, pero abiertamente franca y dulce.
-¡Pero si tú vives en unas eternas vacaciones, descarada! -Le respondió con presteza la suegra. Pretendió de esa manera tan brutal recordarle que no tenía derecho a opinar, así es que la pobre madre de Segismundo que era la que llevaba sola todo el peso de las tareas del hogar, menos la de golpear a su pequeño, que para eso tenía abuela, optó por no decir ni una palabra más al respecto.
Siempre resultaba mejor acompañar a su hijo en el silencio y atenerse a la decisión de los otros dos.
-No nos vamos de vacaciones. -Aclaró el cabeza de familia. -Nos vamos a trabajar fuera de España.
-¿Eso de “nos vamos a trabajar” no lo dirás por la zorra gandula esta? -Acotó doña Josefina que no desaprovechaba ninguna ocasión para ofender a la nuera.
Robustiano simulando no haber escuchado a su madre para de esa forma evitar seguir echando más leña a un fuego en el que jamás escaseaba combustible ni nunca escasearía mientras de su madre dependiera, prosiguió:
-Nos vamos a Chile, un país habitado por indios y lleno de oro, que queda cerca del fin del mundo.
Robustiano había contemplado un mapa de América del Sur mientras esperaba para firmar su contrato con la Grace y había localizado a Chile que se estiraba como una fina cuerda apretujada entre Argentina y el Océano Pacífico, desde Perú casi hasta la Antártida.
Las mujeres le miraron con estupor, un estupor que impidió hablar al menos a la que podía hacerlo, por lo que el hijo-marido decidió disertar un poco acerca de aquella nación de la que no conocía absolutamente nada, pero que la imaginaba tal como la iba describiendo.
-Allí los misioneros españoles están evangelizando a los indígenas que de momento cometen el pecado mortal de ir en cueros por las calles, por lo que se requieren muchísimas fábricas textiles para poder vestirlos y me han contratado para trabajar en una con un sueldo de muchos duros de oro al mes.
Visitación pensó en Ramón, su panadero adorado, o sea el padre biológico de Segismundo, y se echó a llorar. Rogó a Dios que doña Josefina se negara a irse de su tierra, pero ésta, consciente del motivo de las lágrimas de su nuera, desistió a oponerse a ese viaje hacia lo desconocido fueran cuales fuesen las consecuencias.
La decisión de la suegra no estuvo exenta de razonamientos, para mayor dolor de la nuera.
-Pues si los curas están tratando de engañar a esas pobres criaturas salvajes, el día que puedan cubrir sus pelotas bajo los trapos hechos por mi hijo y yo como mujer decente, -dejó diáfanamente claro, -me pueda acercar a ellos, les adoctrinaré en las verdades de la Revolución del Proletariado.
Esperando en los días siguientes una intervención postrera de la Virgen María de Montserrat que no llegó, Visitación dejó para última hora la despedida de su panadero. La misma fue breve, intensa, con exceso de lágrimas y carente de sexo. No estaba el ánimo para esos menesteres. Sabían él y ella que la vida nunca más volvería a reunirles.
La mujer no se engañaba al imaginar que Ramón debería en el futuro buscar el placer en otros cuerpos. Similar alternativa le quedaba a ella. Él por su parte, fantaseaba jactanciosamente conque la ninfa de sus sueños moriría siéndole fiel, aun cuando para sí contaba con otra clienta de recambio. Era una chica que le había venido tirando los tejos en los últimos dos meses y que el muy sinvergüenza guardaba en el banquillo.
Se juraron, no obstante, amor eterno.
Sin amigas reseñables, ni menos amigos, doña Josefina no perdió el tiempo en despedidas. Lo mismo ocurrió al pequeño Segismundo que a su corta edad conocía la misma gente que había conocido la abuela en los últimos cuatro años, y en ese período, como era natural, al menos en ese ambiente familiar, no se había cruzado por su camino ningún niño.
Un minúsculo grupo de conocidos y algunos pocos coleguillas eran el legado sentimental de Robustiano. Tampoco él pasó por el trauma depresivo de los grandes adioses, aunque todos lo eran, y así parecía tener la certeza, para siempre.
***
La última semana de septiembre, dos días después de haber partido en tren desde una ciudad de Buenos Aires más grande y espectacular y tan hermosa como Barcelona un hecho que los dejó algo así como atolondrados, también como atolondrados se quedaron al llegar a la Estación Mapocho de Santiago de Chile.
Nada más bajar del tren, vieron, como ya les había ocurrido en Argentina, a gente como ellos, es decir, seres humanos vestidos a la usanza europea, algunos con rasgos indígenas y otros no, y por lo que pudieron observar de la capital chilena, salvo por la enorme distancia recorrida para llegar a ella y la suciedad de sus calles, perfectamente podría haber sido una gran ciudad de su España natal.
A poco de su llegada, los Salmerón se fueron de un Santiago templado en aquella época del año, encerrado entre cuatro cordilleras y brumoso por la polución, a la encantadora y refrescante localidad de Viña del Mar, una pequeña ciudad para entonces, enclavada en un minúsculo valle costero a poca distancia de Valparaíso, bañada por el siempre inquieto Océano Pacífico. En aquel idílico escenario y durante varios años hicieron los Salmerón Robledo la oscura vida que les permitió hacer doña Josefina.
Curiosamente, lo que más llamó la atención del pequeño Segismundo de Viña del Mar, fue el cementerio de Santa Inés, enclavado en las laderas de un cerro del mismo nombre y cuyas cruces blancas se percibían claramente desde la ventana de su nueva alcoba. Esa fascinación, impropia en un niño de cuatro años, se veía acrecentada en las noches de luna llena, cuando a escondidas de la abuela se sentaba en su cama a presenciar durante horas el fantasmagórico espectáculo que ofrecían aquellas albas tumbas que parecían flotar en el horizonte. Aquel panorama fue sin duda la razón de que muchos de sus sueños infantiles tuvieran como escenario aquel camposanto. No obstante, aquellas vivencias oníricas distaban mucho de convertirse en pesadillas y al despertar siempre quedaba en el niño una indefinible y extraña sensación, una mezcla entre el morbo y la nostalgia.

A principios de los años cincuenta corrían malos tiempos en aquella tenebrosa y empobrecida España. Era algo así como una época en blanco y negro, como lo era el cine.

Como los No-Do, vamos.

Apenas se habían acallado el rugir de los cañones, el estruendo de los aviones y el repiqueteo de las armas que habían hecho la graciosísima concesión divina de la jefatura del Estado a Franco.

La burguesía de la ibérica tierra estaba comenzando a resarcirse de las pérdidas ocasionadas por los impíos rojos, y no tenía tiempo para pararse a pensar en la caridad que se pregonaba en los templos. Esa caridad que tanta falta le hacía a esos enormes estamentos de gente empobrecida.

La clase social afortunada, con el apoyo del régimen y de una parte del clero, llegó a convencerse más que nunca de que el cielo de los poderosos comenzaba en este mundo y seguía en el otro y el de los necesitados solamente en el otro.

“Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.” Así al menos lo asegura Jesús en una parábola recogida en el Nuevo Testamento.

Pero gracias a la clemencia Divina, conseguida a través de una buena confesión, dejar parte de los bienes a la Iglesia y arrepentirse en el lecho de muerte, bastaba para convertir en eterna su gloria mundana.

Estaba todo muy bien calculado.

Lo cierto es que la faena era escasa y cuando se tenía la suerte de contar con un empleo como en el caso de Robustiano, la retribución muy a duras penas alcanzaba para mal comer. Una situación que se hacía especialmente penosa en el hogar de los Salmerón Robledo, donde la suegra comía lo mismo que los otros tres miembros juntos y nunca se sentía satisfecha.

Cuando había obtenido el título de Teórico Textil poco antes de nacer Segismundo, Robustiano había sentido un profundo orgullo. No obstante, ese orgullo mezclado con una comprensible ilusión, se había convertido pese al poco tiempo transcurrido, en parte de otros muchos recuerdos intrascendentes.

En esa Terrassa industrial de entonces, había tal exceso de teóricos que quien tuviera la fortuna de contar con algún empleo, debía darse con una piedra en el pecho, pese a que no solamente estaban mal remunerados, sino que, para que la frustración fuera aún mayor, mal tratados. Esa pequeña burguesía que se ufanaba de tener fábricas textiles, muchas de las cuales no eran más que modestos telares familiares, se sentía la dueña del mundo y miraba a sus trabajadores, sin importar la cualificación que tuviesen, como esclavos ansiosos de recibir una migaja de pan, que era lo que a fin de cuentas  les daban, y si era el caso, de la manera más restringida posible.

Dadas las circunstancias económicas generales, además de las personales, el mundo de posibilidades que un día pareció abrirse en el horizonte de Robustiano, más que una utopía se le antojó como un verdadero milagro, que en el fondo lo era.

En efecto, una buena mañana de febrero, cuatro años después de la llegada al mundo de Segismundo, un amigo que lo era a su vez del amigo de un conocido de un primo de un teniente del Ejército de Tierra,  habló al joven acerca de la posibilidad de ofrecer sus servicios a una empresa norteamericana que reclutaba personal en Barcelona. La empresa solicitaba peritos textiles para ir a trabajar a Perú o a Chile.

El amiguete desde un principio intentó inyectarle entusiasmo.

-Oye Robustiano, si te interesa marchar al otro lado del charco, no tengo más que hablar con mi amigo, -refiriéndose sin duda al amigo de un conocido de un primo de un teniente del Ejército de Tierra, -y él mismo nos puede asesorar sobre la tramitación de los papeles y… ¡Vete hombre a hacer las américas!

-¿Y los salarios, qué tal por aquellos lados? -Preguntó poco convencido Robustiano, que no había oído hablar nunca antes de Chile y muy poco acerca de Perú.

Era tal su ignorancia acerca de la geografía, que mientras su amigo le hablaba, Robustiano ni siquiera sabía que se refería a dos naciones sudamericanas.

-¡Figúrate tú! -Intentó entusiasmarle el otro. -Son países que están en América… -ya se estaba enterando sin demora el padre de Segismundo de que eran países, -…que nadan en oro y riquezas.

El padre de Segis y su interlocutor intercambiaron brevemente unas miradas llenas de codicia.

La misión del amigo parecía ser la de reclutar profesionales para cruzar el charco.

-¿No has oído hablar de Francisco Pizarro? -Le preguntó a Robustiano

-Pues no. -Fue sincero el hombre que aparte de filaturas y telares no andaba del todo bien en conocimientos de historia, ni de muchas otras cosas.

-Pues ese tío se trajo de allí todo el oro del mundo -explicó con una ignorancia algo más pulida aunque no menos vergonzosa, el otro, – y dicen -agregó con un convencimiento tal que le hacía abrir desmesuradamente los ojos dando a su rostro un aspecto que iba a brincos entre la certeza en lo asegurado hasta el temor a poseer una fortuna inmensa -que todavía queda todo el oro del mundo para que cada español vaya a buscarlo y haga con él lo que le venga en gana.

La codicia que se plasmó en las miradas iniciales entre ambos hombres, terminó por enquistarse en el propio espíritu de Robustiano y se llegó al punto en que ya no hubo necesidad de seguir convenciéndole.

Pero quizás aún faltara un pequeño aventón.

El amigo no sabía hasta qué extremo bullía el interés en la mente del perito textil.

-Yo tengo un tío en las américas, allá en La Habana, -continuó explicándole, -que vive en una mansión más grande que el Palacio de El Pardo, con su mujer y sus dos hijos y como si esto no le bastara, tiene como queridas a tres espléndidas negritas de piel suave y soberbio culo gordo y redondo. ¡Una delicia! -Afirmó relamiéndose los labios, como si las tres queridas del tío de La Habana le fuesen a ser legadas a él tras su muerte.

Es que hay testamentos que pueden resultar muy extraños.

“¡Faltaría más!”, pensó Robustiano, “si ya con Visitación que es una sola, blanca, también de piel suave, pero de culo delgaducho mi madre dice que es una puta redomada, no tendría reparo alguno en matarme si me llegara a liar con tres espléndidas negritas de piel suave y soberbio culo gordo y redondo.”

El amigo que le vio titubear, hizo una mueca con la que intentaba demostrar sorpresa, pero que no tuvo más efecto que dejar a la vista la ausencia de sus dos caninos superiores, le alentó:

-¡No te lo pienses más, joder! Que si yo tuviese el título de teórico textil no me quedaba aquí ni un minuto más.

Algunos días más tarde, Robustiano  le entregó los papeles al entusiasta y desinteresado amigo y se olvidó del asunto, que así como estaba planteado parecía ser como ya hemos dicho, una utopía, o sea, un sueño inalcanzable.

Robustiano que ya conocía bien la senda que debía seguir para evitarse problemas en casa, pensó tristemente que en el hipotético caso de que aquel proyecto se diese, el sueño no pasaría de ser eso, un sueño.

Cada uno de sus sueños llegaban hasta donde doña Josefina lo permitía.

Mas, dos semanas después, el mismo amigo, pletórico de emoción, le informó que debía  ir a la empresa Grace, en la capital catalana. En su sede debía firmar un contrato para irse a trabajar a Chile.

-¿Y no tenía también la posibilidad de viajar al Perú? -Preguntó Robustiano, quien hasta ese instante tenía la idea de que podía escoger su destino entre dos naciones y si bien es cierto que el Perú le sonaba algo, Chile era un país al que solamente había oído mencionar por primera vez a ese amigo.

-Pues, debo decirte -le mintió sin sentido el joven, simulando pesadumbre, -que todo el oro que había en Perú se ha acabado, así es que hemos pensado que lo mejor será que te vayas a Chile que en eso del oro es todavía una tierra virgen.

Dos días más tarde, Robustiano, que optó por no decir nada de nada a nadie de la familia, es decir ni a su madre ni a su mujer, por temor al rechazo a una decisión que ya había tomado y sobre la que no aceptaría réplica alguna, firmó un contrato con la firma estadounidense.

En aquella misma jornada se le comunicó que debía zarpar junto a los suyos el día 15 de agosto  en la motonave Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires. Desde allí viajarían en un tren, “El Transandino”, que atravesando la pampa argentina y la cordillera de Los Andes, les llevaría hasta Santiago de Chile. Todos los gastos de viaje, tanto para él como para los suyos, correrían por cuenta de la empresa contratante.

Antes de regresar a Terrassa paseó un rato por los alrededores del viejo puerto, mirando alternativamente a las llamadas golondrinas, unas barcas de recreo que aún hoy llevan pasajeros alrededor de las instalaciones portuarias, al duplicado de la  carabela Santa María, que parecía una débil barcaza, comparada con los enormes trasatlánticos  amarrados a los muelles, y a la propia estatua de Colón, con su dedo índice congelado señalando, dicen, hacia el Nuevo Mundo.

No atinaba a encontrar un planteamiento que justificara ante la familia, sobre todo su madre, el hecho de dejar atrás la tierra natal. Tal vez la quimera del oro las encandilara como lo había hecho con él, pero temía no ser suficientemente convincente, dado que su intuición le decía que en Chile debería trabajar tanto o más duro que en España, para lograr aquel bienestar que el terruño les estaba negando. Finalmente, como era su costumbre, dejó para última hora la notificación de tan importantes y trascendentes novedades.

Terminaba junio cuando Robustiano, viendo que el tiempo se les venía encima y que no se había realizado ningún preparativo de viaje, armándose de valor, decidió reunir a las mujeres que copaban su vida para hacerlas partícipes de sus planes

Unos planes evidentemente consumados.

-¡El quince de agosto nos vamos! -Anunció sin tener el valor de mirar a los ojos de ninguna.

Casualmente Segismundo soltó tal berrido que parecía haberle entendido y no estar de acuerdo con la idea. Pero si la entendió o no y si estaba de acuerdo o no, es un factor que quedó diluido entre las sombras del tiempo, porque la abuela, de un certero manotazo en la boca lo dejó mudo y atemorizado.

-¡Ya venía siendo hora que nos cogiésemos unas buenas vacaciones! -Suspiró Visitación intentando no dar importancia a la agresión a su hijo, y al mismo tiempo sonreír.

Tenía una sonrisa más bien tímida, pero abiertamente franca y dulce.

-¡Pero si tú vives en unas eternas vacaciones, descarada! -Le respondió con presteza la suegra. Pretendió de esa manera tan brutal recordarle que no tenía derecho a opinar, así es que la pobre madre de Segismundo que era la que llevaba sola todo el peso de las tareas del hogar, menos la de golpear a su pequeño, que para eso tenía abuela, optó por no decir ni una palabra más al respecto.

Siempre resultaba mejor acompañar a su hijo en el silencio y atenerse a la decisión de los otros dos.

-No nos vamos de vacaciones. -Aclaró el cabeza de familia. -Nos vamos a trabajar fuera de España.

-¿Eso de “nos vamos a trabajar” no lo dirás por la zorra gandula esta? -Acotó doña Josefina que no desaprovechaba ninguna ocasión para ofender a la nuera.

Robustiano simulando no haber escuchado a su madre para de esa forma evitar seguir echando más leña a un fuego en el que jamás escaseaba combustible ni nunca escasearía mientras de su madre dependiera, prosiguió:

-Nos vamos a Chile, un país habitado por indios y lleno de oro, que queda cerca del fin del mundo.

Robustiano había contemplado un mapa de América del Sur mientras esperaba para firmar su contrato con la Grace y había localizado a Chile que se estiraba como una fina cuerda apretujada entre Argentina y el Océano Pacífico, desde Perú casi hasta la Antártida.

Las mujeres le miraron con estupor, un estupor que impidió hablar al menos a la que podía hacerlo, por lo que el hijo-marido decidió disertar un poco acerca de aquella nación de la que no conocía absolutamente nada, pero que la imaginaba tal como la iba describiendo.

-Allí los misioneros españoles están evangelizando a los indígenas que de momento cometen el pecado mortal de ir en cueros por las calles, por lo que se requieren muchísimas fábricas textiles para poder vestirlos y me han contratado para trabajar en una con un sueldo de muchos duros de oro al mes.

Visitación pensó en Ramón, su panadero adorado, o sea el padre biológico de Segismundo, y se echó a llorar. Rogó a Dios que doña Josefina se negara a irse de su tierra, pero ésta, consciente del motivo de las lágrimas de su nuera, desistió a oponerse a ese viaje hacia lo desconocido fueran cuales fuesen las consecuencias.

La decisión de la suegra no estuvo exenta de razonamientos, para mayor dolor de la nuera.

-Pues si los curas están tratando de engañar a esas pobres criaturas salvajes, el día que puedan cubrir sus pelotas bajo los trapos hechos por mi hijo y yo como mujer decente, -dejó diáfanamente claro, -me pueda acercar a ellos, les adoctrinaré en las verdades de la Revolución del Proletariado.

Esperando en los días siguientes una intervención postrera de la Virgen María de Montserrat que no llegó, Visitación dejó para última hora la despedida de su panadero. La misma fue breve, intensa, con exceso de lágrimas y carente de sexo. No estaba el ánimo para esos menesteres. Sabían él y ella que la vida nunca más volvería a reunirles.

La mujer no se engañaba al imaginar que Ramón debería en el futuro buscar el placer en otros cuerpos. Similar alternativa le quedaba a ella. Él por su parte, fantaseaba jactanciosamente conque la ninfa de sus sueños moriría siéndole fiel, aun cuando para sí contaba con otra clienta de recambio. Era una chica que le había venido tirando los tejos en los últimos dos meses y que el muy sinvergüenza guardaba en el banquillo.

Se juraron, no obstante, amor eterno.

Sin amigas reseñables, ni menos amigos, doña Josefina no perdió el tiempo en despedidas. Lo mismo ocurrió al pequeño Segismundo que a su corta edad conocía la misma gente que había conocido la abuela en los últimos cuatro años, y en ese período, como era natural, al menos en ese ambiente familiar, no se había cruzado por su camino ningún niño.

Un minúsculo grupo de conocidos y algunos pocos coleguillas eran el legado sentimental de Robustiano. Tampoco él pasó por el trauma depresivo de los grandes adioses, aunque todos lo eran, y así parecía tener la certeza, para siempre.

***

La última semana de septiembre, dos días después de haber partido en tren desde una ciudad de Buenos Aires más grande y espectacular y tan hermosa como Barcelona un hecho que los dejó algo así como atolondrados, también como atolondrados se quedaron al llegar a la Estación Mapocho de Santiago de Chile.

Nada más bajar del tren, vieron, como ya les había ocurrido en Argentina, a gente como ellos, es decir, seres humanos vestidos a la usanza europea, algunos con rasgos indígenas y otros no, y por lo que pudieron observar de la capital chilena, salvo por la enorme distancia recorrida para llegar a ella y la suciedad de sus calles, perfectamente podría haber sido una gran ciudad de su España natal.

A poco de su llegada, los Salmerón se fueron de un Santiago templado en aquella época del año, encerrado entre cuatro cordilleras y brumoso por la polución, a la encantadora y refrescante localidad de Viña del Mar, una pequeña ciudad para entonces, enclavada en un minúsculo valle costero a poca distancia de Valparaíso, bañada por el siempre inquieto Océano Pacífico. En aquel idílico escenario y durante varios años hicieron los Salmerón Robledo la oscura vida que les permitió hacer doña Josefina.

Curiosamente, lo que más llamó la atención del pequeño Segismundo de Viña del Mar, fue el cementerio de Santa Inés, enclavado en las laderas de un cerro del mismo nombre y cuyas cruces blancas se percibían claramente desde la ventana de su nueva alcoba. Esa fascinación, impropia en un niño de cuatro años, se veía acrecentada en las noches de luna llena, cuando a escondidas de la abuela se sentaba en su cama a presenciar durante horas el fantasmagórico espectáculo que ofrecían aquellas albas tumbas que parecían flotar en el horizonte. Aquel panorama fue sin duda la razón de que muchos de sus sueños infantiles tuvieran como escenario aquel camposanto. No obstante, aquellas vivencias oníricas distaban mucho de convertirse en pesadillas y al despertar siempre quedaba en el niño una indefinible y extraña sensación, una mezcla entre el morbo y la nostalgia.

Capítulo IV

Un mar permanentemente embravecido, que desdecía abiertamente su nombre de Océano Pacífico, y una ciudad pequeña como lo era para aquel entonces Viña del Mar, dividida en tres clases sociales muy acentuadas y distantes las unas de las otras, sorprendieron a la familia, incluso al pequeño Segismundo.
Al niño le fascinaban aquellas enormes olas que rompían sobre las rocas de la Avenida Perú, el único sitio donde solía llevarlo a pasear la yaya. Pero, así como le atraía el mar, ese entorno humano en el que comenzaba a sumergirse, no terminaba de gustarle, diríase que chocaba con su infantil personalidad. Esa gente en su conjunto le parecía diametralmente distinta a la de su Terrassa natal.
Los viñamarinos recelaban los unos de los otros, dependiendo principalmente de sus oficios, sus aspectos o los sectores donde residieran. Lo más increíble de todo, es que muchas de las diferencias se sustentaban en la supuesta alcurnia de los apellidos, siendo los heredados de los vascos pobres los más enorgullecedores en aquella compleja sociedad. Segismundo no recordaba que en su pueblo ocurrieran cosas tan pintorescas.
Era muy pequeño Segismundo cuando salió de su lar natal como para recordar el sistema de castas económicas que imperaban allí.
Pequeño era también en Viña como para percatarse por sí solo de esos inexplicables comportamientos.
Las diferencias las veía el chiquillo a través de los ojos de la abuela a la que no terminaban de gustarle los chilenos. La ciudad sin embargo, dejando de lado el mar, que calmo o tormentoso le daba  ese encanto de cualquier poblado marinero, era, con sus chalets rodeados de hermosos y floridos jardines, el extremo opuesto de su gris y anodina villa originaria. Y la diferencia no estribaba solamente en esas casas bajas tipo chalé, sino también en esos coloridos y modernos edificios con las que compartían espacio, muchos de los cuales se disparaban hacia el cielo al borde del estero Marga-Marga. Ese estero, lleno como estaba de aguas quietas que servían de nido a millares de mosquitos en verano, era más encantador aún en esas condiciones de abandono, que las tristes  y comúnmente secas rieras terrassenses que solamente llevaban agua a raudales en contadas ocasiones causando  serias inundaciones en la localidad catalana.
En ese nuevo escenario Segismundo tuvo, como todo mortal, aunque tal vez algo prematuramente, ocasión de relacionarse con una chica.
Días después de cumplir los cinco años, transcurridos pocos meses desde su arribo a Chile, comenzó a gustarle Ana María, una rubita con unos ojos de un azul intenso como el cielo y pícaras pecas con la que había compartido inocentes intimidades nada más conocerse.
***
Por muy primarias que fueran aquellas sensaciones parecidas a sentimientos amorosos del chaval, es preciso recordar el pensamiento certero, justo y ecuánime de doña Josefina respecto a las futuras relaciones sentimentales de Segismundo, porque marcarían con rotundidad su porvenir.
-Mi niño ha de casarse con una chica honesta y virgen, como su abuela. -Solía afirmar a este respecto la matrona.
El pequeño que había comenzado a conocer los sinsabores de la vida hacía apenas un lustro, solamente atinaba a sonreír, quien sabe si intentando bloquear la sarta de estupideces que decía su abuela, o simplemente porque se sentía de alguna manera halagado por ser considerado como un adulto al que ya se le podía hablar de matrimonio. Aunque la suposición menos errada con relación a esa sonrisa complaciente, es que probablemente no entendía un carajo lo que decía la yaya, y simplemente sonreía porque la veía sonreír a ella.
Mas, doña Josefina no solamente deseaba damas honestas y vírgenes para su niño de la nariz luenga y grande, por lo que invariablemente añadía en tono absolutamente imperativo:
-¡Y debe ser catalana, porque las demás mujeres son unas putas!
Esa fijación tenía su explicación en el hecho de que ella, la buena dama, célibe desde la muerte de su mártir y agresivo marido, a pesar de ser almeriense de nacimiento, se sentía catalana como la que más, e incluso,  había hecho un gran esfuerzo, en vano, por aprender la lengua de la tierra.
Aunque Visitación cumplía con creces con aquella regla, ya se ve que se había constituido en la excepción que a todas luces la confirmaba.
Pero no eran aquellas las únicas normas que imponía la selectiva dama a las candidatas que en un futuro pudieran desear compartir su vida con la de aquel chaval, porque, además, a todo lo anterior le añadía un dicho muy elocuente el que visto lo visto, jamás pudo aplicarse a sí misma:
-La suerte de la fea, la bonita la desea, -sin precisar a qué suerte se refería, porque quienes la escucharon afirmando tales necedades, que no fueron pocos, ya que tenía la costumbre de hablar mucho, largo, repetido y tendido, más bien sentían lástima por aquella eventual pobre chica, que pudiera equivocar su camino hacia aquello que poco se sabía si era un niño pequeño con una gran nariz o realmente una gran nariz con un niño pequeño.
¡Segismundo distaba mucho de ser guapo!
La cuestión, en fin, es que la primera infancia, niñez, pubertad, adolescencia y temprana juventud de Segismundo, la pasó en Chile y en Chile  no fue precisamente con una catalana honesta, virgen y fea, con quien tuvo su primera, ni tampoco su última anécdota amistoso-sentimento-sexual, sino simplemente con una niña.
Era una pequeñaja así de chiquitina que por su edad era honesta y sin duda virgen, pero por mala suerte desde la forzada óptica de doña Josefina, chilena de nacimiento y de costumbres. La madre de la pequeñuela era norteamericana y el padre bombero.
***
Ana María como ya hemos anticipado, era el nombre de la moza.
Tenía entonces como él, cinco ingenuos añitos y era, amén de una monada, vecina del barrio.
Pese a la prohibición de doña Josefina de que Segismundito alternara con los indios chilenos, los niños no tuvieron mayores problemas para comenzar a conocerse y jugar juntos, convencida como estaba la yaya al principio de que aquella pecosa rubilla de ojos azules era hermana de otro vecino, Björn, un mocillo nacido en Oslo, o sea, europeo.
Aquella mocosa simpática que día tras día se apostaba frente a la reja del jardín de la casa familiar de los españoles recién llegados, tuvo así y poco a poco, acceso a la rígida morada de Robustiano y Visitación, pero especialmente y sobre todo, la de doña Josefina Millares Hernando, que aportaba, según ella misma decía, “respetabilidad, honradez, honorabilidad y decencia a los ojos de los vecinos,” explicación a la que añadía siempre que la daba en presencia de su sufrida nuera: “porque otras no hacen gran cosa para que nos las merezcamos.”
-¿Cómo te llamai, oye? -fue la primera de las muchas preguntas que tuvo que responderle a Ana María el bueno de Segismundo. Con esa chiquilla se enfrentaba por primera vez  en solitario a un ser humano que no fuese de su familia.
Y de ahí en adelante, con la confianza plena de la abuela en la castidad del niño -a los cinco años hasta el más puto de los hombres ha sido casto- y con la plena confianza de doña Mary, madre de la niña, en su castidad -a los cinco años, hasta la más zorra entre las zorras ha sido casta- se inició una amistad de la que de esa castidad, aunque con matices, hablan a las claras algunas anécdotas a las que pese a todo, al niño no le marcaron en absoluto…
¡Pocas cosas marcan la vida de aquellos a quienes el destino no ha proporcionado muchas luces!
A Segismundo la abuela no le enseñó nunca a encender las luces de la inteligencia.
-¿Vos tenís rajita o tenís pico? -Le preguntó un día la dulce niña cuando conversaban de cualquier cosa en medio de un solar baldío anexo a la vivienda alquilada por los Salmerón en Viña del Mar.
Obviamente el pequeñuelo no tenía ni  pijotera idea de que la rajita y el pico no eran otra cosa que las humanas vergüenzas, es decir, el coño y la polla, cuya simple mención ocasionaba las iras de la abuela la que de sólo pensar que tales palabras habían sido pronunciadas por Segismundo, le daba cada golpe que le hacía ver estrellitas.
Pero como la pregunta la interpretó literalmente, su respuesta no fue del todo afortunada:
-Yo tengo una rajita, -le contestó, y antes de que la sorpresa de la chiquilla alcanzara a exteriorizarse, le enseñó un pequeño rasguño que se había hecho en la rodilla izquierda, producto de una caída en una de los tantos intentos de huida de las iracundas explosiones de furia de la abuela.
Anita María se rió de buena gana por lo que al principio pensó que era una broma, pero luego recordó lo que su padre le había dicho acerca de los peculiares vecinos:
“No me gusta m’hijita que se junte con esos gallos, porque son españoles y los españoles son muy lesos, puh”.
Es decir, que en opinión de la chiquilla, Segismundo no había entendido lo que eran ni la rajita ni el pico porque era un leso, es decir, un gilipollas.
Muy práctica la mozuela, se aprestó, con toda la inocencia e ingenuidad del mundo, a mostrarle a Segismundo su rajita, y  así, sin más, se levantó la falda y se bajó las braguitas.
Lo que quedó expuesto a sus ojos jamás lo había visto y como hasta ese instante lo único que conocía del entrepiernas, eran sus propios colgajos, siempre había pensado que eran comunes a todos los mortales.
-¡Co…! -exclamó Segismundo aterrorizado. ¡Te han cortado la colita!
Ana María volvió a reír, pero esta vez divirtiéndose del “leso” que tenía al frente y le corrigió…
-Las colitas las tienen los perritos.
En un intento de rectificación para que la dulce niña no se quedara en su error, Segismundo utilizó otras palabras para expresar lo mismo:
-¡Te han cortado la polla!
La chiquilina quedó algo contrariada porque no alcanzaba a entender qué tenían que ver un perro o un ave en todo aquello.
Pero estaba en su razón.
Ante la creciente confusión de su ibérico amiguete, Ana María le explicó que las chicas tenían rajita, que a Segis se le antojó como una tímida rayita en el lugar donde él tenía su pipí y sus bolitas, y que los chicos tenían el pico que era algo que ella nunca había visto.
-¿Me querís mostrar tu pico, cabrito? -le rogó mimosamente.
Sin embargo, ante la renuencia del chaval, terminó exigiéndoselo:
-¡O me mostrai tu pico o te acuso con mi mami!
Extraña amenaza, ciertamente.
Temeroso no tanto de la madre de Ana María, como de las manos poderosas de la Yaya, el peque se quitó sus pantalones cortos y sin bajarse del todo los calzoncillos, dejó ver a la sorprendida vecina sus nada despreciables intimidades que casi hacían juego con su nariz.
Pero, inesperadamente, la moza, en un posible arrebato de pudor, salió corriendo en veloz carrera hacia su hogar dando agudísimas voces…:
¡Mami, mami! ¡El coño me mostró su pico!
Debemos dejar claro que en Chile “coño” no es el sinónimo de la vagina sino un adjetivo con el que se denomina, dizque cariñosamente a los hijos del Cid Campeador, sin distingos de color, edad, raza, sexo, autonomía -para aquella época, región- o religión.
Fue tal el escándalo que se armó que se enteró todo el barrio y medio Viña, hasta el punto de que el Padre Estuardo, el párroco de la Iglesia de la Calle Quillota, la más popular de toda la ciudad, se personó en ambas casas buscando la reconciliación chileno-hispano-americana, misión en la que tuvo indudable éxito al comprender todos que sólo habían sido cosas de niños.
Pero la unanimidad en la comprensión en torno al asunto fue solamente en las formas, porque en el fondo, todo aquello no hacía sino confirmar los más oscuros presagios de la yaya, en el sentido de que sólo las catalanas practicaban la castidad como principio inalterable de vida. Sin ir más lejos, esa niña, de la que en tardía hora se enteró que era nativa de aquella tierra de salvajes, había demostrado ser un capullo de libertina.
Tras el buen hacer del clérigo y en honor a la convivencia y buena vecindad por él predicadas y aceptadas por Robustiano, Visitación,  Mary y el padre bombero de Ana María, las partes permitieron el reinicio de la inocente e ingenua amistad entre los niños, todo ello eso sí, y por decisión unilateral y secreta, bajo la supervisión de doña Josefina, quien desde ese momento se constituía como único miembro, fiscal y juez de una suerte de tribunal no declarado del Santo Oficio:
“He de salvaguardar la honra de mi niño” pensó la abuela con furiosa vehemencia, y con la firme determinación de llevarlo a la práctica.
Y con la renovada confianza de sus progenitores, los niños volvieron a reunirse en el mismo solar baldío.
Durante los primeros días, las ingenuas conversaciones, adornadas con las cantarinas risas de la más genuina inocencia, versaban sobre arañitas, mosquitas, perritos, florecitas. En los días siguientes siguieron divirtiéndose con la narración de algunos cuentos infantiles, que si “Pulgarcito”, que si “El gato con botas”, que si “Pinocho”, que si “La caperucita roja”… que si “La Cenicienta”, que si “Blancanieves y los siete enanitos”. En fin. La cuestión es que con ese último cuento bajo la mira, demostró Ana María no ser del todo consciente del revuelo causado con lo ocurrido en su anterior encuentro, porque hablando de los personajes de aquel precioso cuento, le asaltó una duda que quiso zanjar con una pregunta:
-¿Vos creís que la Blancanieves cuando se iba a la cama les mostraba el poto a los enanos?
Segismundo, pudoroso amén de temeroso del castigo divino que utilizaba como instrumento el brazo implacablemente ejecutor de la abuela, enrojeció y bajó la vista. Sabía porque lo había oído en la calle, que en Chile llamaban poto al culo.
No le respondió, recordando la reciente tormenta vecinal.
En vista del silencio y con el dicho aquel de que el que calla otorga muy asimilado, Ana María, tal vez considerando a su coleguilla como a uno de los siete enanitos, se bajó las braguitas, se puso de espaldas y le enseñó su albo y pecoso culete.
Segismundo estuvo a punto de echarse a llorar, más aún cuando la preciosa chavalilla comenzó a insistirle que le dejara ver sus nalgas.
-¡No seai malo, cabrito! Yo te mostré mi poto, puh. Déjame ver el tuyo.
De nada le valieron al niño ni su temor ni su pudor, porque ambos sucumbieron al poco ante la insistencia de la niña, tal como muchos siglos atrás había cedido Adán con la manzana prohibida que le ofreció Eva a instancias de un Lucifer reconvertido en serpiente.
Antes, eso sí, quiso asegurarse de que nadie se enteraría de aquello que consideraba una terrible falta.
¿Una terrible falta? ¡Qué va! ¡Un pecado mortal!
-¿Me juras que no le dirás a tu madre que te he enseñado el culete?
-¡Te lo juro! -aseguró ella.
-¿Pero me lo juras de verdad?, -se quiso proteger el niño antes de caer en la indignidad.
-¡Cruz p’al cielo! -le respondió ella, besando los dedos pulgar e índice de la mano derecha cruzados.
Segismundo se dio la vuelta, se bajó los pantalones y a la vista quedó su también blanco nalgatorio.
Un solo alarido bastó para alertar a la vecindad de que algo había truncado la buena marcha del destino.
Ana María salió más que corriendo volando, en pos del lar protector al grito de:
-¡El coño tiene el poto sucio! ¡El coño tiene el poto sucio!
Ese otro escándalo, de mayores proporciones que el primero, tuvo que ser nuevamente apaciguado  por el padre Estuardo, quien puso un término de tres meses para que los peques aprendieran la lección y pudieran volver a jugar como niños, que lo eran.
Al menos eso parecía
Después de lo acontecido con la vecinita, la infancia de Segismundo siguió transcurriendo, aunque de forma mucho más radical, entre dos bandos bien definidos por su buena abuela, Josefina. Por una parte el de las mujeres puras y por el otro el de las mujeres putas.
La lista de las primeras era harto poco generosa y en ella figuraban aparte de la interesada y una prima segunda por parte de madre que había fallecido a los nueve años, la Gertrudis, una mujer impresionantemente buena. Esa santa, en opinión, lógicamente de la yaya que para algunas explicaciones, pese a su materialismo marxista, se ponía muy mística, “vivió toda su vida sola con tres cerdos para evitar que algún tío asqueroso pudiera acercarse a ella y la tentara con el pecado del origen”. Y junto a esas tres mujeres, ya generalizando, entre las más puras estaban por lo que ya hemos anotado con anterioridad, todas las catalanas, que al decir de la abuela, eran además, “fieles, virtuosas, trabajadoras y feas,” adjetivo este último, que solía acentuar como si fuese el más importante para llevarlas a los enorgullecedores listados de las heroínas de la revolución, o en su defecto, a los altares.
En la lista del otro bando, estaban todos los demás engendros con forma de mujer del mundo. La abanderada por derecho propio era, desde luego, Visitación, la madre de Segismundo.
¡Eso sí! Las mujeres hermosas, eran entre todas, lo peor de lo peor,- incluso peores que las prostitutas-, amén de embajadoras del mismísimo Lucifer.
Fue por aquella época, una vez que Visitación fue paulatinamente apartada por la abuela de toda actividad en la crianza de Segismundo para evitar que le contaminase con su mal, cuando las tradicionales oraciones que recitaba el niño antes de irse a la cama a instancias de la madre, como el avemaría o el padrenuestro, fueron reemplazadas por unas inventadas curiosamente, por la comunistísima doña Josefina.
Así, el pequeño Segismundo, después de hacerse la señal de la cruz, oraba:
“Señor Dios, señor hijo, señor Espíritu Santo. Ilumina mi vida para que no se cruce en mi camino otra niña mala como Ana María ni otra mujer mala como mi madre ni como muchas otras que nos ha enviado el Angel Caído, para tentarnos en el pecado. Bendíceme cuando sea grande con una catalana honesta y hacendosa que no sea guapa, pero sí virtuosa y que me dé muchos hijos y que cuide de mi buena abuelita cuando sea viejecita. Amén.”
¡Ah! Por supuesto que la amistad con la dulce Anita María jamás volvió a reanudarse.

Un mar permanentemente embravecido, que desdecía abiertamente su nombre de Océano Pacífico, y una ciudad pequeña como lo era para aquel entonces Viña del Mar, dividida en tres clases sociales muy acentuadas y distantes las unas de las otras, sorprendieron a la familia, incluso al pequeño Segismundo.

Al niño le fascinaban aquellas enormes olas que rompían sobre las rocas de la Avenida Perú, el único sitio donde solía llevarlo a pasear la yaya. Pero, así como le atraía el mar, ese entorno humano en el que comenzaba a sumergirse, no terminaba de gustarle, diríase que chocaba con su infantil personalidad. Esa gente en su conjunto le parecía diametralmente distinta a la de su Terrassa natal.

Los viñamarinos recelaban los unos de los otros, dependiendo principalmente de sus oficios, sus aspectos o los sectores donde residieran. Lo más increíble de todo, es que muchas de las diferencias se sustentaban en la supuesta alcurnia de los apellidos, siendo los heredados de los vascos pobres los más enorgullecedores en aquella compleja sociedad. Segismundo no recordaba que en su pueblo ocurrieran cosas tan pintorescas.

Era muy pequeño Segismundo cuando salió de su lar natal como para recordar el sistema de castas económicas que imperaban allí.

Pequeño era también en Viña como para percatarse por sí solo de esos inexplicables comportamientos.

Las diferencias las veía el chiquillo a través de los ojos de la abuela a la que no terminaban de gustarle los chilenos. La ciudad sin embargo, dejando de lado el mar, que calmo o tormentoso le daba  ese encanto de cualquier poblado marinero, era, con sus chalets rodeados de hermosos y floridos jardines, el extremo opuesto de su gris y anodina villa originaria. Y la diferencia no estribaba solamente en esas casas bajas tipo chalé, sino también en esos coloridos y modernos edificios con las que compartían espacio, muchos de los cuales se disparaban hacia el cielo al borde del estero Marga-Marga. Ese estero, lleno como estaba de aguas quietas que servían de nido a millares de mosquitos en verano, era más encantador aún en esas condiciones de abandono, que las tristes  y comúnmente secas rieras terrassenses que solamente llevaban agua a raudales en contadas ocasiones causando  serias inundaciones en la localidad catalana.

En ese nuevo escenario Segismundo tuvo, como todo mortal, aunque tal vez algo prematuramente, ocasión de relacionarse con una chica.

Días después de cumplir los cinco años, transcurridos pocos meses desde su arribo a Chile, comenzó a gustarle Ana María, una rubita con unos ojos de un azul intenso como el cielo y pícaras pecas con la que había compartido inocentes intimidades nada más conocerse.

***

Por muy primarias que fueran aquellas sensaciones parecidas a sentimientos amorosos del chaval, es preciso recordar el pensamiento certero, justo y ecuánime de doña Josefina respecto a las futuras relaciones sentimentales de Segismundo, porque marcarían con rotundidad su porvenir.

-Mi niño ha de casarse con una chica honesta y virgen, como su abuela. -Solía afirmar a este respecto la matrona.

El pequeño que había comenzado a conocer los sinsabores de la vida hacía apenas un lustro, solamente atinaba a sonreír, quien sabe si intentando bloquear la sarta de estupideces que decía su abuela, o simplemente porque se sentía de alguna manera halagado por ser considerado como un adulto al que ya se le podía hablar de matrimonio. Aunque la suposición menos errada con relación a esa sonrisa complaciente, es que probablemente no entendía un carajo lo que decía la yaya, y simplemente sonreía porque la veía sonreír a ella.

Mas, doña Josefina no solamente deseaba damas honestas y vírgenes para su niño de la nariz luenga y grande, por lo que invariablemente añadía en tono absolutamente imperativo:

-¡Y debe ser catalana, porque las demás mujeres son unas putas!

Esa fijación tenía su explicación en el hecho de que ella, la buena dama, célibe desde la muerte de su mártir y agresivo marido, a pesar de ser almeriense de nacimiento, se sentía catalana como la que más, e incluso,  había hecho un gran esfuerzo, en vano, por aprender la lengua de la tierra.

Aunque Visitación cumplía con creces con aquella regla, ya se ve que se había constituido en la excepción que a todas luces la confirmaba.

Pero no eran aquellas las únicas normas que imponía la selectiva dama a las candidatas que en un futuro pudieran desear compartir su vida con la de aquel chaval, porque, además, a todo lo anterior le añadía un dicho muy elocuente el que visto lo visto, jamás pudo aplicarse a sí misma:

-La suerte de la fea, la bonita la desea, -sin precisar a qué suerte se refería, porque quienes la escucharon afirmando tales necedades, que no fueron pocos, ya que tenía la costumbre de hablar mucho, largo, repetido y tendido, más bien sentían lástima por aquella eventual pobre chica, que pudiera equivocar su camino hacia aquello que poco se sabía si era un niño pequeño con una gran nariz o realmente una gran nariz con un niño pequeño.

¡Segismundo distaba mucho de ser guapo!

La cuestión, en fin, es que la primera infancia, niñez, pubertad, adolescencia y temprana juventud de Segismundo, la pasó en Chile y en Chile  no fue precisamente con una catalana honesta, virgen y fea, con quien tuvo su primera, ni tampoco su última anécdota amistoso-sentimento-sexual, sino simplemente con una niña.

Era una pequeñaja así de chiquitina que por su edad era honesta y sin duda virgen, pero por mala suerte desde la forzada óptica de doña Josefina, chilena de nacimiento y de costumbres. La madre de la pequeñuela era norteamericana y el padre bombero.

***

Ana María como ya hemos anticipado, era el nombre de la moza.

Tenía entonces como él, cinco ingenuos añitos y era, amén de una monada, vecina del barrio.

Pese a la prohibición de doña Josefina de que Segismundito alternara con los indios chilenos, los niños no tuvieron mayores problemas para comenzar a conocerse y jugar juntos, convencida como estaba la yaya al principio de que aquella pecosa rubilla de ojos azules era hermana de otro vecino, Björn, un mocillo nacido en Oslo, o sea, europeo.

Aquella mocosa simpática que día tras día se apostaba frente a la reja del jardín de la casa familiar de los españoles recién llegados, tuvo así y poco a poco, acceso a la rígida morada de Robustiano y Visitación, pero especialmente y sobre todo, la de doña Josefina Millares Hernando, que aportaba, según ella misma decía, “respetabilidad, honradez, honorabilidad y decencia a los ojos de los vecinos,” explicación a la que añadía siempre que la daba en presencia de su sufrida nuera: “porque otras no hacen gran cosa para que nos las merezcamos.”

-¿Cómo te llamai, oye? -fue la primera de las muchas preguntas que tuvo que responderle a Ana María el bueno de Segismundo. Con esa chiquilla se enfrentaba por primera vez  en solitario a un ser humano que no fuese de su familia.

Y de ahí en adelante, con la confianza plena de la abuela en la castidad del niño -a los cinco años hasta el más puto de los hombres ha sido casto- y con la plena confianza de doña Mary, madre de la niña, en su castidad -a los cinco años, hasta la más zorra entre las zorras ha sido casta- se inició una amistad de la que de esa castidad, aunque con matices, hablan a las claras algunas anécdotas a las que pese a todo, al niño no le marcaron en absoluto…

¡Pocas cosas marcan la vida de aquellos a quienes el destino no ha proporcionado muchas luces!

A Segismundo la abuela no le enseñó nunca a encender las luces de la inteligencia.

-¿Vos tenís rajita o tenís pico? -Le preguntó un día la dulce niña cuando conversaban de cualquier cosa en medio de un solar baldío anexo a la vivienda alquilada por los Salmerón en Viña del Mar.

Obviamente el pequeñuelo no tenía ni  pijotera idea de que la rajita y el pico no eran otra cosa que las humanas vergüenzas, es decir, el coño y la polla, cuya simple mención ocasionaba las iras de la abuela la que de sólo pensar que tales palabras habían sido pronunciadas por Segismundo, le daba cada golpe que le hacía ver estrellitas.

Pero como la pregunta la interpretó literalmente, su respuesta no fue del todo afortunada:

-Yo tengo una rajita, -le contestó, y antes de que la sorpresa de la chiquilla alcanzara a exteriorizarse, le enseñó un pequeño rasguño que se había hecho en la rodilla izquierda, producto de una caída en una de los tantos intentos de huida de las iracundas explosiones de furia de la abuela.

Anita María se rió de buena gana por lo que al principio pensó que era una broma, pero luego recordó lo que su padre le había dicho acerca de los peculiares vecinos:

“No me gusta m’hijita que se junte con esos gallos, porque son españoles y los españoles son muy lesos, puh”.

Es decir, que en opinión de la chiquilla, Segismundo no había entendido lo que eran ni la rajita ni el pico porque era un leso, es decir, un gilipollas.

Muy práctica la mozuela, se aprestó, con toda la inocencia e ingenuidad del mundo, a mostrarle a Segismundo su rajita, y  así, sin más, se levantó la falda y se bajó las braguitas.

Lo que quedó expuesto a sus ojos jamás lo había visto y como hasta ese instante lo único que conocía del entrepiernas, eran sus propios colgajos, siempre había pensado que eran comunes a todos los mortales.

-¡Co…! -exclamó Segismundo aterrorizado. ¡Te han cortado la colita!

Ana María volvió a reír, pero esta vez divirtiéndose del “leso” que tenía al frente y le corrigió…

-Las colitas las tienen los perritos.

En un intento de rectificación para que la dulce niña no se quedara en su error, Segismundo utilizó otras palabras para expresar lo mismo:

-¡Te han cortado la polla!

La chiquilina quedó algo contrariada porque no alcanzaba a entender qué tenían que ver un perro o un ave en todo aquello.

Pero estaba en su razón.

Ante la creciente confusión de su ibérico amiguete, Ana María le explicó que las chicas tenían rajita, que a Segis se le antojó como una tímida rayita en el lugar donde él tenía su pipí y sus bolitas, y que los chicos tenían el pico que era algo que ella nunca había visto.

-¿Me querís mostrar tu pico, cabrito? -le rogó mimosamente.

Sin embargo, ante la renuencia del chaval, terminó exigiéndoselo:

-¡O me mostrai tu pico o te acuso con mi mami!

Extraña amenaza, ciertamente.

Temeroso no tanto de la madre de Ana María, como de las manos poderosas de la Yaya, el peque se quitó sus pantalones cortos y sin bajarse del todo los calzoncillos, dejó ver a la sorprendida vecina sus nada despreciables intimidades que casi hacían juego con su nariz.

Pero, inesperadamente, la moza, en un posible arrebato de pudor, salió corriendo en veloz carrera hacia su hogar dando agudísimas voces…:

¡Mami, mami! ¡El coño me mostró su pico!

Debemos dejar claro que en Chile “coño” no es el sinónimo de la vagina sino un adjetivo con el que se denomina, dizque cariñosamente a los hijos del Cid Campeador, sin distingos de color, edad, raza, sexo, autonomía -para aquella época, región- o religión.

Fue tal el escándalo que se armó que se enteró todo el barrio y medio Viña, hasta el punto de que el Padre Estuardo, el párroco de la Iglesia de la Calle Quillota, la más popular de toda la ciudad, se personó en ambas casas buscando la reconciliación chileno-hispano-americana, misión en la que tuvo indudable éxito al comprender todos que sólo habían sido cosas de niños.

Pero la unanimidad en la comprensión en torno al asunto fue solamente en las formas, porque en el fondo, todo aquello no hacía sino confirmar los más oscuros presagios de la yaya, en el sentido de que sólo las catalanas practicaban la castidad como principio inalterable de vida. Sin ir más lejos, esa niña, de la que en tardía hora se enteró que era nativa de aquella tierra de salvajes, había demostrado ser un capullo de libertina.

Tras el buen hacer del clérigo y en honor a la convivencia y buena vecindad por él predicadas y aceptadas por Robustiano, Visitación,  Mary y el padre bombero de Ana María, las partes permitieron el reinicio de la inocente e ingenua amistad entre los niños, todo ello eso sí, y por decisión unilateral y secreta, bajo la supervisión de doña Josefina, quien desde ese momento se constituía como único miembro, fiscal y juez de una suerte de tribunal no declarado del Santo Oficio:

“He de salvaguardar la honra de mi niño” pensó la abuela con furiosa vehemencia, y con la firme determinación de llevarlo a la práctica.

Y con la renovada confianza de sus progenitores, los niños volvieron a reunirse en el mismo solar baldío.

Durante los primeros días, las ingenuas conversaciones, adornadas con las cantarinas risas de la más genuina inocencia, versaban sobre arañitas, mosquitas, perritos, florecitas. En los días siguientes siguieron divirtiéndose con la narración de algunos cuentos infantiles, que si “Pulgarcito”, que si “El gato con botas”, que si “Pinocho”, que si “La caperucita roja”… que si “La Cenicienta”, que si “Blancanieves y los siete enanitos”. En fin. La cuestión es que con ese último cuento bajo la mira, demostró Ana María no ser del todo consciente del revuelo causado con lo ocurrido en su anterior encuentro, porque hablando de los personajes de aquel precioso cuento, le asaltó una duda que quiso zanjar con una pregunta:

-¿Vos creís que la Blancanieves cuando se iba a la cama les mostraba el poto a los enanos?

Segismundo, pudoroso amén de temeroso del castigo divino que utilizaba como instrumento el brazo implacablemente ejecutor de la abuela, enrojeció y bajó la vista. Sabía porque lo había oído en la calle, que en Chile llamaban poto al culo.

No le respondió, recordando la reciente tormenta vecinal.

En vista del silencio y con el dicho aquel de que el que calla otorga muy asimilado, Ana María, tal vez considerando a su coleguilla como a uno de los siete enanitos, se bajó las braguitas, se puso de espaldas y le enseñó su albo y pecoso culete.

Segismundo estuvo a punto de echarse a llorar, más aún cuando la preciosa chavalilla comenzó a insistirle que le dejara ver sus nalgas.

-¡No seai malo, cabrito! Yo te mostré mi poto, puh. Déjame ver el tuyo.

De nada le valieron al niño ni su temor ni su pudor, porque ambos sucumbieron al poco ante la insistencia de la niña, tal como muchos siglos atrás había cedido Adán con la manzana prohibida que le ofreció Eva a instancias de un Lucifer reconvertido en serpiente.

Antes, eso sí, quiso asegurarse de que nadie se enteraría de aquello que consideraba una terrible falta.

¿Una terrible falta? ¡Qué va! ¡Un pecado mortal!

-¿Me juras que no le dirás a tu madre que te he enseñado el culete?

-¡Te lo juro! -aseguró ella.

-¿Pero me lo juras de verdad?, -se quiso proteger el niño antes de caer en la indignidad.

-¡Cruz p’al cielo! -le respondió ella, besando los dedos pulgar e índice de la mano derecha cruzados.

Segismundo se dio la vuelta, se bajó los pantalones y a la vista quedó su también blanco nalgatorio.

Un solo alarido bastó para alertar a la vecindad de que algo había truncado la buena marcha del destino.

Ana María salió más que corriendo volando, en pos del lar protector al grito de:

-¡El coño tiene el poto sucio! ¡El coño tiene el poto sucio!

Ese otro escándalo, de mayores proporciones que el primero, tuvo que ser nuevamente apaciguado  por el padre Estuardo, quien puso un término de tres meses para que los peques aprendieran la lección y pudieran volver a jugar como niños, que lo eran.

Al menos eso parecía

Después de lo acontecido con la vecinita, la infancia de Segismundo siguió transcurriendo, aunque de forma mucho más radical, entre dos bandos bien definidos por su buena abuela, Josefina. Por una parte el de las mujeres puras y por el otro el de las mujeres putas.

La lista de las primeras era harto poco generosa y en ella figuraban aparte de la interesada y una prima segunda por parte de madre que había fallecido a los nueve años, la Gertrudis, una mujer impresionantemente buena. Esa santa, en opinión, lógicamente de la yaya que para algunas explicaciones, pese a su materialismo marxista, se ponía muy mística, “vivió toda su vida sola con tres cerdos para evitar que algún tío asqueroso pudiera acercarse a ella y la tentara con el pecado del origen”. Y junto a esas tres mujeres, ya generalizando, entre las más puras estaban por lo que ya hemos anotado con anterioridad, todas las catalanas, que al decir de la abuela, eran además, “fieles, virtuosas, trabajadoras y feas,” adjetivo este último, que solía acentuar como si fuese el más importante para llevarlas a los enorgullecedores listados de las heroínas de la revolución, o en su defecto, a los altares.

En la lista del otro bando, estaban todos los demás engendros con forma de mujer del mundo. La abanderada por derecho propio era, desde luego, Visitación, la madre de Segismundo.

¡Eso sí! Las mujeres hermosas, eran entre todas, lo peor de lo peor,- incluso peores que las prostitutas-, amén de embajadoras del mismísimo Lucifer.

Fue por aquella época, una vez que Visitación fue paulatinamente apartada por la abuela de toda actividad en la crianza de Segismundo para evitar que le contaminase con su mal, cuando las tradicionales oraciones que recitaba el niño antes de irse a la cama a instancias de la madre, como el avemaría o el padrenuestro, fueron reemplazadas por unas inventadas curiosamente, por la comunistísima doña Josefina.

Así, el pequeño Segismundo, después de hacerse la señal de la cruz, oraba:

“Señor Dios, señor hijo, señor Espíritu Santo. Ilumina mi vida para que no se cruce en mi camino otra niña mala como Ana María ni otra mujer mala como mi madre ni como muchas otras que nos ha enviado el Angel Caído, para tentarnos en el pecado. Bendíceme cuando sea grande con una catalana honesta y hacendosa que no sea guapa, pero sí virtuosa y que me dé muchos hijos y que cuide de mi buena abuelita cuando sea viejecita. Amén.”

¡Ah! Por supuesto que la amistad con la dulce Anita María jamás volvió a reanudarse.

Capítulo V

La entrada al colegio de Segismundo no hubiese sido diferente a la entrada al colegio de cualquier otro niño, como no fuera porque lo hizo en un país al que recién estaba comenzando a conocer y al que al mismo tiempo estaba aprendiendo a no apreciar gracias a la aversión hacia los indios que le había inculcado su abuela. Para ella todos los chilenos, pese a las evidencias en contra, eran indios. A lo expuesto, habría que añadir el hecho de que su estreno escolar fue en una institución religiosa privada y por ende bastante costosa.
Aquel plantel estaba destinado a hijos de señores que fueron señoritos y que criaban y procreaban junto a sus damas que fueron damiselas, a señoritos para que fueran señores. Además, aquel no era como los de hoy, un colegio mixto porque, aunque quizás no sea del todo necesario recordarlo, en aquellos años, a mediados de los cincuenta, era impensable la promiscuidad escolar, por lo que obviamente el plantel solamente aceptaba a los citados, es decir a los hijos, no hijas, de los señores y las damas, que para las damitas, futuras señoras creyentes y de bien, habían otros centros igualmente exclusivos, en los cuales también el solo pensamiento de la alternancia colegial entre entes de diferentes sexos, era poco menos que una incitación al escandaloso pecado de la carne.
Su inicio en las aulas, fue un cambio brutal para el pequeño, que ya soportaba en su ambiente familiar una situación también brutal derivada de la crisis existente entre su abuela y su madre.
Comenzaba a ir al cole para aprender algo que en el futuro le pudiera ser de utilidad para llegar a ser un gran profesional. Ese fue el mensaje que le dio su madre en uno de los pocos instantes de intimidad que les permitía doña Josefina.
Ser bombero o policía era el sueño del chico.
El pobre chaval, agobiado por el peso de un gran cargamento de traumas, condicionamientos, exigencias, prohibiciones y un largo listado de elementos que le limitaban su vida, llegó a su primer día de clases convencido por la abuela de que penetraba a un entorno de adversarios potenciales de España, como lo eran los indios, en un edificio regentado por los enemigos de los pobres, de los trabajadores y de los republicanos, como lo eran los curas y las monjas.
Así las cosas, en los minutos iniciales del primer día de escuela de su vida, sin haber tenido tiempo de experimentar el rechazo de nadie porque mientras estuviese con la boca cerrada, lo mismo que la yaya y  Robustiano que le acompañaron, sus carencias de urbanidad no se notaban, la primera sorpresa del niño, fue no ver a ningún indio dentro del enorme recinto.
La mayoría de los niños eran como tiernos querubines rubitos, los más de ojos azules, los menos pardos, con sus pelos cortos y bien peinados y todos sin excepción abrillantados con una especie de aceite, y eso sí, muy pulidos y fragantes.
Segismundo permanecía a la defensiva, cubierta su retaguardia por doña Josefina.
De repente, la tormenta.
-¡Ay, mi niño! ¡Mi pobre niño que se queda solitico sin su abuela que le quiere más que a nadien’er mundo! -Con estas exclamaciones agudas y lastimeras que reproduciremos literalmente para tener una clara idea de la impresión que causaron en los demás, quedaron en evidencia para la posteridad, no solamente las carencias en educación de la abuela, sino, por proyección, las del propio nieto, aunque no así las del padre quien abochornado y con un color carmesí que espontáneamente había intentado camuflarle el rostro, se desmarcó de su progenitora.
-¡No me dejes solo, yaya! -Bramó suplicante Segismundo.
La soledad ante un mundo desconocido, se hacía manifiesta para el pequeño.
-¡Ay mi niño! ¡Mi pobre niño! Solito t’has de quedá pa’que aprendas muchas cosas y de grande puedas ser doltó y no un isnorante como tu abuela que no tuvo educasión. -Le explicó la abuela a gritos, para luego agregar en tono solemne: – ¡T’has de quedá aquí pa’que puedas sacá provecho de la vida, mi arma!
Los casi mil alumnos del colegio, los sesenta curas, monjas y profesores, la cincuentena larga de padres que aún no se habían marchado y los incontables gorriones que hayábanse encaramados sobre las ramas de los álamos que poblaban, esqueleteados por el otoño,  los tres patios del colegio, guardaron un silencio sepulcral que distaba mucho, no obstante,  de ser respetuoso.
Una sorda sensación de que las mejores tradiciones sociales de la institución estaban siendo mancilladas por primera vez en sus ciento cincuenta años de historia, comenzó a prender como una negra nube tormentosa portadora de malos presagios, en las fibras mismas del ser colectivo. La compostura a la que por su propia educación estaban acostumbrados los testigos a guardar ante la adversidad, logró, sin embargo, imponerse y el silencio prevaleció.
Al menos al principio.
Sí, prevaleció. Pero vituperado por la ignominiosa perorata de aquella mujer:
-¡Pero no llore prenda mía! -El chaval aún no había derramado lágrima alguna. -No llore que l’abuela va’stá contigo aquí nel corasón. -Le apretó el pecho con su dedo índice.
Fue entonces, con la evidencia clara como el mismo sol de que allí se habían hecho añicos muchos lustros de santa tradición, cuando la buena mujer se percató de la infinidad de miradas que la atravesaban cual puñales de odio desde todos los ángulos.
Quiso entonces darles a aquellos  ignorantes,  una lección de cristianismo, un escarmiento, vamos, como solamente un infiel convencido podía hacerlo.
-Pa despedinos, prenda mía, vamo a resá l’orasión que resamo cada mañana, cada tarde y cada noche.
Y como el niño jamás había rezado absolutamente nada con la abuela, aparte de aquella letanía en que pedía protección para ella, sino y muy por el contrario, estaba adoctrinado por la que ahora quería aparecer a los ojos escrutadores de lo más granado del cristianismo católico chileno como una pía dama de Dios, en el sentido de que todo lo religioso eran puras pamplinas para sacar dinero a los ignorantes, se quedó lelo mirando a la madre de su padre.
-¡Con Dios me acuesto! -Alzó teatralmente doña Josefina  la voz. -¡Con Dios me levanto! -Levantó los brazos formando una “V” hacia el cielo. -¡Con la Virgen María! -Su entonación se hizo solemne al mencionar a la Madre de Jesucristo y bajó notoriamente el tono para culminar: -¡Y el Espíritu Santo!
En aquel instante y en voz muy baja alguien, cualquiera de los mil asistentes a lo que parecía ser la mismísima caída del Imperio Romano comentó:
-Esta vieja lesa debe tener tremenda cama, para acostarse con esa mansa cantidad de gente, puh.
Una brisa fresca, propia del otoño, pretendió barrer el tapiz de hojas secas que alfombraba cada uno de los tres patios, tal vez en un vano intento por evitarles en su postrera agonía compartir como testigos, junto a aquel azorado y sorprendido público, tan inusual y repugnante violación de los principios y valores del urbanismo y de la educación. Los gorriones levantaron el vuelo como atendiendo a una orden misteriosa y las gruesas columnas de cemento que sostenían los pasadizos de la segunda planta de la antigua edificación que se erigía como una fortaleza para resguardar los patios, se mantuvieron firmes e indiferentes cual guerreros ante su heroico comandante, intentando defender el orgullo que estaba a punto de resquebrajarse.
En medio de aquel silencio acusador que se mantenía por decencia y sentido de clase, esa afirmación, dicha en forma de susurro, había sonado como un trueno. Aquello fue como si el mundo de la discreción explotara por los cuatro costados. No hubo risas, ni tampoco murmullos. El silencio se impuso sobre el silencio. Se produjo durante unos instantes una angustiosa sensación de espera.
Pero parece ser que doña Josefina, intentando impresionar a su nieto y a los demás mortales, no se percató del comentario ni de la embarazosa situación creada -posiblemente fue la única-, y concluyó su oración con un agudo.
-¡Amén, Jesús!
Dio un par de besos a Segismundo, se aproximó a su hijo y cada cual con diferentes estados de ánimo, fuéronse dejando al niño solo ante la adversidad.
-¡Cada niño que forme filas frente a su clase! -Ordenó repentinamente un cura gordo, alto, rojo como un camarón que vestía la única sotana blanca que destacaba sobre las de los demás religiosos que las llevaban negras.
La voz sonó chillona, afeminada y al mismo tiempo amenazante. A Segismundo, que creyó adivinar que aquel ser era un piel roja, o sea un indígena, se le aflojaron las piernas y pensó en su yaya.
Los ojos se le humedecieron y el terror le dejó estupefacto mientras que una sensación de profunda soledad ante el peligro que le acechaba, le impidió seguir pensando. Dejarse arrastrar por la situación podría quizás, ser lo más sensato, incluso en opinión de un chaval atolondrado por la vida y las circunstancias.
A la orden del cura y tras una fracción de tiempo prestada al titubeo, los jóvenes estudiantes formaron tal algarabía, que ya a Segismundo que había escuchado ese griterío salvaje en los ataques indígenas a los fuertes de madera de los buenos en las películas del viejo oeste, no le cupo la menor duda de que aquellos entes vociferantes e incontrolables, no eran sino apaches caníbales, disfrazados de buenos para engañarle a él y a su abuela.
-¡¡¡Yaya!!! -aulló aterrorizado, mientras huida la poca razón que le acompañaba y abandonado por las fuerzas corporales, se le aflojaron los esfínteres.
Dicho en otras palabras, se cagó de miedo.
Ese poco airoso inicio del año escolar, le significó que, pese a la inequívoca intención de profesores y religiosos por evitarlo, cada mañana Segismundo fuese recibido por unas cuantas decenas de chavales de cursos superiores al grito de:
-¡Coño, cagón! ¡Cara de jetón!
Sin embargo, ese no fue el principal problema a resolver en lo inmediato. Lo primordial fue convencer al niño de que aquel conglomerado humano no era ni una horda de salvajes infiltrados, ni mucho menos caníbales, aunque a la hora del patio se comían sus bocadillos con una voracidad tal que parecían no haber ingerido alimento en varias semanas. Segismundo,  aunque era flaco como una cerbatana, llegó a temer por el apetito que pudiera despertar su generosa cartilaginosidad nasal.
Las labores de normalización y adaptación del jovencillo al nuevo medio, correspondieron a un maduro sacerdote francés, el padre Nitisan, hombre bajo, delgado y bonachón y que a pesar de tener, como buen galo, serios prejuicios contra todos los nativos ibéricos, se esforzó en practicar toda la generosidad, caridad y cariño que competían a su muy asumida función de representante de Cristo en la Tierra.
-Ah, mon petit Segismound -solía iniciar sus conversaciones el reverendo padre. -Aquí todo el mundo te quiere porque somos cristianos…
“Y una mierda”, bloqueaba Segismundo en pensamientos la diaria perorata del religioso al que de tanto ver, con el tiempo comenzó a cogerle cariño, amén que era el único ser en el colegio que le demostraba algo que no fuera, por lo mejor, indiferencia.
-…pero debes comprender que como eres diferente…
“A lo mejor, -pensaba el niño día a día a esta altura del monólogo- los demás tendrán una rajita como la de Ana María en lugar de una pilila como yo.”
Segismundo siempre intentaba encontrar el hecho diferencial en el aspecto íntimo, porque en lo físico, en las formas, no lo había, menos desde que su padre decidió igualar el brillo del pelo de su criatura con el de los demás niños pijos. Para ello le echaba todas las mañanas medio frasco de un producto que se llamaba Brillantina Glostora y que olía a lavanda frita en aceite ahumado.
-…a los demás nos cuesta un poquito adaptarnos a ti -proseguía el buen cura ajeno a los pensamientos del niño, -por lo que tú debes intentar adaptarte a nosotros.
Muy poco se esforzó Segismundo en el futuro, por lograr esa adaptación.
Ni con ellos ni con nadie.
Por el resto de su vida.

La entrada al colegio de Segismundo no hubiese sido diferente a la entrada al colegio de cualquier otro niño, como no fuera porque lo hizo en un país al que recién estaba comenzando a conocer y al que al mismo tiempo estaba aprendiendo a no apreciar gracias a la aversión hacia los indios que le había inculcado su abuela. Para ella todos los chilenos, pese a las evidencias en contra, eran indios. A lo expuesto, habría que añadir el hecho de que su estreno escolar fue en una institución religiosa privada y por ende bastante costosa.

Aquel plantel estaba destinado a hijos de señores que fueron señoritos y que criaban y procreaban junto a sus damas que fueron damiselas, a señoritos para que fueran señores. Además, aquel no era como los de hoy, un colegio mixto porque, aunque quizás no sea del todo necesario recordarlo, en aquellos años, a mediados de los cincuenta, era impensable la promiscuidad escolar, por lo que obviamente el plantel solamente aceptaba a los citados, es decir a los hijos, no hijas, de los señores y las damas, que para las damitas, futuras señoras creyentes y de bien, habían otros centros igualmente exclusivos, en los cuales también el solo pensamiento de la alternancia colegial entre entes de diferentes sexos, era poco menos que una incitación al escandaloso pecado de la carne.

Su inicio en las aulas, fue un cambio brutal para el pequeño, que ya soportaba en su ambiente familiar una situación también brutal derivada de la crisis existente entre su abuela y su madre.

Comenzaba a ir al cole para aprender algo que en el futuro le pudiera ser de utilidad para llegar a ser un gran profesional. Ese fue el mensaje que le dio su madre en uno de los pocos instantes de intimidad que les permitía doña Josefina.

Ser bombero o policía era el sueño del chico.

El pobre chaval, agobiado por el peso de un gran cargamento de traumas, condicionamientos, exigencias, prohibiciones y un largo listado de elementos que le limitaban su vida, llegó a su primer día de clases convencido por la abuela de que penetraba a un entorno de adversarios potenciales de España, como lo eran los indios, en un edificio regentado por los enemigos de los pobres, de los trabajadores y de los republicanos, como lo eran los curas y las monjas.

Así las cosas, en los minutos iniciales del primer día de escuela de su vida, sin haber tenido tiempo de experimentar el rechazo de nadie porque mientras estuviese con la boca cerrada, lo mismo que la yaya y  Robustiano que le acompañaron, sus carencias de urbanidad no se notaban, la primera sorpresa del niño, fue no ver a ningún indio dentro del enorme recinto.

La mayoría de los niños eran como tiernos querubines rubitos, los más de ojos azules, los menos pardos, con sus pelos cortos y bien peinados y todos sin excepción abrillantados con una especie de aceite, y eso sí, muy pulidos y fragantes.

Segismundo permanecía a la defensiva, cubierta su retaguardia por doña Josefina.

De repente, la tormenta.

-¡Ay, mi niño! ¡Mi pobre niño que se queda solitico sin su abuela que le quiere más que a nadien’er mundo! -Con estas exclamaciones agudas y lastimeras que reproduciremos literalmente para tener una clara idea de la impresión que causaron en los demás, quedaron en evidencia para la posteridad, no solamente las carencias en educación de la abuela, sino, por proyección, las del propio nieto, aunque no así las del padre quien abochornado y con un color carmesí que espontáneamente había intentado camuflarle el rostro, se desmarcó de su progenitora.

-¡No me dejes solo, yaya! -Bramó suplicante Segismundo.

La soledad ante un mundo desconocido, se hacía manifiesta para el pequeño.

-¡Ay mi niño! ¡Mi pobre niño! Solito t’has de quedá pa’que aprendas muchas cosas y de grande puedas ser doltó y no un isnorante como tu abuela que no tuvo educasión. -Le explicó la abuela a gritos, para luego agregar en tono solemne: – ¡T’has de quedá aquí pa’que puedas sacá provecho de la vida, mi arma!

Los casi mil alumnos del colegio, los sesenta curas, monjas y profesores, la cincuentena larga de padres que aún no se habían marchado y los incontables gorriones que hayábanse encaramados sobre las ramas de los álamos que poblaban, esqueleteados por el otoño,  los tres patios del colegio, guardaron un silencio sepulcral que distaba mucho, no obstante,  de ser respetuoso.

Una sorda sensación de que las mejores tradiciones sociales de la institución estaban siendo mancilladas por primera vez en sus ciento cincuenta años de historia, comenzó a prender como una negra nube tormentosa portadora de malos presagios, en las fibras mismas del ser colectivo. La compostura a la que por su propia educación estaban acostumbrados los testigos a guardar ante la adversidad, logró, sin embargo, imponerse y el silencio prevaleció.

Al menos al principio.

Sí, prevaleció. Pero vituperado por la ignominiosa perorata de aquella mujer:

-¡Pero no llore prenda mía! -El chaval aún no había derramado lágrima alguna. -No llore que l’abuela va’stá contigo aquí nel corasón. -Le apretó el pecho con su dedo índice.

Fue entonces, con la evidencia clara como el mismo sol de que allí se habían hecho añicos muchos lustros de santa tradición, cuando la buena mujer se percató de la infinidad de miradas que la atravesaban cual puñales de odio desde todos los ángulos.

Quiso entonces darles a aquellos  ignorantes,  una lección de cristianismo, un escarmiento, vamos, como solamente un infiel convencido podía hacerlo.

-Pa despedinos, prenda mía, vamo a resá l’orasión que resamo cada mañana, cada tarde y cada noche.

Y como el niño jamás había rezado absolutamente nada con la abuela, aparte de aquella letanía en que pedía protección para ella, sino y muy por el contrario, estaba adoctrinado por la que ahora quería aparecer a los ojos escrutadores de lo más granado del cristianismo católico chileno como una pía dama de Dios, en el sentido de que todo lo religioso eran puras pamplinas para sacar dinero a los ignorantes, se quedó lelo mirando a la madre de su padre.

-¡Con Dios me acuesto! -Alzó teatralmente doña Josefina  la voz. -¡Con Dios me levanto! -Levantó los brazos formando una “V” hacia el cielo. -¡Con la Virgen María! -Su entonación se hizo solemne al mencionar a la Madre de Jesucristo y bajó notoriamente el tono para culminar: -¡Y el Espíritu Santo!

En aquel instante y en voz muy baja alguien, cualquiera de los mil asistentes a lo que parecía ser la mismísima caída del Imperio Romano comentó:

-Esta vieja lesa debe tener tremenda cama, para acostarse con esa mansa cantidad de gente, puh.

Una brisa fresca, propia del otoño, pretendió barrer el tapiz de hojas secas que alfombraba cada uno de los tres patios, tal vez en un vano intento por evitarles en su postrera agonía compartir como testigos, junto a aquel azorado y sorprendido público, tan inusual y repugnante violación de los principios y valores del urbanismo y de la educación. Los gorriones levantaron el vuelo como atendiendo a una orden misteriosa y las gruesas columnas de cemento que sostenían los pasadizos de la segunda planta de la antigua edificación que se erigía como una fortaleza para resguardar los patios, se mantuvieron firmes e indiferentes cual guerreros ante su heroico comandante, intentando defender el orgullo que estaba a punto de resquebrajarse.

En medio de aquel silencio acusador que se mantenía por decencia y sentido de clase, esa afirmación, dicha en forma de susurro, había sonado como un trueno. Aquello fue como si el mundo de la discreción explotara por los cuatro costados. No hubo risas, ni tampoco murmullos. El silencio se impuso sobre el silencio. Se produjo durante unos instantes una angustiosa sensación de espera.

Pero parece ser que doña Josefina, intentando impresionar a su nieto y a los demás mortales, no se percató del comentario ni de la embarazosa situación creada -posiblemente fue la única-, y concluyó su oración con un agudo.

-¡Amén, Jesús!

Dio un par de besos a Segismundo, se aproximó a su hijo y cada cual con diferentes estados de ánimo, fuéronse dejando al niño solo ante la adversidad.

-¡Cada niño que forme filas frente a su clase! -Ordenó repentinamente un cura gordo, alto, rojo como un camarón que vestía la única sotana blanca que destacaba sobre las de los demás religiosos que las llevaban negras.

La voz sonó chillona, afeminada y al mismo tiempo amenazante. A Segismundo, que creyó adivinar que aquel ser era un piel roja, o sea un indígena, se le aflojaron las piernas y pensó en su yaya.

Los ojos se le humedecieron y el terror le dejó estupefacto mientras que una sensación de profunda soledad ante el peligro que le acechaba, le impidió seguir pensando. Dejarse arrastrar por la situación podría quizás, ser lo más sensato, incluso en opinión de un chaval atolondrado por la vida y las circunstancias.

A la orden del cura y tras una fracción de tiempo prestada al titubeo, los jóvenes estudiantes formaron tal algarabía, que ya a Segismundo que había escuchado ese griterío salvaje en los ataques indígenas a los fuertes de madera de los buenos en las películas del viejo oeste, no le cupo la menor duda de que aquellos entes vociferantes e incontrolables, no eran sino apaches caníbales, disfrazados de buenos para engañarle a él y a su abuela.

-¡¡¡Yaya!!! -aulló aterrorizado, mientras huida la poca razón que le acompañaba y abandonado por las fuerzas corporales, se le aflojaron los esfínteres.

Dicho en otras palabras, se cagó de miedo.

Ese poco airoso inicio del año escolar, le significó que, pese a la inequívoca intención de profesores y religiosos por evitarlo, cada mañana Segismundo fuese recibido por unas cuantas decenas de chavales de cursos superiores al grito de:

-¡Coño, cagón! ¡Cara de jetón!

Sin embargo, ese no fue el principal problema a resolver en lo inmediato. Lo primordial fue convencer al niño de que aquel conglomerado humano no era ni una horda de salvajes infiltrados, ni mucho menos caníbales, aunque a la hora del patio se comían sus bocadillos con una voracidad tal que parecían no haber ingerido alimento en varias semanas. Segismundo,  aunque era flaco como una cerbatana, llegó a temer por el apetito que pudiera despertar su generosa cartilaginosidad nasal.

Las labores de normalización y adaptación del jovencillo al nuevo medio, correspondieron a un maduro sacerdote francés, el padre Nitisan, hombre bajo, delgado y bonachón y que a pesar de tener, como buen galo, serios prejuicios contra todos los nativos ibéricos, se esforzó en practicar toda la generosidad, caridad y cariño que competían a su muy asumida función de representante de Cristo en la Tierra.

-Ah, mon petit Segismound -solía iniciar sus conversaciones el reverendo padre. -Aquí todo el mundo te quiere porque somos cristianos…

“Y una mierda”, bloqueaba Segismundo en pensamientos la diaria perorata del religioso al que de tanto ver, con el tiempo comenzó a cogerle cariño, amén que era el único ser en el colegio que le demostraba algo que no fuera, por lo mejor, indiferencia.

-…pero debes comprender que como eres diferente…

“A lo mejor, -pensaba el niño día a día a esta altura del monólogo- los demás tendrán una rajita como la de Ana María en lugar de una pilila como yo.”

Segismundo siempre intentaba encontrar el hecho diferencial en el aspecto íntimo, porque en lo físico, en las formas, no lo había, menos desde que su padre decidió igualar el brillo del pelo de su criatura con el de los demás niños pijos. Para ello le echaba todas las mañanas medio frasco de un producto que se llamaba Brillantina Glostora y que olía a lavanda frita en aceite ahumado.

-…a los demás nos cuesta un poquito adaptarnos a ti -proseguía el buen cura ajeno a los pensamientos del niño, -por lo que tú debes intentar adaptarte a nosotros.

Muy poco se esforzó Segismundo en el futuro, por lograr esa adaptación.

Ni con ellos ni con nadie.

Por el resto de su vida.

Capítulo VI

1
Era tan sofocante el calor en aquella tarde de primavera menguante, que los acontecimientos del entorno se infiltraban en Segismundo en forma de brumas cálidas y de sopor vaporizado, produciendole la sensación de que lo que sucedía a su alrededor no era sino parte de un lejano y absurdo recuerdo.
Recostada su infantil cabeza sobre su viejo pupitre, repartía su mirada a intervalos iguales entre la única ventana de la clase, la pequeña figura de la Virgen de Lo Vásquez y las moscas que oscurecían el techo.
A través de la ventana podía observar las estáticas hojas nuevas, verdes y brillantes de un árbol, apabullado por el sol detestablemente ardiente y al que ni un asomo de brisa se dignaba a acariciar.
La Virgen de Lo Vásquez que quizás cuánto tiempo atrás había moldeado en yeso junto a otras tantas copias una simple máquina hacedora de sacras estatuillas, permanecía rígida, inconsciente sin el menor asomo de dudas, acerca de su magnánima importancia como Patrona de Viña del Mar y como una de las miles de madres de Cristo. Estaba la virginal representación de pie con los brazos  entreabiertos y sus manos en posición dadivosa sobre una esquina, la más cercana a la ventana, de la mesa de la monja profesora.
Doña Regla la pitonisa que predijo el futuro de Segismundo al nacer, nunca mencionó a la Virgen de Lo Vázquez durante sus encendidas defensas de la Virgen de la Regla como la única verdadera. La pobre señora al momento de exhalar su último suspiro, lo habrá hecho ignorando absolutamente su existencia
Las muchas, muchísimas moscas que salpicaban el cielo raso de la habitación atrayendo la desinteresada atención del chico, emitían un zumbido semejante a un monótono murmullo, que en Segismundo y tal vez en algún que otro chico ejercía un poderoso efecto hipnótico.
De pronto la monotonía se rompió:
“¡El presidente de Chile es el General don Carlos Ibáñez del Campo!”, comenzaron a recitar sus compañeros de clase, provocando un sonido que como el zumbido de las moscas le pareció a Segismundo tan ajeno como lejano, aunque en realidad fuera estruendoso. Los chavales, algo pelotillas la mayoría, querían demostrar a la religiosa, gritando cada cual más que el otro, hasta donde llegaban sus conocimientos de Historia de Chile, que englobaba también la Educación Cívica.
Pocos instantes después, todos ellos, menos lógicamente el pequeño Segis que permanecía perdido en el encantamiento, se pusieron de pie, alborotando al menos a la mitad de las moscas para ponerse a cantar con indisimulado orgullo:
“Puro Chile es tu cielo azulado,
Puras brisas te cruzan también…”.
Era el himno nacional.
En ese momento, la figura del Caudillo emergió en la mente del niño.
En la mente de un niño pueden ocurrir las cosas más inverosímiles. Producirse las proyecciones más inesperadas, las deduccciones más increíbles, las relaciones más geniales.
Y Segismundo, predecible y poco genial como pocos, era a fin de cuentas un niño, es decir un ser en ocasiones sorpresivo.
Si en Chile tenían un general de presidente, dedujo, más que por labor propia por lo escuchado a sus padres y a su abuela, en su tierra tenían un generalísimo, que era mucho más que un general. Además, al general chileno lo había elegido la gente a través de lo que llamaban elecciones, es decir a través de papelitos depositados en una caja según había oído comentar a la yaya desdeñosamente, y al generalísimo lo había escogido el mismísimo Dios en persona, según le había confiado su madre a espaldas, claro está, de la yaya.
Y en forma paralela al recuerdo de Franco, un hombre a quien en realidad debería odiar como consecuencia lógica del odio que por él sentía la abuela, o al menos serle indiferente como contraposición a la admiración que le profesaba la madre, de la garganta de Segismundo brotó un enfervorecido cántico:
“¡Viva España,
alzad los brazos hijos del pueblo español
que vuelve a resurgir…”
El resto de chavales, sorprendidos ante tan inoportuna interrupción, callaron y todos, sin excepción, y al parecer también la virgen y las moscas, le miraron acusadoramente. Entonces se vio obligado a guardar silencio y a volver a reposar su infantil cabeza en el viejo pupitre, una cabeza que había alzado con orgullo e indisimulable fervor patriótico al entonar la primera estrofa de aquel himno de España que para entonces aún tenía letra.
Ante tan desafortunada e irrespetuosa intervención, uno de los niños, el más listo de la clase explicó con lástima:
-Es que el pobre es español, -como si en realidad hubiese aclarado que tenía piojos, y no era consciente del mal que le aquejaba.
Pese a sus cinco años, el buenazo de Segismundo se sintió ofendido y decidió atacar con los datos que tenía a mano, que no eran otros que los aportados con rencor por la abuela y con admiración por la madre.
¡No era un pobre español!
Era el súbdito de un reino sin rey, pero con un Caudillo que era más que un general y que en su haber contaba con innumerables hazañas, todas ellas insuperables.
-¡Vuestro presidente solamente ha matado en su vida a cincuenta personas! -Con esta afirmación el niño les recordaba a aquellos ignorantes que el general Ibáñez, antes de su incursión democrática había encabezado una dictadura militar en 1928 y que la historia hablaba, entre otras cosas, de aquellos asesinatos cometidos durante su régimen de facto.
-¡El generalísimo -prosiguió Segismundo con la solemnidad propia de un adulto adscrito a la Falange, -se cargó a un millón de rojos!
Sus menudos interlocutores se quedaron desconcertados. No entendían nada de nada.
Notándolo el pequeño Segismundo que parecía un acalorado y maduro líder del Movimiento, ratificó:
-¡Mató a un millón de rojos!
Los chiquillos, no obstante, siguieron estando en la luna. El término rojos superaba su entendimiento.
Se produjo un silencio tal, que ni siquiera se percibía el zumbido de las moscas.
-Los rojos son los comunistas, -les aclaró la monja profesora intentando disimular la emoción y la sorpresiva simpatía que comenzaba a inspirarle el pequeñajo.
Tras otro lapso de silencio, el suficiente como para digerir la explicación de la madre, la alegre chiquillería del colegio privado, aplaudió con entusiasmo y frenesí y algunos, no pocos ciertamente, proclamaron su adhesión con vítores al Caudillo.
Pero la batalla dialéctica recién comenzaba, y era el momento de que otro mozalbete, un mocoso pelirrojo, pecoso y con gruesas gafas, recordara alguna más de las hazañas de Ibáñez.
Era un pequeño enfrentamiento verbal en cuyos resultados se iba simplemente una cuestión de orgullo
-El general metió a doscientos maricones -la palabra disonante, causó cierto estupor entre la maestra y algunos pequeños con formación católica muy conservadora y risas calladas en el resto de los niños- en un barco y lo mandó a hundir.
Otro lapso de silencio y otro unánime aplauso de la chiquillería.
Hubo uno, el cotilla de la clase, que en un arranque de profundo patriotismo, comenzó a cantar como muestra de respeto y admiración hacia su presidente, el Himno de la Batalla de Yungay…:
”Cantemos la gloria del triunfo marcial,
que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”.
Nadie, no obstante lo coreó, tal vez a la espera de saber si Franco había tenido tantas agallas en su lucha contra los homosexuales como las había tenido el primer mandatario chileno.
No obstante, Anito Flores, el beato, recordó con mucha, muchísima tristeza:
-Pero Dios castigó al general Don Carlos Ibáñez del Campo y le mandó un hijo mariquita.
Estupor y silencio. Murmullos que escondían el espanto.
Hasta las moscas volvieron a callar.
Y la incipiente y ya para entonces disparatada lógica de Segis, se asoció con las constantes aseveraciones de la abuela y lanzó la más magistral idiotez de su vida infantil.
-El Caudillo -lo dijo en un tono de orgullosa soberbia, -no mata maricones, a los que no solamente admira sino que quiere y respeta porque los curas son maricones y él es muy católico.
Un golpe sacudió de repente su cabeza y  en el mismo momento se vio enfrentado a los ojos enfurecidos de la religiosa, sin que por ello le pasara inadvertido el bullicioso trepidar de sus compañeros corriendo fuera del aula, como si el mismísimo Satanás, rotas las cadenas que le mantenían cautivo en el averno, se hubiese apoderado de ella.
No había sido buena idea decir lo que dijo en un colegio católico, ni menos en 1954. Afortunadamente aquel había sido su primer desliz, por lo que no lo expulsaron y la abuela, a la que solamente se le había informado acerca del exabrupto de los curas mariquitas, pero no sobre la sentida defensa de Franco, le había llenado, en la  intimidad de la casa, de elogios, caricias y besos. Desde luego que de haber sabido la historia completa, la faz izquierda de Segismundo hubiese sido la receptora de sus besos, y la derecha, de sus golpes.
Así era ella.
2
Como ya ha quedado claramente establecido, no era precisamente la diplomacia la que se desarrollaba en la conducta de Segismundo. Aquel desaguisado producido por su afirmación acerca de los curas gays, en un colegio religioso, no fue muy bien aceptado ni posteriormente olvidado con facilidad. A sus compañeros les costó un mundo dejar de recelar de él y los curas, con la fe puesta en su célibe virilidad, simplemente y sin disimulo alguno, le aborrecieron durante mucho tiempo.
Con los antecedentes expuestos, sus profesores y profesoras, especialmente los que dedicaban su vida a Dios y a la docencia, se la tenían jurada.
Así, un día, sabiendo lo mal que se le daban al chiquillo las letras y lo nervioso que le ponía hablar en público, o sea frente a toda su clase, sor Getulia, la poco agraciada, peluda, antipática, obesa y madura profe de castellano, justo al terminar su hora lectiva, alzando la voz anunció y ordenó:
-Y para la próxima hora de Castellano, Segismundito, -en ese punto puso un acento entre irónico y sarcástico, tras el que continuó con su habitualmente monótona forma de expresarse, -nos recitará un poema que deberá escribir usted mismo con ese don – a estas alturas volvió a imprimir el mismo acento entre irónico y sarcástico, que antes de continuar enmendó con pío y beato respeto, -que Nuestro Señor Jesucristo le ha dado, cual es la sensibilidad más exquisita. -Y finalmente apuntilló mirando fija y severamente al chavalote a través de unos ojos enrojecidos por la sangre de la ira más profunda: -¿No es verdad, Segismundito?
Sor Getulia, de origen madrileño, estaba especialmente  resentida con el niño porque por mucho que le doliera había dado al menos en su caso, en el clavo.  Del único hombre del que se había enamorado durante su juventud resultó ser un homosexual que para disimularlo, -en aquella época era vergonzoso serlo-, se metió en un seminario y ella, desengañada, triste y roto el corazón hizo lo único que consideró conveniente hacer, es decir, abrazar también la vida religiosa y vestir los hábitos de la Orden de las Hermanitas Descalzas del Buen Pastor preferido de María.
“¡Monja del demonio!” Pensó el niño, quien no obstante asintió con la cabeza tímida y sumisamente, mientras que su rostro adquirió una lividez cadavérica, que fue acompañada de una sensación de mareo que estuvo a punto de hacerle caer.
Sabedor el pequeño del recelo que inspiraba entre sus compañeros y del rechazo de todos los profesores, laicos y religiosos,  consideró horas más tarde, con absoluta determinación, sorprenderlos con una obra de arte y como se sentía incapaz de crear alguna genialidad, optó por sustraer alguno de aquellos versos que tan celosamente guardaba su padre, poeta ocasional, en uno de los cajones del armario. No llegó a pensar ni por asomo que alguien pudiera acusarle de haberlo copiado.
Varios minutos, por no hablar de horas, porque para los peques el sentido del tiempo es absolutamente diferente al nuestro, estuvo Segismundo revisando aquel montón de joyas literarias, porque no de otra manera podía catalogar la producción de su padre, antes de optar por un verso que le llegó a lo más hondo del ser. Una vez lo hubo leído completo decidió que se lo dedicaría a aquella monja que no disimulaba el desagrado que sentía por él, con el fin de ganar su corazón, como un primer paso para ganarse el de los demás.
Al comenzar la siguiente clase de castellano, sus compañeros ya habían agotado toda una extensa gama de chistes acerca del previsible comportamiento del chavalillo español que había mancillado la santidad sacerdotal.
Por su parte la buena madrecita había tenido tiempo más que suficiente para afilar sus armas destinadas a humillar lo más que se pudiera al enemigo del clero.
Esos hechos y deseos previos se vieron, no obstante, acallados ante la faz pletórica de orgullo y sobrante de satisfacción con la que se plantó Segismundo al frente de la clase.
Bien aprendido el verso, bien estudiados los gestos.
¡La madre Patria, aquel día y bajo circunstancias extremas estaba representada por él y dejaría su nombre bien en alto! Al menos esa fue su altruista y patriótica intención.
Algunas miradas de reojo entre los chicos y de complicidad con la monja, fueron el preámbulo del recital poético.
Frente a ellos, Segismundo estaba más firme y seguro de sí mismo que nunca y como una forma propia de aquel “Santiago a ellos”, pensó: “¡A por ellos, papá!”.
No podía dejar de rendir su secreto homenaje al responsable intelectual de la oda.
Y comenzó.
El firmamento es redondo
¡Redondo el firmamento es!
La tierra es redonda
¡Redonda la tierra es!
Redonda redondita es la
Luna lunita cascabelera
La luna es redonda
¡Redonda la luna es!
Todo lo bello es redondo
La creación de Dios redonda
Redondo es tu culo
¡Redondas tus tetas!
¡Redondos mis huevos!
¡¡¡Redondo es redondo!!!
¡Que no cuadrado!
¡Joder!
Las expresiones de imbéciles que se plasmaron en todos los rostros, insuflaron más orgullo aún si eso era posible en el ser íntimo de Segismundo y como si lo anterior aún fuera insuficiente, lanzó cual buen torero, su dedicatoria:
-¡Va por usted, sor Getulia!
***
-¿De dónde habrá sacado el niño tamaña indecencia? –Intentó Robustiano buscar refugio en el disimulo cuando se enfrentó al rector del colegio media hora después del incidente.
Segismundo fue suspendido por unos cuantos días
Sor Getulia sufrió tal soponcio que permaneció muda durante varios meses en los que, como es natural, no pudo dictar su clase.
Los chicos no hallaban la manera de agradecer a Segismundo su aportación a la baja laboral de la madre.
Al menos hasta que la religiosa regresó a sus labores.

1

Era tan sofocante el calor en aquella tarde de primavera menguante, que los acontecimientos del entorno se infiltraban en Segismundo en forma de brumas cálidas y de sopor vaporizado, produciendole la sensación de que lo que sucedía a su alrededor no era sino parte de un lejano y absurdo recuerdo.

Recostada su infantil cabeza sobre su viejo pupitre, repartía su mirada a intervalos iguales entre la única ventana de la clase, la pequeña figura de la Virgen de Lo Vásquez y las moscas que oscurecían el techo.

A través de la ventana podía observar las estáticas hojas nuevas, verdes y brillantes de un árbol, apabullado por el sol detestablemente ardiente y al que ni un asomo de brisa se dignaba a acariciar.

La Virgen de Lo Vásquez que quizás cuánto tiempo atrás había moldeado en yeso junto a otras tantas copias una simple máquina hacedora de sacras estatuillas, permanecía rígida, inconsciente sin el menor asomo de dudas, acerca de su magnánima importancia como Patrona de Viña del Mar y como una de las miles de madres de Cristo. Estaba la virginal representación de pie con los brazos  entreabiertos y sus manos en posición dadivosa sobre una esquina, la más cercana a la ventana, de la mesa de la monja profesora.

Doña Regla la pitonisa que predijo el futuro de Segismundo al nacer, nunca mencionó a la Virgen de Lo Vázquez durante sus encendidas defensas de la Virgen de la Regla como la única verdadera. La pobre señora al momento de exhalar su último suspiro, lo habrá hecho ignorando absolutamente su existencia

Las muchas, muchísimas moscas que salpicaban el cielo raso de la habitación atrayendo la desinteresada atención del chico, emitían un zumbido semejante a un monótono murmullo, que en Segismundo y tal vez en algún que otro chico ejercía un poderoso efecto hipnótico.

De pronto la monotonía se rompió:

“¡El presidente de Chile es el General don Carlos Ibáñez del Campo!”, comenzaron a recitar sus compañeros de clase, provocando un sonido que como el zumbido de las moscas le pareció a Segismundo tan ajeno como lejano, aunque en realidad fuera estruendoso. Los chavales, algo pelotillas la mayoría, querían demostrar a la religiosa, gritando cada cual más que el otro, hasta donde llegaban sus conocimientos de Historia de Chile, que englobaba también la Educación Cívica.

Pocos instantes después, todos ellos, menos lógicamente el pequeño Segis que permanecía perdido en el encantamiento, se pusieron de pie, alborotando al menos a la mitad de las moscas para ponerse a cantar con indisimulado orgullo:

“Puro Chile es tu cielo azulado,

Puras brisas te cruzan también…”.

Era el himno nacional.

En ese momento, la figura del Caudillo emergió en la mente del niño.

En la mente de un niño pueden ocurrir las cosas más inverosímiles. Producirse las proyecciones más inesperadas, las deduccciones más increíbles, las relaciones más geniales.

Y Segismundo, predecible y poco genial como pocos, era a fin de cuentas un niño, es decir un ser en ocasiones sorpresivo.

Si en Chile tenían un general de presidente, dedujo, más que por labor propia por lo escuchado a sus padres y a su abuela, en su tierra tenían un generalísimo, que era mucho más que un general. Además, al general chileno lo había elegido la gente a través de lo que llamaban elecciones, es decir a través de papelitos depositados en una caja según había oído comentar a la yaya desdeñosamente, y al generalísimo lo había escogido el mismísimo Dios en persona, según le había confiado su madre a espaldas, claro está, de la yaya.

Y en forma paralela al recuerdo de Franco, un hombre a quien en realidad debería odiar como consecuencia lógica del odio que por él sentía la abuela, o al menos serle indiferente como contraposición a la admiración que le profesaba la madre, de la garganta de Segismundo brotó un enfervorecido cántico:

“¡Viva España,

alzad los brazos hijos del pueblo español

que vuelve a resurgir…”

El resto de chavales, sorprendidos ante tan inoportuna interrupción, callaron y todos, sin excepción, y al parecer también la virgen y las moscas, le miraron acusadoramente. Entonces se vio obligado a guardar silencio y a volver a reposar su infantil cabeza en el viejo pupitre, una cabeza que había alzado con orgullo e indisimulable fervor patriótico al entonar la primera estrofa de aquel himno de España que para entonces aún tenía letra.

Ante tan desafortunada e irrespetuosa intervención, uno de los niños, el más listo de la clase explicó con lástima:

-Es que el pobre es español, -como si en realidad hubiese aclarado que tenía piojos, y no era consciente del mal que le aquejaba.

Pese a sus cinco años, el buenazo de Segismundo se sintió ofendido y decidió atacar con los datos que tenía a mano, que no eran otros que los aportados con rencor por la abuela y con admiración por la madre.

¡No era un pobre español!

Era el súbdito de un reino sin rey, pero con un Caudillo que era más que un general y que en su haber contaba con innumerables hazañas, todas ellas insuperables.

-¡Vuestro presidente solamente ha matado en su vida a cincuenta personas! -Con esta afirmación el niño les recordaba a aquellos ignorantes que el general Ibáñez, antes de su incursión democrática había encabezado una dictadura militar en 1928 y que la historia hablaba, entre otras cosas, de aquellos asesinatos cometidos durante su régimen de facto.

-¡El generalísimo -prosiguió Segismundo con la solemnidad propia de un adulto adscrito a la Falange, -se cargó a un millón de rojos!

Sus menudos interlocutores se quedaron desconcertados. No entendían nada de nada.

Notándolo el pequeño Segismundo que parecía un acalorado y maduro líder del Movimiento, ratificó:

-¡Mató a un millón de rojos!

Los chiquillos, no obstante, siguieron estando en la luna. El término rojos superaba su entendimiento.

Se produjo un silencio tal, que ni siquiera se percibía el zumbido de las moscas.

-Los rojos son los comunistas, -les aclaró la monja profesora intentando disimular la emoción y la sorpresiva simpatía que comenzaba a inspirarle el pequeñajo.

Tras otro lapso de silencio, el suficiente como para digerir la explicación de la madre, la alegre chiquillería del colegio privado, aplaudió con entusiasmo y frenesí y algunos, no pocos ciertamente, proclamaron su adhesión con vítores al Caudillo.

Pero la batalla dialéctica recién comenzaba, y era el momento de que otro mozalbete, un mocoso pelirrojo, pecoso y con gruesas gafas, recordara alguna más de las hazañas de Ibáñez.

Era un pequeño enfrentamiento verbal en cuyos resultados se iba simplemente una cuestión de orgullo

-El general metió a doscientos maricones -la palabra disonante, causó cierto estupor entre la maestra y algunos pequeños con formación católica muy conservadora y risas calladas en el resto de los niños- en un barco y lo mandó a hundir.

Otro lapso de silencio y otro unánime aplauso de la chiquillería.

Hubo uno, el cotilla de la clase, que en un arranque de profundo patriotismo, comenzó a cantar como muestra de respeto y admiración hacia su presidente, el Himno de la Batalla de Yungay…:

”Cantemos la gloria del triunfo marcial,

que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”.

Nadie, no obstante lo coreó, tal vez a la espera de saber si Franco había tenido tantas agallas en su lucha contra los homosexuales como las había tenido el primer mandatario chileno.

No obstante, Anito Flores, el beato, recordó con mucha, muchísima tristeza:

-Pero Dios castigó al general Don Carlos Ibáñez del Campo y le mandó un hijo mariquita.

Estupor y silencio. Murmullos que escondían el espanto.

Hasta las moscas volvieron a callar.

Y la incipiente y ya para entonces disparatada lógica de Segis, se asoció con las constantes aseveraciones de la abuela y lanzó la más magistral idiotez de su vida infantil.

-El Caudillo -lo dijo en un tono de orgullosa soberbia, -no mata maricones, a los que no solamente admira sino que quiere y respeta porque los curas son maricones y él es muy católico.

Un golpe sacudió de repente su cabeza y  en el mismo momento se vio enfrentado a los ojos enfurecidos de la religiosa, sin que por ello le pasara inadvertido el bullicioso trepidar de sus compañeros corriendo fuera del aula, como si el mismísimo Satanás, rotas las cadenas que le mantenían cautivo en el averno, se hubiese apoderado de ella.

No había sido buena idea decir lo que dijo en un colegio católico, ni menos en 1954. Afortunadamente aquel había sido su primer desliz, por lo que no lo expulsaron y la abuela, a la que solamente se le había informado acerca del exabrupto de los curas mariquitas, pero no sobre la sentida defensa de Franco, le había llenado, en la  intimidad de la casa, de elogios, caricias y besos. Desde luego que de haber sabido la historia completa, la faz izquierda de Segismundo hubiese sido la receptora de sus besos, y la derecha, de sus golpes.

Así era ella.

2

Como ya ha quedado claramente establecido, no era precisamente la diplomacia la que se desarrollaba en la conducta de Segismundo. Aquel desaguisado producido por su afirmación acerca de los curas gays, en un colegio religioso, no fue muy bien aceptado ni posteriormente olvidado con facilidad. A sus compañeros les costó un mundo dejar de recelar de él y los curas, con la fe puesta en su célibe virilidad, simplemente y sin disimulo alguno, le aborrecieron durante mucho tiempo.

Con los antecedentes expuestos, sus profesores y profesoras, especialmente los que dedicaban su vida a Dios y a la docencia, se la tenían jurada.

Así, un día, sabiendo lo mal que se le daban al chiquillo las letras y lo nervioso que le ponía hablar en público, o sea frente a toda su clase, sor Getulia, la poco agraciada, peluda, antipática, obesa y madura profe de castellano, justo al terminar su hora lectiva, alzando la voz anunció y ordenó:

-Y para la próxima hora de Castellano, Segismundito, -en ese punto puso un acento entre irónico y sarcástico, tras el que continuó con su habitualmente monótona forma de expresarse, -nos recitará un poema que deberá escribir usted mismo con ese don – a estas alturas volvió a imprimir el mismo acento entre irónico y sarcástico, que antes de continuar enmendó con pío y beato respeto, -que Nuestro Señor Jesucristo le ha dado, cual es la sensibilidad más exquisita. -Y finalmente apuntilló mirando fija y severamente al chavalote a través de unos ojos enrojecidos por la sangre de la ira más profunda: -¿No es verdad, Segismundito?

Sor Getulia, de origen madrileño, estaba especialmente  resentida con el niño porque por mucho que le doliera había dado al menos en su caso, en el clavo.  Del único hombre del que se había enamorado durante su juventud resultó ser un homosexual que para disimularlo, -en aquella época era vergonzoso serlo-, se metió en un seminario y ella, desengañada, triste y roto el corazón hizo lo único que consideró conveniente hacer, es decir, abrazar también la vida religiosa y vestir los hábitos de la Orden de las Hermanitas Descalzas del Buen Pastor preferido de María.

“¡Monja del demonio!” Pensó el niño, quien no obstante asintió con la cabeza tímida y sumisamente, mientras que su rostro adquirió una lividez cadavérica, que fue acompañada de una sensación de mareo que estuvo a punto de hacerle caer.

Sabedor el pequeño del recelo que inspiraba entre sus compañeros y del rechazo de todos los profesores, laicos y religiosos,  consideró horas más tarde, con absoluta determinación, sorprenderlos con una obra de arte y como se sentía incapaz de crear alguna genialidad, optó por sustraer alguno de aquellos versos que tan celosamente guardaba su padre, poeta ocasional, en uno de los cajones del armario. No llegó a pensar ni por asomo que alguien pudiera acusarle de haberlo copiado.

Varios minutos, por no hablar de horas, porque para los peques el sentido del tiempo es absolutamente diferente al nuestro, estuvo Segismundo revisando aquel montón de joyas literarias, porque no de otra manera podía catalogar la producción de su padre, antes de optar por un verso que le llegó a lo más hondo del ser. Una vez lo hubo leído completo decidió que se lo dedicaría a aquella monja que no disimulaba el desagrado que sentía por él, con el fin de ganar su corazón, como un primer paso para ganarse el de los demás.

Al comenzar la siguiente clase de castellano, sus compañeros ya habían agotado toda una extensa gama de chistes acerca del previsible comportamiento del chavalillo español que había mancillado la santidad sacerdotal.

Por su parte la buena madrecita había tenido tiempo más que suficiente para afilar sus armas destinadas a humillar lo más que se pudiera al enemigo del clero.

Esos hechos y deseos previos se vieron, no obstante, acallados ante la faz pletórica de orgullo y sobrante de satisfacción con la que se plantó Segismundo al frente de la clase.

Bien aprendido el verso, bien estudiados los gestos.

¡La madre Patria, aquel día y bajo circunstancias extremas estaba representada por él y dejaría su nombre bien en alto! Al menos esa fue su altruista y patriótica intención.

Algunas miradas de reojo entre los chicos y de complicidad con la monja, fueron el preámbulo del recital poético.

Frente a ellos, Segismundo estaba más firme y seguro de sí mismo que nunca y como una forma propia de aquel “Santiago a ellos”, pensó: “¡A por ellos, papá!”.

No podía dejar de rendir su secreto homenaje al responsable intelectual de la oda.

Y comenzó.

El firmamento es redondo

¡Redondo el firmamento es!

La tierra es redonda

¡Redonda la tierra es!

Redonda redondita es la

Luna lunita cascabelera

La luna es redonda

¡Redonda la luna es!

Todo lo bello es redondo

La creación de Dios redonda

Redondo es tu culo

¡Redondas tus tetas!

¡Redondos mis huevos!

¡¡¡Redondo es redondo!!!

¡Que no cuadrado!

¡Joder!

Las expresiones de imbéciles que se plasmaron en todos los rostros, insuflaron más orgullo aún si eso era posible en el ser íntimo de Segismundo y como si lo anterior aún fuera insuficiente, lanzó cual buen torero, su dedicatoria:

-¡Va por usted, sor Getulia!segis02

***

-¿De dónde habrá sacado el niño tamaña indecencia? –Intentó Robustiano buscar refugio en el disimulo cuando se enfrentó al rector del colegio media hora después del incidente.

Segismundo fue suspendido por unos cuantos días

Sor Getulia sufrió tal soponcio que permaneció muda durante varios meses en los que, como es natural, no pudo dictar su clase.

Los chicos no hallaban la manera de agradecer a Segismundo su aportación a la baja laboral de la madre.

Al menos hasta que la religiosa regresó a sus labores.

Capítulo VII

1
Bajo el férreo yugo de la abuela y el miedo permanente de decir o hacer algo que no se encuadrara dentro de unos límites inflexibles que ella misma le había trazado, llegó Segismundo a los siete años y a esa edad, como a cualquiera de su poco envidiable vida, le ocurrieron aquellas cosas que como antes y como después, seguirían  machacando su resquebrajada personalidad.
Eran simples detalles, aspectos sin importancia de su vida, matizados en demasiadas oportunidades tal vez, por la injusticia, la agresividad y la humillación.
Pequeñeces vergonzosas en ciertas ocasiones.
Huracanes destructivos surgidos de la brisa olvidable, casi siempre.
Aquellos años formaban parte de la época en la que, por ejemplo, el confundido Segismundo debía mentir todos los miércoles por la tarde, explicándole a una incrédula aunque acostumbrada monja, la madre Suplicios, que…
-…una tía se ha puesto mala y hemos de ir a visitarla mi yaya y yo.
Lo que realmente sucedía los miércoles por la tarde, es que en el Cine Oriente, proyectaban en sesión continuada desde la una a las diez de la noche, cinco películas mexicanas, muchas de las cuales eran protagonizadas por Libertad Lamarque, curiosamente divinizada por la yaya.
Y eso que Libertad Lamarque, no era catalana. Era argentina.
Era aquella, por lo tanto, una cita a la que la dama no podía faltar y para expresar de viva voz su admiración por los filmes en general y por la abuela de América en particular, necesitaba a su lado a ese nieto siempre complaciente.
Segismundo aprendió a mentir por tonterías.
Por otro lado, cada mes de noviembre,  el día que doña Josefina cumplía años, la buena mujer lo celebraba, con una visita que se había convertido en tradición, a casa de la señora Catalina, una catalana, viuda de un anarquista muerto en el exilio y fea como podían serlo muy pocas personas en la creación.
La señora Catalina era menuda, delgada, con cara de loro desplumado, pelo corto teñido de negro azabache y piel tan transparente que apenas permitía ver las arrugas secas que le surcaban el rostro. La mujer remataba su poco agraciado aspecto con unas gruesas y anticuadas gafas con cristales de culo de botella.
En presencia de un ser aún más feo que ella, la yaya se sentía más que regalada en su fecha aniversaria. Claro que no era la única vez al año que iba. También lo hacía por coña, para Santa Lucía, la patrona de los invidentes, y en cada visita, la acompañaba su maltratada mascota, es decir su nieto, aunque en realidad fuera un hijo del pecado de su nuera.
En esos dos días del año, Segismundo también mentía a su profesora
Una de aquellas visitas, la de noviembre de 1956 en particular sería una de las que el chaval guardaría para siempre en su usualmente escaso bagaje de recuerdos.
Los muebles oscuros, viejos e irracionalmente desordenados, imprimían a la casa de la señora Catalina un aspecto de museo abandonado. El penetrante olor a naftalina y a desinfectantes le recordaba a Segismundo el armario lleno de cosas inservibles de la yaya, entre las que abundaban en el fondo de los bolsillos de viejos abrigos y en los rincones de los cajones, las bolas de naftalina con las que la abuela intentaba  ahuyentar a las destructivas polillas
Había transcurrido algo así como media hora de visita. Los temas tratados eran los de siempre, es decir por una parte se habló mal de los chilenos y por la otra se habló maravillas acerca de la Pasionaria. No olvidaron, cómo no, dirigir una que otra crítica  muy ácida al Caudillo.
Fue entonces cuando ocurrió aquello…
Estaba la señora Catalina sentada en una silla con el respaldo alto y recto…
(-…para aliviar un poco este dolor de espalda que me está matando, ayyyy…)
…al frente de sus visitas, que lo hacían en un sillón, que doña Josefina con su ancho cuerpo ocupaba en dos tercios y con su escualidez, solo un poquito Segismundo. El niño permanecía arrimado a la abuela por temor a la dueña de casa. No era un temor a su innegable fealdad, sino al daño que pudiera hacerle.
Era el coco con el que la yaya lo amenazaba constantemente.
Cada vez que comía poco, o hacía alguna trastada, la yaya le advertía que lo llevaría de visita a casa de la señora Catalina, aunque paradójicamente, cada vez que comía como un león, que era cuando su abuela cumplía años, ocasión en la que cocinaba platos especiales con mucho dulce, lo llevaba a aquella casa aborrecida.
El pequeño, condicionado seguramente por la poca edad, nunca se percató de aquella singular circunstancia.
En un momento de silencio de aquellos que suelen acaecer cuando se mantiene un diálogo de sordos durante el cual todos hablan al mismo tiempo y lo único que tiene valor es lo que al interesado le interesa, levantó doña Josefina, sin mayor disimulo, su nalga izquierda para dejar escapar una de sus habituales ventosidades, por lo general inodoras y silenciosas.
Lo que se le escapó en aquella oportunidad, sin embargo, fue una verdadera ráfaga de ametralladora.
¡Y gases fétidos!
-¡¡¡Segismundo!!! -Bramó como una vaca la desvergonzada abuela. -¿Que te has tirado un pedo?
La presencia de Segismundo también servía para liberarse de responsabilidades, incluidos los pedetes.
El pequeño hizo un intento por negarlo, pero doña Josefina, como poseída por el mismísimo Satanás comenzó a cachetearle vociferando:
-¡Esto lo hace este mal parido por tener la madre que tiene! ¡Esa descarada no le da educación! ¡Ay, qué angustia, madre mía!
Y la señora Catalina, aunque consciente acerca de quién había sido la autora de aquella descomunal emisión gaseosa cuyo olor invadía ya todos los rincones de su casa, comenzó a echarle leña al fuego con la intención de martirizar al pobre niño.
La frustración que sentía aquella escuálida dama por no haber tenido descendencia, la expresaba con una fuerte animadversión en contra de cualquier infante que tuviese la mala ocurrencia de cruzarse en su camino.
Evidentemente Segismundo no había tenido tal ocurrencia. Cada vez que se cruzaba en el camino de la señora Catalina era cumpliendo órdenes expresas de la abuela.
-No deje usted de zurrarle, doña Josefina que,  mire usted si no, esta juventud de ahora por falta de disciplina terminará cagándose sobre nuestras cabezas! ¡Habrase visto niño más asqueroso que éste!
Y con una segunda intención muy clara, la malévola anfitriona añadió:
-Y es que el tío debe estar podrido por dentro… ¡Qué pestazo, me cago en diez!
Y doña Josefina que no necesitó razonar demasiado para darse por aludida, cogió a su machacado nieto de un brazo, como si fuese un desvencijado monigote, y abandonó la casa a la que, pese a todo, regresaría el trece de diciembre, para Santa Lucía, si el destino no le deparaba alguna sorpresa desagradable.
Pero pasarían muchos lustros antes de que una sorpresa desagradable se la llevara al otro mundo.
Antes más bien, otra sorpresa se la llevó al viejo mundo, de vuelta a su España natal.
2
Algunos minutos antes del incidente gaseoso protagonizado por la abuela, Segismundo, en un arrebato de osadía del que no se habían percatado las damas, había tomado la iniciativa de hojear una vieja revista que junto a otras reposaba en la mesa de centro del salón. Pasando una a una las páginas, se vio enfrentado por primera vez en su vida a la imagen de una momia egipcia. Se trataba de un elaborado dibujo a través de cuyos trazos su autor había convertido el que debía ser el apacible rostro de un humano fallecido muchos siglos atrás, en la máscara del odio en su pureza absoluta  y en el reflejo del mal más perverso.
El título del reportaje que acompañaba la gráfica era, ni más ni menos que “La terrible maldición de la momia”, del que Segismundo captó solamente la palabra momia, porque estaba apenas comenzando a aprender a leer y a escribir. No obstante, como solamente fue eso, un vistazo que precedió a la mentada ráfaga gaseosa y los posteriores golpes de la abuela, el pobre chaval ni siquiera tuvo tiempo de sentir preocupación ante tan horripilante representación.
Segismundo tenía toda la noche por delante para asumir a plenitud lo poco que había alcanzado a contemplar de la espeluznante momia.
Todas las noches de su vida se enfrentaba en solitario a la inquietante oscuridad
En el negro escenario en el que lo sumía la yaya en aras del ahorro energético, el pequeño buscaba inmerso en la inocencia de la edad la forma de evadirse del latente temor de la realidad que se plasmaba en un permanente trauma en desarrollo. Pero aquella noche el niño estaba destinado a enfrentarse al terror que en forma creciente y a medida que pasaban las horas, le ocasionaba la imagen de aquella figura distorsionada por su autor.
Hubo momentos en los que el niño intentó dosificar el pavor, tratando de recordar hechos agradables, mas su vida no transcurría en el entorno apropiado para conocer su lado amable.
A eso de las ocho de la tarde y aún con la claridad de los últimos rayos solares que se despedían de otro día más, hundiéndose por el horizonte del Océano Pacífico, en una típica jornada de primavera austral, la yaya acostó a su nieto.
Como ya se había convertido en un hecho rutinario, poco después el niño recibió la fugaz y cautelosa visita de su madre, que siempre acudía a darle las buenas noches a escondidas de doña Josefina.
Finalmente, cuando los rojizos rayos de un sol moribundo se habían esfumado, Segismundo miró hacia la ventana intentando dar vida a sus ojos con la tenue luz argentina de la luna o con la imagen pequeña y titilante de alguna buena estrella, pero lo que observó confundido, fue el rostro de un desconocido que le sonreía a través de los cristales.
La habitación de Segismundo quedaba en la segunda planta.
-¡Mamá! -musitó el pequeño, a la madre que acababa de salir. Más que un llamado, fue una súplica apagada. Un silencioso grito de pavor.
La mujer, confundida e inquieta, regresó y no hicieron falta palabras ni explicaciones ni nada. La mujer no vio, pero sí intuyó en los ojos impregnados de terror de su hijo, aquel rostro iluminado tal vez por qué infernal designio, pálido, de mirada vidriosa y sonrisa cruel.
-¿Es una momia, mamá? -Preguntó aterrorizado Segismundo.
Pero la madre, sin llegar a entender qué estaba sucediendo, abrazó al pequeño, lo arrancó de la cama y se lo llevó chillando como una loca fuera del cuarto.
El pánico del niño la había conmocionado
El alboroto fue grande, pero los ánimos fueron calmados por las imprecaciones y maldiciones de doña Josefina.
-¡Esta zorra asquerosa quiere volver loco a mi niño! ¡Zorra, más que zorra!
Una bofetada cruzó el rostro de Visitación, quien solamente atinó a llevarse una mano a la cara.
Mientras tanto Robustiano, en un tono que pretendía ser conciliador, intentó persuadir al niño que no dejaba de tiritar de puro miedo, de que lo que le había inquietado, solamente era consecuencia del poco tacto de Visitación.
-¡Vamos, chaval! Que nadie se ha asomado por la ventana, que tu habitación está en la segunda planta y yo ya he ido a ver y no hay ninguna escalera afuera. Esas son cosas, -añadió, -que te mete tu madre en la cabeza con todas esas tonterías de los muertos de las que hablan los curas y todas esas supercherías.
El tono conciliador se esfumó al querer agradar a su madre.
A pesar de que Segismundo era presa de un pavor tan profundo que le impedía articular palabras, la yaya lo cogió por un brazo y lo arrastró con firmeza hacia su habitación y lo dejó acostado.
Como siempre, la luz quedó apagada y como nunca, la puerta fue cerrada con llave desde fuera.
La llave quedó a buen resguardo en un bolsillo de la bata de doña Josefina.
No tardó en volver a asomar aquel rostro sonriente. Un rostro que por momentos se parecía al de la momia que había visto dibujada en la revista de la señora Catalina. En su nueva aparición, el espectro comenzó a susurrarle.
-¡Segismundo! ¡Ven conmigo, Segismundo! -Lo llamaba aquella cara sin mover los labios, mientras su aspecto cambiaba entre una faz pálida y de sonrisa sarcástica a una oscura, vendada y pletórica de perversidad.
Después de muchas horas de escuchar los chillidos martirizados y martirizantes de su hijo, Visitación logró a la fuerza arrebatarle la llave de la habitación a su suegra para rescatar a su hijo.
Ya era casi de día y el niño semiconsciente y con su rostro demudado por el terror ardía en fiebre.
-Ya sabía yo que tenía fiebre -señaló con tranquilidad doña Josefina. -Mi niño estaba delirando.
Cuando lo vio el médico de cabecera, un hombre viejo, con mucha experiencia y sabio como pocos, no tuvo duda en hacer su diagnóstico.
-A este pobre niño le está matando el terror. El miedo. -Hizo una breve pausa. -Pero no es un miedo a la imagen que asegura haber visto esta noche sin duda creada por su fantasía, -explicó el facultativo, -sino un miedo a todo. A portarse mal, a portarse bien, a decir malas palabras, a decirlas buenas. A comer mucho, a comer poco. Miedo, en conclusión, -y miró en este punto a la abuela, -incluso a vivir.
Desde entonces, y por decisión de doña Josefina, se experimentó un cambio trascendental en la casa: el de médico de cabecera.
Durante varios días Segismundo durmió al amparo de la abuela y alejado cada vez más de su madre. Fueron tantos días como los que le duró la fiebre, una fiebre combatida, a la usanza de la época, es decir, con un incontable número de inyecciones de penicilina, dos al día, una en cada nalga, hasta que no quedara espacio en las mismas.
Cuatro años más tarde, otras cosas extrañas se añadirían a su experiencia.

1

Bajo el férreo yugo de la abuela y el miedo permanente de decir o hacer algo que no se encuadrara dentro de unos límites inflexibles que ella misma le había trazado, llegó Segismundo a los siete años y a esa edad, como a cualquiera de su poco envidiable vida, le ocurrieron aquellas cosas que como antes y como después, seguirían  machacando su resquebrajada personalidad.

Eran simples detalles, aspectos sin importancia de su vida, matizados en demasiadas oportunidades tal vez, por la injusticia, la agresividad y la humillación.

Pequeñeces vergonzosas en ciertas ocasiones.

Huracanes destructivos surgidos de la brisa olvidable, casi siempre.

Aquellos años formaban parte de la época en la que, por ejemplo, el confundido Segismundo debía mentir todos los miércoles por la tarde, explicándole a una incrédula aunque acostumbrada monja, la madre Suplicios, que…

-…una tía se ha puesto mala y hemos de ir a visitarla mi yaya y yo.

Lo que realmente sucedía los miércoles por la tarde, es que en el Cine Oriente, proyectaban en sesión continuada desde la una a las diez de la noche, cinco películas mexicanas, muchas de las cuales eran protagonizadas por Libertad Lamarque, curiosamente divinizada por la yaya.

Y eso que Libertad Lamarque, no era catalana. Era argentina.

Era aquella, por lo tanto, una cita a la que la dama no podía faltar y para expresar de viva voz su admiración por los filmes en general y por la abuela de América en particular, necesitaba a su lado a ese nieto siempre complaciente.

Segismundo aprendió a mentir por tonterías.

Por otro lado, cada mes de noviembre,  el día que doña Josefina cumplía años, la buena mujer lo celebraba, con una visita que se había convertido en tradición, a casa de la señora Catalina, una catalana, viuda de un anarquista muerto en el exilio y fea como podían serlo muy pocas personas en la creación.

La señora Catalina era menuda, delgada, con cara de loro desplumado, pelo corto teñido de negro azabache y piel tan transparente que apenas permitía ver las arrugas secas que le surcaban el rostro. La mujer remataba su poco agraciado aspecto con unas gruesas y anticuadas gafas con cristales de culo de botella.

En presencia de un ser aún más feo que ella, la yaya se sentía más que regalada en su fecha aniversaria. Claro que no era la única vez al año que iba. También lo hacía por coña, para Santa Lucía, la patrona de los invidentes, y en cada visita, la acompañaba su maltratada mascota, es decir su nieto, aunque en realidad fuera un hijo del pecado de su nuera.

En esos dos días del año, Segismundo también mentía a su profesora

Una de aquellas visitas, la de noviembre de 1956 en particular sería una de las que el chaval guardaría para siempre en su usualmente escaso bagaje de recuerdos.

Los muebles oscuros, viejos e irracionalmente desordenados, imprimían a la casa de la señora Catalina un aspecto de museo abandonado. El penetrante olor a naftalina y a desinfectantes le recordaba a Segismundo el armario lleno de cosas inservibles de la yaya, entre las que abundaban en el fondo de los bolsillos de viejos abrigos y en los rincones de los cajones, las bolas de naftalina con las que la abuela intentaba  ahuyentar a las destructivas polillas

Había transcurrido algo así como media hora de visita. Los temas tratados eran los de siempre, es decir por una parte se habló mal de los chilenos y por la otra se habló maravillas acerca de la Pasionaria. No olvidaron, cómo no, dirigir una que otra crítica  muy ácida al Caudillo.

Fue entonces cuando ocurrió aquello…

Estaba la señora Catalina sentada en una silla con el respaldo alto y recto…

(-…para aliviar un poco este dolor de espalda que me está matando, ayyyy…)

…al frente de sus visitas, que lo hacían en un sillón, que doña Josefina con su ancho cuerpo ocupaba en dos tercios y con su escualidez, solo un poquito Segismundo. El niño permanecía arrimado a la abuela por temor a la dueña de casa. No era un temor a su innegable fealdad, sino al daño que pudiera hacerle.

Era el coco con el que la yaya lo amenazaba constantemente.

Cada vez que comía poco, o hacía alguna trastada, la yaya le advertía que lo llevaría de visita a casa de la señora Catalina, aunque paradójicamente, cada vez que comía como un león, que era cuando su abuela cumplía años, ocasión en la que cocinaba platos especiales con mucho dulce, lo llevaba a aquella casa aborrecida.

El pequeño, condicionado seguramente por la poca edad, nunca se percató de aquella singular circunstancia.

En un momento de silencio de aquellos que suelen acaecer cuando se mantiene un diálogo de sordos durante el cual todos hablan al mismo tiempo y lo único que tiene valor es lo que al interesado le interesa, levantó doña Josefina, sin mayor disimulo, su nalga izquierda para dejar escapar una de sus habituales ventosidades, por lo general inodoras y silenciosas.

Lo que se le escapó en aquella oportunidad, sin embargo, fue una verdadera ráfaga de ametralladora.

¡Y gases fétidos!

-¡¡¡Segismundo!!! -Bramó como una vaca la desvergonzada abuela. -¿Que te has tirado un pedo?

La presencia de Segismundo también servía para liberarse de responsabilidades, incluidos los pedetes.

El pequeño hizo un intento por negarlo, pero doña Josefina, como poseída por el mismísimo Satanás comenzó a cachetearle vociferando:

-¡Esto lo hace este mal parido por tener la madre que tiene! ¡Esa descarada no le da educación! ¡Ay, qué angustia, madre mía!

Y la señora Catalina, aunque consciente acerca de quién había sido la autora de aquella descomunal emisión gaseosa cuyo olor invadía ya todos los rincones de su casa, comenzó a echarle leña al fuego con la intención de martirizar al pobre niño.

La frustración que sentía aquella escuálida dama por no haber tenido descendencia, la expresaba con una fuerte animadversión en contra de cualquier infante que tuviese la mala ocurrencia de cruzarse en su camino.

Evidentemente Segismundo no había tenido tal ocurrencia. Cada vez que se cruzaba en el camino de la señora Catalina era cumpliendo órdenes expresas de la abuela.

-No deje usted de zurrarle, doña Josefina que,  mire usted si no, esta juventud de ahora por falta de disciplina terminará cagándose sobre nuestras cabezas! ¡Habrase visto niño más asqueroso que éste!

Y con una segunda intención muy clara, la malévola anfitriona añadió:

-Y es que el tío debe estar podrido por dentro… ¡Qué pestazo, me cago en diez!

Y doña Josefina que no necesitó razonar demasiado para darse por aludida, cogió a su machacado nieto de un brazo, como si fuese un desvencijado monigote, y abandonó la casa a la que, pese a todo, regresaría el trece de diciembre, para Santa Lucía, si el destino no le deparaba alguna sorpresa desagradable.

Pero pasarían muchos lustros antes de que una sorpresa desagradable se la llevara al otro mundo.

Antes más bien, otra sorpresa se la llevó al viejo mundo, de vuelta a su España natal.

2

Algunos minutos antes del incidente gaseoso protagonizado por la abuela, Segismundo, en un arrebato de osadía del que no se habían percatado las damas, había tomado la iniciativa de hojear una vieja revista que junto a otras reposaba en la mesa de centro del salón. Pasando una a una las páginas, se vio enfrentado por primera vez en su vida a la imagen de una momia egipcia. Se trataba de un elaborado dibujo a través de cuyos trazos su autor había convertido el que debía ser el apacible rostro de un humano fallecido muchos siglos atrás, en la máscara del odio en su pureza absoluta  y en el reflejo del mal más perverso.

El título del reportaje que acompañaba la gráfica era, ni más ni menos que “La terrible maldición de la momia”, del que Segismundo captó solamente la palabra momia, porque estaba apenas comenzando a aprender a leer y a escribir. No obstante, como solamente fue eso, un vistazo que precedió a la mentada ráfaga gaseosa y los posteriores golpes de la abuela, el pobre chaval ni siquiera tuvo tiempo de sentir preocupación ante tan horripilante representación.

Segismundo tenía toda la noche por delante para asumir a plenitud lo poco que había alcanzado a contemplar de la espeluznante momia.

Todas las noches de su vida se enfrentaba en solitario a la inquietante oscuridad

En el negro escenario en el que lo sumía la yaya en aras del ahorro energético, el pequeño buscaba inmerso en la inocencia de la edad la forma de evadirse del latente temor de la realidad que se plasmaba en un permanente trauma en desarrollo. Pero aquella noche el niño estaba destinado a enfrentarse al terror que en forma creciente y a medida que pasaban las horas, le ocasionaba la imagen de aquella figura distorsionada por su autor.

Hubo momentos en los que el niño intentó dosificar el pavor, tratando de recordar hechos agradables, mas su vida no transcurría en el entorno apropiado para conocer su lado amable.

A eso de las ocho de la tarde y aún con la claridad de los últimos rayos solares que se despedían de otro día más, hundiéndose por el horizonte del Océano Pacífico, en una típica jornada de primavera austral, la yaya acostó a su nieto.

Como ya se había convertido en un hecho rutinario, poco después el niño recibió la fugaz y cautelosa visita de su madre, que siempre acudía a darle las buenas noches a escondidas de doña Josefina.

Finalmente, cuando los rojizos rayos de un sol moribundo se habían esfumado, Segismundo miró hacia la ventana intentando dar vida a sus ojos con la tenue luz argentina de la luna o con la imagen pequeña y titilante de alguna buena estrella, pero lo que observó confundido, fue el rostro de un desconocido que le sonreía a través de los cristales.

La habitación de Segismundo quedaba en la segunda planta.

-¡Mamá! -musitó el pequeño, a la madre que acababa de salir. Más que un llamado, fue una súplica apagada. Un silencioso grito de pavor.

La mujer, confundida e inquieta, regresó y no hicieron falta palabras ni explicaciones ni nada. La mujer no vio, pero sí intuyó en los ojos impregnados de terror de su hijo, aquel rostro iluminado tal vez por qué infernal designio, pálido, de mirada vidriosa y sonrisa cruel.

-¿Es una momia, mamá? -Preguntó aterrorizado Segismundo.

Pero la madre, sin llegar a entender qué estaba sucediendo, abrazó al pequeño, lo arrancó de la cama y se lo llevó chillando como una loca fuera del cuarto.

El pánico del niño la había conmocionado

El alboroto fue grande, pero los ánimos fueron calmados por las imprecaciones y maldiciones de doña Josefina.

-¡Esta zorra asquerosa quiere volver loco a mi niño! ¡Zorra, más que zorra!

Una bofetada cruzó el rostro de Visitación, quien solamente atinó a llevarse una mano a la cara.

Mientras tanto Robustiano, en un tono que pretendía ser conciliador, intentó persuadir al niño que no dejaba de tiritar de puro miedo, de que lo que le había inquietado, solamente era consecuencia del poco tacto de Visitación.

-¡Vamos, chaval! Que nadie se ha asomado por la ventana, que tu habitación está en la segunda planta y yo ya he ido a ver y no hay ninguna escalera afuera. Esas son cosas, -añadió, -que te mete tu madre en la cabeza con todas esas tonterías de los muertos de las que hablan los curas y todas esas supercherías.

El tono conciliador se esfumó al querer agradar a su madre.

A pesar de que Segismundo era presa de un pavor tan profundo que le impedía articular palabras, la yaya lo cogió por un brazo y lo arrastró con firmeza hacia su habitación y lo dejó acostado.

Como siempre, la luz quedó apagada y como nunca, la puerta fue cerrada con llave desde fuera.

La llave quedó a buen resguardo en un bolsillo de la bata de doña Josefina.

No tardó en volver a asomar aquel rostro sonriente. Un rostro que por momentos se parecía al de la momia que había visto dibujada en la revista de la señora Catalina. En su nueva aparición, el espectro comenzó a susurrarle.

-¡Segismundo! ¡Ven conmigo, Segismundo! -Lo llamaba aquella cara sin mover los labios, mientras su aspecto cambiaba entre una faz pálida y de sonrisa sarcástica a una oscura, vendada y pletórica de perversidad.

Después de muchas horas de escuchar los chillidos martirizados y martirizantes de su hijo, Visitación logró a la fuerza arrebatarle la llave de la habitación a su suegra para rescatar a su hijo.

Ya era casi de día y el niño semiconsciente y con su rostro demudado por el terror ardía en fiebre.

-Ya sabía yo que tenía fiebre -señaló con tranquilidad doña Josefina. -Mi niño estaba delirando.

Cuando lo vio el médico de cabecera, un hombre viejo, con mucha experiencia y sabio como pocos, no tuvo duda en hacer su diagnóstico.

-A este pobre niño le está matando el terror. El miedo. -Hizo una breve pausa. -Pero no es un miedo a la imagen que asegura haber visto esta noche sin duda creada por su fantasía, -explicó el facultativo, -sino un miedo a todo. A portarse mal, a portarse bien, a decir malas palabras, a decirlas buenas. A comer mucho, a comer poco. Miedo, en conclusión, -y miró en este punto a la abuela, -incluso a vivir.

Desde entonces, y por decisión de doña Josefina, se experimentó un cambio trascendental en la casa: el de médico de cabecera.

Durante varios días Segismundo durmió al amparo de la abuela y alejado cada vez más de su madre. Fueron tantos días como los que le duró la fiebre, una fiebre combatida, a la usanza de la época, es decir, con un incontable número de inyecciones de penicilina, dos al día, una en cada nalga, hasta que no quedara espacio en las mismas.

Cuatro años más tarde, otras cosas extrañas se añadirían a su experiencia.